E.M.Cioran (1911-1995), hijo de un pope de la iglesia ortodoxa, nació en Rasinari. Cursó estudios secundarios en Sibiu y después estudió filosofía en Bucarest. Se licenció en 1932 con un trabajo sobre Bergson. Durante el año 1933, escribió su primer libro, En las cimas de la desesperación, publicado al año siguiente en Rumania. En 1936-1937 fue profesor de filosofía en un liceo de Brasov y en 1937 obtuvo una beca del Istituto Francés de Bucarest para hacer el doctorado en París, donde residió desde entonces. En 1939 viaja por última vez a su país. Durante años llevará una vida de «seudoestudiante» matriculado en la Sorbona y se dedicará a leer, escribir y recorrer Francia en bicicleta. En 1946 renuncia a su nacionalidad y adopta el estatuto del apátrida. Un año después abandona el rumano y, con Breviario de Podredumbre, inicia la serie de sus obras escritas en francés, lengua que llegaría a hacer tan suya como el propio rumano.
E. M. Cioran "Los ángeles reaccionarios" (fragmento...):
Es difícil formular un juicio sobre la rebelión
del menos filósofo de los ángeles, sin mezclar en él
simpatía, asombro y reprobación. La injusticia gobierna el universo.
Todo lo que se construye, todo lo que se deshace, lleva la huella de una fragilidad
inmunda, como si la materia fuese el fruto de un escándalo en el seno
de la nada. Cada ser se nutre de la agonía de otro ser; los instantes
se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mudo es un receptáculo
de sollozos... En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son
gestos igualmente vanos. Ningún soberbio desencadenamiento sabría
sacudir el espacio ni ennoblecer las almas. Triunfos y fracasos se suceden
según una ley desconocida que tiene por nombre destino, nombre al que
recurrimos cuando, filosóficamente desguarnecidos, nuestra estancia
aquí abajo, o no importan dónde, nos parece sin solución
y como una maldición que debemos sufrir, irracional e inmerecida. Destino:
palabra selecta en la terminología de los vencidos... Ávidos
de una nomenclatura para lo irremediable, buscamos un alivio en la invención
verbal, en las claridades suspendidas encima de nuestros desastres. Las palabras
son caritativas: su frágil realidad nos engaña y nos consuela...
Y así como el «destino», que no puede querer nada, es quien
ha querido lo que nos sucede... Prensados de lo Irracional como único
modo de explicación, le vemos cargar la balanza de nuestra suerte,
en la cual no pesan sino los elementos negativos, de la misma naturaleza.
¿De dónde sacar el orgullo para provocar a las fuerzas que lo
han decretado así y que, es más, son irresponsables de tal decreto?
¿Contra quién llevar la lucha y a dónde dirigir el asalto
cuando la injusticia hostiga el aire de nuestros pulmones, el espacio de nuestros
pensamientos, el silencio y el estupor de los astros? Nuestra rebelión
está tan mal concebida como el mundo que la suscita. ¿Cómo
empeñarse en reparar los entuertos cuando, como Don Quijote en su lecho
de muerte, hemos perdido -en el extremo de la locura, extenuados- vigor e
ilusión para afrontar los caminos, los combates y las derrotas? Y ¿cómo
encontrar de nuevo la frescura del arcángel sedicioso, aquel que, todavía
al comienzo del tiempo, ignoraba esta sabiduría pestilente en la que
nuestros impulsos se ahogan? ¿Dónde beberíamos suficiente
verbo y desparpajo para infamar al rebaño de los otros ángeles,
mientras que aquí abajo seguir a su colega es precipitarse más
bajo todavía, mientras que la injusticia de los hombres imita la de
Dios y toda rebelión opone el alma al infinito y la rompe contra él?
A los ángeles anónimos -acurrucados bajo sus alas sin edad,
eternamente vencedores y vencidos en Dios, insensibles a las nefastas curiosidades,
soñadores paralelos a los lutos terrestres, ¿quién se
atrevería a tirarles la primera piedra y, por desafío, a dividir
su sueño? La rebelión, orgullo de la caída, no extrae
su nobleza más que de su inutilidad: los sufrimientos la despiertan
y luego la abandonan; el frenesí la exalta y la decepción la
niega... No podría tener sentido en un universo no-valido... (En este
mundo nada está en su sitio, empezando por el mundo mismo. No hay que
asombrarse entonces del espectáculo de la injusticia humana. Es igualemente
vano rechazar o aceptar el orden social: nos es forzoso sufrir sus cambios
a mejor o a peor con un conformismo desesperado, como sufrimos el nacimiento,
el amor, el clima, y la muerte. La descomposición preside las leyes
de la vida: más cercanos a nuestro polvo que lo están al suyo
los objetos inanimados, sucumbimos ante ellos y corremos hacia nuestro destino
bajo la mirada de las estrellas aparentemente indestructibles. Pero incluso
ellas estallarán en universo que sólo nuestro corazón
toma en serio para expiar después con desgarramientos su falta de ironía...
Nadie puede corregir la injusticia de Dios y de los hombres: todo acto no
es más que un caso especial, aparentemente organizado, del Caos original.
Somos arrastrados por un torbellino que se remonta a la aurora de los tiempos;
y si ese torbellino ha tomado el aspecto del orden sólo es para arrastrarnos
mejor...)