-. No he encontrado en el edificio del pensamiento ninguna categoría
en la que reposar mi frente. En cambio ¡que almohada el caos!.
(Emil Cioran)
-. Siempre he buscado paisajes anteriores a Dios. Por eso mi
debilidad por el Caos.
(E. M. Cioran)
-. Nada seca tanto la inteligencia como la repugnancia a concebir
ideas oscuras.
-. Para quien haya respirado la Muerte, ¡qué desolación
el olor del Verbo!
-. Más que un error de fondo, la vida es una "falta de gusto"
que ni la muerte, ni siquiera la poesía, logran corregir.
-. La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza. Y hay
quienes creen aún en la profundidad de la filosofía.
-. Aunque pudiera luchar contra un ataque de depresión, ¿en
nombre de qué vitalidad me ensañaría con una obsesión
que me pertenece, que me precede?. Encontrándome bien, escojo el camino
que me place; una vez "tocado", ya no soy yo quien decide: es mi
mal. Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha
elegido ya por ellos. Uno se escoge cuando dispone de virtualidades indiferentes;
pero la nitidez de un mal es superior a la diversidad de caminos a elegir.
Preguntarse si se es libre o no: bagatela a los ojos de un espíritu
a quien arrastran las calorías de sus delirios. Para él, enzalzar
la llibertad es dar pruebas de una salud indecente.
¿La libertad?. Sofisma de la gente sana.
-. Si apenas he obtenido ideas de la tristeza, es porque la he amado demasiado
para empobrecerla ejercitándome en ella
-. Somos todos unos farsantes. sobrevivimos a nuestros problemas.
-. Sufrimos: el mundo exterior comienza a existir...; sufrimos demasiado:
desaparece. El dolor lo suscita únicamente para desenmascarar su irrealidad.
-. Cuanto más difuso sea el objeto de una pasión, mejor ella
nos destruye; la mía fue el Hastío: sucumbí a su imprecisión.
-. La fe, la política o la violencia reducen la desesperación;
por el contrario, todo deja intacta a la melancolía: ella sólo
podría cesar con nuestra sangre.
-. En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían
a eructar.
-. Gracias a la melancolía -ese alpinismo de los perezosos-, escalamos
desde nuestro lecho todas las cumbres y soñamos en lo alto de todos
los precipicios.
-. Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu
vida sin saberlo.
-. La tristeza: un apetito que ninguna desgracia satisface.
-. Oriente se interesó por las flores y el renunciamiento. Nosotros
le oponemos las máquinas y el esfuerzo, y esta melancolía galopante
-último sobresalto de Occidente.
-. Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del
suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.
-. El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié
a todo por él, incluso a la muerte.
-. Dejad de pedirme mi programa: ¿Acaso respirar no es uno?.
-. Si exprimiéramos el cerebro de un loco, el líquido obtenido
parecería almíbar al lado de la hiel que segregan algunas tristezas.
-. Sin la esperanza de un dolor aun mayor, no podría soportar éste
de ahora, aunque fuese infinito.
-. Refutación del suicidio: ¿No es inelegante abandonar el mundo
que tan gustosamente se ha puesto al servicio de nuestra tristeza?.
-. Sólo se suicidan los optimistas, los optimistasque ya no logran
serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por
qué la tendrían para morir?.
-. ¿Superará el hombre algún día el golpe mortal
que le ha dado la vida?.
-. Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.
-. Mi avidez de agonías me ha hecho morir tantas veces que me parece
indecente abusar aún de un cadaver del que ya nada puedo sacar.
-. Quien teme perder su melancolía, quien tiene miedo a superarla,
con qué alivio constata que sus temores no tienen fundamento, que ella
es incurable...
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CONVERSACIONES CON CIORAN:
Aparecida bajo el título "Escribir para despertar"
en el diario El País del día 23 de octubre de 1.977.
Si les comprendo bien, me preguntan ustedes por qué no he elegido rotundamente el silencio, en lugar de merodear en torno a él, y me reprochan explayarme en lamentos en lugar de callarme. Para empezar, no todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Mi primer libro lo escribí en rumano a los ventiún años, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, seguido de la misma promesa. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. ¿Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los años, pues las obsesiones expresadas quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar también. Esto les parecera ridículo y, sin embargo, es muy cierto. Pues un libro es vuestra vida, o una parte de ella, que se os hace exterior. Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta en uno mismo. Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación. Les aconsejo que hagan el ejercicio siguiente: cuando odien a alguien y sientan ganas de liquidarle, cojan un trozo de papel y escriban que Fulano es un puerco, un bandido, un crápula, un monstruo. En seguida advertirán que ya le odian menos. Es precisamente lo mismo que yo he hecho respecto a mí mismo. He escrito para injuriar a la vida y para injuriarme. ¿Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida ...
Cioran, ¿qué podría usted añadir
a esto?
Realmente no podría añadir nada más... ¡o quizá
decir cualquier cosa! En realidad es una cuestión de vitalidad. Para
que entienda esto debo hablarle de mi origen. Hay mucho de campesino en mí,
mi padre era un cura ortodoxo rural y yo nací entre montañas,
en los Cárpatos, en un ambiente muy primitivo. Era un pueblo realmente
bárbaro, en el que los campesinos trabajaban tremendamente toda la
semana para luego gastarse la paga en una noche, emborrachándose como
cubas. Yo era un chico bastante robusto: ¡todo lo que tengo ahora de
achacoso lo tenía entonces de fuerte! Le interesara a ústed
saber que mi mayor ambición por entonces era ser el primero jugando
a los bolos: a los doce o trece años jugaba con los campesinos, por
dinero o por cerveza. Me pasaba el domingo jugando contra ellos y frecuentemente
lograba ganarles, aunque ellos fuesen más fuertes que yo, porque como
no tenía otra cosa que hacer me pasaba la semana practicando ...
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RUMANIA:
¿Fue la suya una infancia feliz?
Esto es muy importante: no conozco caso de una infancia tan feliz como la
mía. Vivía junto a los Cárpatos, jugando libremente en
el campo y en la montaña, sin obligaciones ni deberes. Fue una infancia
inauditamente feliz, después, hablando con la gente, nunca he encontrado
nada equivalente. Yo no quería salir nunca de aquel pueblo, no olvidaré
jamás el día en que mis padres me hicieron coger un coche para
llevarme al liceo en la ciudad. Fue el final de mi sueño, la ruina
de mi mundo.
¿Qué recuerda usted ante todo de Rumania?
Lo que ante todo me gustó de Rumania fue su faceta extremadamente primitiva.
Había naturalmente gente civilizada, pero lo que yo prefería
eran los iletrados, los analfabetos... Hasta los veinte años nada me
gustaba tanto como irme de Sibiu a las montañas y hablar con los pastores,
con los campesinos completamente iletrados. Pasaba el tiempo charlando y bebiendo
con ellos. Creo que un español puede entender esta faceta primitiva,
muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto
casi inmediato con ellos.
¿Que recuerdos guarda de la situación histórica
de su país durante su juventud?
Bueno, Europa oriental era entonces el Imperio austrohúngaro. Sibiu
estaba enclavada en Transilvania, pertenecía al Imperio: nuestra capital
soñada era Viena. Siempre me sentí de algún modo vinculado
al Imperio... ¡en el que sin embargo, los rumanos éramos esclavos!
Durante la guerra del 14, mis padres fueron deportados por los húngaros...
Me siento muy afín, psicológicamente, a los húngaros,
a sus gustos y costumbres. La música húngara, gitana, me emociona
profunda, muy profundamente. Soy una mezcla de húngaro y rumano. Es
curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando
yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos metafísicos
dudosos -como destino, fatalidad- ... para explicar el mundo. Pues bien: cuanto
más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis
orígenes. Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no
es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes
países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión
de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino
que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no
hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia. Esa ideología
de víctima es también mi concepción actual, mi filosofía
de la historia. Realmente, toda mi formación intelectual no me ha servido
de nada.
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UN LIBRO ES UNA HERIDA:
Usted ha escrito: "Un libro debe hurgar en las heridas,
provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro". ¿En qué
sentido son 'peligrosos' sus libros?
Bueno, mire usted: me han dicho muchas veces que lo que yo escribo en mis
libros no debe decirse. Cuando saque el Précis, el crítico de
Le Monde me mandó una carta de reconvención. "¡Usted
no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jovenes!" Eso
es absurdo. ¿Para qué van a servir los libros? ¿Para
aprender? Eso no tiene ningún interés, para eso no hay más
que ir a clase. No, yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe
trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro
es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han
surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que
en cierto modo transmitan esto mismo al lector. No, no me gustan los libros
que se leen como quien lee el periódico, un libro debe conmoverlo todo,
ponerlo todo en cuestión. ¿Para qué? Bueno, no me preocupa
demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca
en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de
mis tensiones, nada más. Una señora escribía hace poco
sobre mí en Le Quotidien de Paris: "Cioran escribe las cosas que
cada uno se repite en voz baja". No escribo proponiéndome fabricar
"un libro", para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme.
Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros,
es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro
que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.
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En todos sus libros, junto a un aspecto que podríamos
llamar pesimista, negro, brilla una extraña alegría, un gozo
inexplicable pero reconfortante y hasta vivificador.
Es curioso esto que usted me dice; me lo han dicho muchos. Verá, yo
no tengo demasiados lectores, pero podría citarle casos y casos de
personas que han confesado a algún conocido mío: "Yo me
habría suicidado si no hubiera leído a Cioran". Así,
pues, creo que tiene usted mucha razón. Creo que la causa de esto es
la pasión: yo no soy pesimista, sino violento... Esto es lo que hace
vivificante a mi negación. En realidad cuando antes hablábamos
de heridas, yo no entendía eso de un modo negativo: ¡herir a
alguien no equivale en modo alguno a paralizarle! Mis libros no son depresivos
ni deprimentes, de igual forma que un látigo no es deprimente. Los
escribo con pasión y furor. Si mis libros pudiesen ser escritos en
frío, eso sería peligroso. Pero yo no puedo escribir en frío,
soy como un enfermo que se sobrepone febrilmente en cada caso a su enfermedad.
La primera persona que leyó el Breviario de podredumbre, aún
en manuscrito, fue el poeta Jules de Supervielle. Era un hombre ya muy mayor,
profundamente sujeto a depresiones, y me dijo: "Es increible lo mucho
que me ha estimulado su libro". En ese sentido, si quiere usted, soy
como el diablo, que es un tipo activo, un negador que hace marchar las cosas...
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Aunque usted mismo se ha encargado de deslindar su obra de la
filosofía propiamente dicha (verbi gratia, la carta-prólogo
que precede a mi Ensayo sobre
Cioran), no es en modo alguno arbitrario encuadrarle dentro de esas actividades
diversas, autocríticas, que ocupan el lugar vacante de la filosofía
tras el final de los grandes sistemas decimonónicos. ¿Qué
sentido tiene aún la filosofía, Cioran?
Creo que la filosofia no es posible más que como fragmento. En forma
de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capítulo tras
capítulo, en forma de tratado. En ese sentido, Nietzsche fue sumamente
liberador. Fue él quien saboteó el estilo de la filosofia académica,
quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras
él puede decirse cualquier cosa... Ahora todos somos fragmentistas,
incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va tambien con
nuestro estilo de civilización.
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También va en ello nuestra honradez. Nietzsche decía
que en la ambición sistemática hay una falta de honradez...
Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo
de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones
previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga
a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo,
según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones. que
hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado
en un círculo trazado por uno mismo. De este modo uno se hace honorable
y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo
de cuarenta páginas, ¡qué no ocurrira en un sistema! Este
es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción.
Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En
cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno
decir una cosa y la contraria. ¿Por qué? Porque surge cada fragmento
de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas:
son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero
si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable.
Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia:
un pensamiento sistemático refleja sólo un aspecto, el aspecto
controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos
los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema sólo
habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por
eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario
permanece libre.
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¿Cuál fue su formación filosófica?
¿Qué filósofos le han interesado más?
Bueno, en mi juventud leí mucho a León Chestov, que era muy
conocido entonces en Rumanía. Pero quien más me interesó,
a quien más amé, esa es la palabra, fue a Georg Simmel. Ya sé
que Simmel es bastante conocido en España, gracias al interés
de Ortega por él, mientras que es completamente ignorado en Francia.
Simmel era un escritor maravilloso, un magnífico filósofo-ensayista.
Fue amigo íntimo de Lukács y Bloch, en los que influyó
y que luego renegaron de él, lo que me parece absolutamente deshonesto.
Hoy Simmel está completamente olvidado en Alemania, silenciado incluso,
pero en su época tuvo la admiración de figuras como Thomas Mann
o Rilke. Simmel también fue un pensador fragmentario, lo mejor de su
obra son fragmentos. También influyeron mucho en mí los pensadores
alemanes de la llamada "filosofía de la vida" como Dilthey,
etcétera. Por supuesto, también leí mucho a Kierkegaard
entonces, cuando aún no era moda. En general, lo que más me
ha interesado siempre es la filosofía-confesión. Lo mismo en
filosofía que en literatura lo que me interesa son los casos, aquellos
autores de quienes puede decirse que son "casos" en el sentido casi
clínico de la expresión. Me interesan todos aquellos que van
a la catástrofe y también los que lograron situarse más
allá de la catastrofe. No puedo admirar más que a aquel que
ha estado a punto de derrumbarse. Por eso amé a Nietzsche o a Otto
Weininger. O también autores rusos como Rozanov, escritores religiosos
que rozan constantemente la herejía, tipo Dostoievski. No me marcaron
los autores que son solamente una experiencia intelectual, como Husserl. De
Hedegger me interesó su vertiente kierkegaardiana, no la husserliana.
Pero, ante todo, busco el caso: en pensamiento o literatura tengo interés
ante todo por lo frágil, lo precario, lo que se derrumba y también
por lo que resiste la tentación de derrumbarse pero deja constancia
de la amenaza...
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¿Qué opina usted de la "nueva filosofía"
francesa, brote polémico del día?
Bueno, no puedo decir que los conozca a fondo, pero en general creo que se
trata de gente que comienza a despertar de su sueño dogmático...
Usted ha escrito uno de sus mejores libros sobre el tema de
la utopía.
Recuerdo muy bien el comienzo de mi interés, durante una conversación
en un café de París con María Zambrano, allá por
los años cincuenta. Entonces decidí escribir algo sobre la utopía.
Me puse a leer directamente a los utopistas: Moro, Fourier, Cabet, Campanella...
Al principio, con exaltación fascinada; luego, con cansancio; finalmente
con mortal aburrimiento. Es increible la fascinación que ejercieron
los utopistas sobre grandes espíritus: Dostoievski, por ejemplo, leía
a Cabet con admiración. ¡Cabet, que era un perfecto imbécil,
un sub-Fourier! Todos creían que el milenio estaba por llegar: un par
de años, una decada a lo sumo... También era deprimente su optimismo,
la pintura excesivamente rosa, esas mujeres de Fourier cantando mientras trabajaban
en los talleres... Este optimismo utópico es frecuentemente despiadado.
Recuerdo, por ejemplo, un encuentro que tuve con Teilhard de Chardin; el hombre
peroraba entusiásticamente sobre la evolución del cosmos hacia
Cristo, el punto Omega, etcétera... y entoncés le pregunté
qué pensaba del dolor humano: "El dolor y el sufrimiento"
me dijo "son un simple accidente de la evolución". Me fui
indignado, negándome a discutir con aquel débil mental. Creo
que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el
siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad
y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo
de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad
indefinida del hombre. Creo más acertada la teoría del pecado
original, aunque privándola de sus connotaciones religiosas, puramente
como antropología. Ha habido una caída irremediable, una perdida
que nada puede colmar. En realidad, creo que lo que me ha alejado finalmente
de la tentación utopista es mi gusto por la historia, pues la historia
es el antídoto de la utopía. Pero, aunque la práctica
de la historia sea esencialmente antiutópica, es cierto que la utopía
hace marchar la historia, la estimula. No actuamos más que bajo la
fascinación de lo imposible: lo que equivale a decir que una sociedad
incapaz de dar a luz una utopía y de entregarse a ella está
amenazada por la esclerosis y la ruina. La utopía, la construcción
de sistemas sociales perfectos, es una debilidad muy francesa: lo que al francés
le falta de imaginación metafísica, le sobra de imaginación
política. Fabrica impecables sistemas sociales, pero sin tener en cuenta
la realidad. Es un vicio nacional: mayo del 68, por ejemplo, fue una producción
constante de sistemas de todo tipo, más ingeniosos e irrealizables
unos que otros.
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EL PODER ES EL MAL:
La utopía es, por así decirlo, el problema de
un poder inmanente y no transcendente a la sociedad. ¿Qué es
el poder, Cioran?
Creo que el poder es malo, muy malo. Soy resignado y fatalista frente al hecho
de su existencia, pero creo que es una calamidad. Mire usted, he conocido
a gente que ha llegado a tener poder y es algo terrible. ¡Algo tan malo
como un escritor que llega a hacerse célebre! Es lo mismo que llevar
un uniforme; cuando se lleva uniforme ya no se es el mismo: bien, pues alcanzar
el poder es llevar un uniforme invisible de forma permanente. Me pregunto:
¿por qué un hombre normal, o aparentemente normal, acepta el
poder, vivir preocupado de la mañana a la noche, etcétera? Sin
duda, porque dominar es un placer, un vicio. Por eso no hay prácticamente
ningún caso de dictador o jefe absoluto que abandone el poder de buen
grado: el caso de Sila es el único que recuerdo. El poder es diabólico:
el diablo no fue más que un ángel con ambición de poder,
luego ni un ángel puede disponer de poder inmunemente. Desear el poder
es la gran maldición de la humanidad.
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Volviendo a la utopía...
El ansia de utopía es un ansia religiosa, un deseo de absoluto. La
utopía es la gran fragilidad de la historia, pero también su
gran fuerza. En cierto sentido, la utopía es lo que rescata la historia.
Ahí tiene usted la campaña electoral en Francia, por ejemplo:
si no fuera por su componente utópico, sería una querella entre
tenderos... Mire usted, yo no podría ser político porque creo
en la catástrofe. Por mi parte, estoy seguro de que la historia no
es el camino del paraíso. Bueno, si soy un verdadero escéptico
no puedo estar seguro ni de la catástrofe... ¡digamos que estoy
casi seguro! Por eso me siento desapegado de cualquier país, de cualquier
grupo. Soy un apátrida metafísico, algo así como aquellos
estoicos de fines del Imperio romano, que se sentían "ciudadanos
del mundo", lo que es una forma de decir que no eran ciudadanos de ninguna
parte.
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Usted no sólo ha desertado de su patria, sino también,
lo que es aún más importante, de su lengua.
Ese es el mayor acontecimiento que puede ocurrirle a un escritor, el más
dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada
al lado de esto! Yo escribí en rumano hasta el año 47. Ese año
yo me encontraba en una casita cerca de Dieppe y traducía a Mallarmé
al rumano. De pronto me dije: "Qué absurdo" ¡Para qué
traducir a Mallarmé a una lengua que nadie conoce?" Y entonces
renuncié a mi lengua. Me puse a escribir en francés y fue muy
difícil, porque por temperamento la lengua francesa no me conviene,
me hace falta una lengua salvaje, una lengua de borracho. El francés
fue como una camisa de fuerza para mí. Escribir en otra lengua es una
experiencia asombrosa. Se reflexiona sobre las palabras, sobre la escritura.
Cuando escribía en rumano, yo no me daba cuenta de qué escribía,
simplemente escribía. Las palabras no eran entonces independientes
de mí. En cuanto me puse a escribir en francés todas las palabras
se hicieron conscientes, las tenía delante, fuera de mí, en
sus celdillas y las iba cogiendo: "Ahora tú, y ahora tú".
Es una experiencia parecida a otra que tuve cuando llegué a París.
Me alojé en un hotelito del Barrio Latino, y el primer día,
cuando bajé a telefonear a conserjería, me encontré al
encargado del hotel, su mujer y un hijo preparando el menú de comida:
¡lo preparaban como si fuese un plan de batalla! Me quede asombrado:
en Rumanía yo había comido siempre como un animal, bien, pero
insconscientemente, sin advertir lo que significa comer. En París me
di cuenta de que comer es un ritual, un acto de civilización, casi
una toma de posición filosófica... Del mismo modo, escribir
en francés dejó de ser un acto instintivo, como era cuando escribía
en rumano, y adquirió una dimensión deliberada, tal como dejé
también de comer inocentemente... Al cambiar de lengua, liquidé
inmediatamente el pasado, cambié totalmente la vida. Aún hoy,
sin embargo, me parece que escribo una lengua que no casa con nada, sin raíces,
una lengua de invernadero.
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Cioran, usted ha hablado frecuentemente del hastío.
¿Qué papel ha desempeñado en su vida el hastío,
el tedio?
Puedo decirle que mi vida ha estado dominada por la experiencia del tedio.
He conocido ese sentimiento desde mi infancia. No se trata de ese aburrimiento
que puede combatirse por medio de diversiones, con la conversación
o con los placeress, sino de un hastío, por decirlo así, fundamental
y que consiste en esto: más o menos súbitamente en casa o de
visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido
y de sentido. El vacío está en uno y fuera de uno. Todo el Universo
queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece
que se apegue uno a ello. El hastío es un vértigo, pero un vértigo
tranquilo, monótono; es la revelación de la insignificancia
universal, es la certidumbre llevada hasta el estupor o hasta la suprema clarividencia
de que no se puede, de que no se debe hacer nada en este mundo ni en el otro,
que no existe ningún mundo que pueda convenirnos y satisfacernos. A
causa de esta experiencia -no constante sino recurrente, pues el hastío
viene por acceso, pero dura mucho más que una fiebre- no he podido
hacer nada serio en la vida. A decir verdad, he vivido intensamente pero sin
poder integrarme en la existencia. Mi marginación no es accidental,
sino esencial. Si Dios se aburriese, seguiría siendo Dios, pero un
Dios marginal. Dejemos a Dios en paz. Desde siempre, mi sueño ha sido
ser inútil e inutilizable. Pues bien, gracias al hastío he realizado
ese sueño. Se impone una precisión: la experiencia que acabo
de describir no es necesariamente deprimente, pues a veces se ve seguida de
una exaltación que transforma el vacío en incendio, en un infierno
deseable...
Y mientras me dispongo a salir, Cioran insiste:
No olvide decirles que sólo soy un marginal, un marginal que escribe
para hacer despertar. Repítaselo: mis libros pueden hacer despertar.