"LA ARGENTINA POSIBLE"
- EL DESAFIO -

LA DIRIGENCIA 

 

La pérdida de fe en la dirigencia por parte de nuestra sociedad en su conjunto merece un análisis sensato de sus causas. 

Porque es a partir del reconocimiento de la existencia de una dirigencia engendrada y fruto de la misma sociedad que un día la encumbró y hoy reniega de ella, donde encontraremos la raíz cultural de ese hoy peligroso descreimiento. 

Por una parte observamos el cómodo abandono del dirigente, por parte de dirigidos que pensaron que cumplían con su deber con el solo ejercicio del derecho democrático de ungir, sea en la función pública o en los diferentes estamentos de la actividad social, a quienes deben asumir los cargos de decisión y conducción. 

Conjuntamente con ello tenemos la imagen del dirigente que luchó por obtener su postulación o candidatura, y, una vez lograda, llegó al cargo con las ideas voluntaristas y retóricas de su campaña, pero huérfano de equipos que lo secundaran, y , lo que es peor, con el desconocimiento de la realidad y exigencias de la función a asumir. 

Es la autosuficiencia de los dirigentes, unida a la acción de compartimientos estancos, que contribuyeron y contribuyen a aumentar la ineficiencia burocrática, complicando todo intento de llevar a buen puerto decisiones que sacudan las estructuras y dinamicen las instituciones. 

Así se creó una imagen de estancamiento, que, seguida por una desconfianza abonada por la prédica superficial de los medios de comunicación, desembocó en el descreimiento general que hoy nos preocupa. 

La solución no pasa por la prédica lisonjera de las bondades de la dirigencia, ni por el balance entre los aciertos y errores de la misma. 

Creo que la dirigencia necesita imperiosa y urgentemente ser enriquecida en talento y desafíos que la hagan reaccionar. 

No es bajando el nivel de los temas por tratar como lograremos propuestas válidas por parte de quienes tienen a su cargo las decisiones. 

Es precisamente la sociedad que eligió a sus dirigentes la que debe empeñarse en su elevación intelectual y profesional, de modo tal que encontrar lucidez en sus actitudes, firmeza en sus decisiones, y confiabilidad en sus objetivos. 

A los dirigentes no se los coloca en sus cargos para que vegeten en una inercia rayana en la inoperancia, por- que de allí a la acusación de incapacidad y corruptela hay muy poco trecho. 

Por eso es que el camino que devuelva la fe es de doble vía de desafío a dirigentes y electores para que, comenzando por reconocer mutuas falencias, rompan las paredes del aislamiento y reconsideren la necesidad de capacitación, para saber elegir los unos, y para merecer ser electos los otros. 

A pocos meses de un proceso electoral, la sociedad recibe nombres de postulantes, un poco como si estuviéramos ante una propuesta deportiva de aspirantes a una carrera de caballos. 

La falta de ideas concretas y medibles en sus resultados impulsa una suerte de tómbola electoral, cuyo sólo interés aparece en dilucidar el nombre del o de los ganadores. 
Recordemos aquí el párrafo donde afirmé el absoluto desconocimiento del ciudadano sobre la lista enorme de candidatos que siguen al postulante que encabeza la boleta de cada partido político. 

Y entonces llegamos a concluir con que el acto de elegir dirigentes se reduce a la opción entre nombres casi siempre desconocidos, antes que la asunción de la mutua responsabilidad de electores y elegidos del debate profundo y sensato de ideas, y de la medición de posibles resultados de la gestión de las mismas. 

Porque si no es serio pretender la infalibilidad de los hombres, tampoco lo es el que, al elegir a los dirigentes, no se mida su capacidad de inteligencia para superar sus posibles fracasos.

 

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