"LA ARGENTINA
POSIBLE"
- EL DESAFIO -
LA DEPENDENCIA
El concepto de la dependencia a las fuerzas e influencias políticas y económicas externas que presionan sobre nuestros gobiernos y los condicionan en sus decisiones, también ha dado origen a una cultura mendicante de la dependencia, que, además de declamar su impotencia y su falta de iniciativas lúcidas para terminar con la misma, parece solazarse en un conformismo con el derecho de quejarse de una subordinación forzosa, que habilita, a la vez, a no hacer ningún esfuerzo inteligente por cambiar esta situación.
Y, traducido todo esto a nuestra forma de encarar nuestro proyecto de sociedad en lo cultural, hemos desarrollado aquí también nuestros propios conceptos subliminales de dependencia personal, que han contribuido al estancamiento cultural y económico de nuestro país.
Así, el empleado público fijó sus objetivos económicos y laborales en el quedantismo de la seguridad de un escalafón, que lo incluyó en un presupuesto hasta aquí inamovible, basado exclusivamente, para la evolución económica y promoción de niveles, en la acreditación de la antigüedad y la buena conducta administrativa, y no en la iniciativa renovadora y la medición de la capacidad y resultados de la gestión.
La igualdad de situación de revista laboral de quien encara su trabajo con responsabilidad, inquietudes, e intentos de mejorar la eficiencia de área, con quien, amparado en las oportunidades que le brinda el reglamento de licencias, o en la estricta reglamentación administrativa, cumple sus funciones hasta el margen que los mismos le marcan, deslindando siempre el comprometer su opinión y evitando todo tipo de esfuerzo, ha sido, y en buena medida lo es a la fecha, moneda corriente e indiscutible del Estado que hoy encara una urgente reforma.
Así la impunidad administrativa que hizo privar el concepto de la inamovilidad del escalafonado por sobre la evaluación de aciertos y errores, confirió una suerte de salvoconducto para que ningún empleado público se viera desafiado por el cuidado de su fuente de trabajo.
Y entonces la seguridad del escalafón propició la contrapartida del desinterés individual y colectivo por la fuente de trabajo, conllevando con ello el crecimiento de un aparato burocrático paquidérmico y gatopardista, cuya patología envenenó a nuestra administración pública.
No quedan fuera de este análisis aquellos profesionales que, ante la oportunidad que les diera sus graduación superior de encarar el desafío del ejercido privado e independiente, prefirieron el escalafonamiento y la seguridad de un sueldo, en algunos casos hasta constitucionalmente intangible, y configuraron estamentos de fracasados, integrantes de un aparato que todo lo hace para que nada se pueda renovar ni perfeccionar.
Distinta es la situación en el sector privado, en el que el concepto del sueldo, si bien se enfrenta con la peligrosidad de que, ante el error doloso o culposo, el despido sea su lógica consecuencia; también establece que el acierto y la iniciativa implican la promoción de quién, consubstanciado con el objetivo empresario, contribuye con su capacidad a posibilitar la eficiencia y la rentabilidad de la empresa.
Porque la realidad de la coparticipación en el esfuerzo, implica la responsabilidad de estar a tono con las exigencias cada vez más acuciantes de un mercado tremendamente competitivo; y la pertenencia a una empresa, si bien moderniza el antiguo antagonismo patrón-obrero, exige una identificación con los objetivos empresarios en el aporte lúcido y permanente para optimizar sus resultados.
Las leyes laborales, concebidas para la defensa del asalariado contra los abusos de la dirigencia, fueron elaborando, a la vez, una concepción de carga pública, que, con la exigencia y presión de las obligaciones de atender a las prestaciones de seguridad social, originan hoy en el empresario una suerte de prevención que le hace considerar cuidadosamente la incidencia de las cargas sociales en sus previsiones presupuestarias al decidir la incorporación de un nuevo empleado en su relación de dependencia.
La aceleración de los tiempos y las comunicaciones, la ya ineludible presencia de la informática en todo los ámbitos de la sociedad de nuestros días, los avances de la tecnología, y la impetuosa irrupción en el campo laboral de una nueva generación de jóvenes especialistas, que desde los más diversos temas de especialización presentan propuestas concretas de adecuación empresaria a las exigencias cada vez más apremiantes de mercados en los que nadie regala nada, y a la vez, despiadadamente exigen una permanente renovación en calidad y rentabilidad, atraen la atención del empresariado, desplazando a los viejos gerentes, y creando un nuevo problema digno de ser muy tenido en cuenta. El desempleo de una generación que, superados sus cuarenta años, en muchos casos ya queda obsoleta en sus propuestas y expectativas de recambio laboral.
Es que la educación para la dependencia laboral, tanto pública como privada, es producto de la errada interpretación facilista de una cultura cuyo contexto social permitía visualizar el salario como objetivo inmediato, pero en función de experiencia con vistas a una posterior proyección a la iniciativa propia.
Desgraciadamente, el conformismo con el haber cumplido con el objetivo salarial como fin en sí mismo, anuló la posibilidad del incentivo a la permanente superación y a la reválida de talentos; lo que hace que, enfrentados hoy con la realidad de una sociedad dinámica que se enfrenta con cambios profundos, observemos que aquellos errores culturales hoy originan el que quienes no se adapten a las necesidades de iniciativa lúcida, como exigencia ineludible de nuestros días, quedarán fuera del mercado laboral.
Lo mismo ocurre en nuestro tan declamado sistema federal, en el que se reclama por la dependencia del poder central, alimentando desde la misma la falta de reacción que genere emprendimientos que posibiliten nuevos campos de desarrollo económico y laboral.
Es más fácil, por cierto, obtener réditos políticos, medibles en la captación de votos coyunturales, creando puestos públicos innecesarios e inflacionarios, y después quejarse por la falta de presupuesto para cumplir con las obligaciones salariales que esos cargos generan.
Al mismo tiempo esa es una forma de impedir el desarrollo local y regional, puesto que la oferta, como solución del quedantismo burocrático no hace sino proyectar la crisis económica y social de esas sociedades, dado que, ante la necesidad de una reacción positiva que encuentre soluciones viables y concretas a la factibilidad de una recesión, se encontrarán sin posibilidades de contar con quienes sólo aprendieron a manejar expedientes.
Si observamos la situación de los países desarrollados para hacer un diagnóstico válido de su realidad social, ciertamente nos encontraremos con que el verdadero sostén del bienestar y el desarrollo económico de los mismos no está basado en el accionar de sus grandes empresas sino en los cientos de miles de emprendimientos de cuentapropismo, que evidencian el coraje y la inteligencia de quienes, liberándose de la asfixia de una dependencia, deciden lanzarse a la incomparable aventura de ser artífices de sus propios éxitos, con la clara convicción que el hacerlo implica, de suyo, la asunción de la absoluta responsabilidad de sus errores y fracasos.
No son esas sociedades en los que las culpas siempre las tiene el Estado sobreprotector y subsidiante, o se las achaca a los grandes monopolios opresores y transculturalizadores.
También es cierto que en el mundo de nuestros días esos países tienen serios problemas de gestión; pero ante los mismos, en vez de tildar lo serio de "pacato", asumen sus propios defectos y errores, capitalizando sus aciertos y exprimiendo sus cerebros para encontrar inteligentemente soluciones posibles a sus crisis.
Porque el concepto de la independencia, si bien conlleva el logro de la medición del propio esfuerzo en la iniciativa que lo haga rentable, requiere el coraje cultural de asumir maduramente la posibilidad del reemprendimiento cuando los resultados sean adversos.
Este es un camino a ser recorrido en sus justos tiempos y previsiones, que no ofrece el brillo efímero de la estopa al fuego, ni la profundidad irredimible de la adversidad.
Para cada uno de nosotros, los argentinos, es nada más y nada menos que el desafío a ser uno mismo, enfrentando a su inteligencia y sus ganas de trabajar, sin pedirle nada a nadie, en un campo lleno de huevos de Colón que espera la iniciativa lúcida y honesta para encontrarIos y explotarlos.
La dependencia, así encarada, pasa a ser una película ya vista, y la excusa de quienes, lejos de la realidad, pregonan la queja facilista, y, en definitiva, al tildar el emprendimiento de idealismo irredento, desnudan su incapacidad para acometer mejores logros.

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