"LA ARGENTINA POSIBLE"
- EL DESAFIO -

LAS ACADEMIAS

 

Los pilares de las sociedades que han trascendido en la historia de los pueblos, son los de la inteligencia de sus hombres y mujeres.

Esa inteligencia, manifestada en esos momentos en que salió a la luz, fue la que demostró concretamente valores, modos de pensamiento e instituciones que hoy recordamos como los modelos que nos inculcaron en aquella, nuestra escuela primaria y secundaria, donde nos mostraron a Grecia, a Roma, a Egipto, como ejemplos de civilizaciones que trascendieron lo circunstancial de sus crisis, para entrar en la historia de la humanidad.

Podemos enunciar los pilares de la Cultura de aquellos tiempos y tomarlos hoy como los de cualquier sociedad que pretenda ser respetada como seria, comenzando por la Academia.

La Academia es la reunión de los hombres y mujeres consagrados no por su fama, que la puede tener cualquiera, sino por su prestigio, que, por cierto, no es fácil de alcanzar.

Porque el prestigio hace a una trayectoria, a un reconocimiento de excelencia, a una búsqueda cada vez mayor de penetración en el conocimiento, que, a la luz de años de investigación, de práctica y de realización de ideas y de obras, consagra a esos valores indiscutibles de la sociedad, reconocidos como ejemplo y modelo a emular.

Debemos considerar entonces a las Academias Nacionales como ese senado de prestigio, natural asesor de la sociedad, la que, a su vez, en vez de considerar a la Academia como un depósito de museos vivos, debe constituirse en la natural dinamizadora de la misma, proponiéndole temas puntuales y solicitándole su opinión orientadora, respetándola y reconociendo a las Academias como el conjunto de excelencia de los hombres y mujeres de nuestra sociedad, cuya opinión debe ser valorada.

Ese prestigio, esa apoyatura en la experiencia y sabiduría de los valores consagrados, podríamos definirla como la primera columna de sostén en nuestra búsqueda de los cómo en la Cultura.

Al mismo tiempo, este reconocimiento conllevará el desafío de la sociedad para que las Academias se den a conocer públicamente en sus actividades y en su presencia dinámica que, antes de aparecer como entes mendicantes de subsidios para actividades internas de investigación y publicaciones restringidas a quienes integran los cenáculos de la alta cátedra, proyecten a la sociedad la imagen confiable de sus talentos dedicados a encontrar soluciones concretas a las distintas preocupaciones que se les sometan.

Así, la puesta mutua en valor de la sociedad sobre las Academias y de las Academias sobre las inquietudes de la sociedad dará solidez a la posibilidad de integración seria al sensato objetivo del rescate del sentido común.

 


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