"LA ARGENTINA POSIBLE"
- EL DESAFIO -

LOS MEDIOS DE COMUNICACION

 

Es imposible concebir una política cultural en nuestros días ignorando el papel trascendental que cumplen en la formación intelectual y en el perfil de pensamiento de la población, los medios de comunicación social, en su dinamización, condicionamiento de sus reacciones y simpatías, y hasta en el diseño de su identidad como sociedad inteligente, y capaz o no de iniciativa para lograr su desarrollo como comunidad seria, respetable y respetada.

Cuando en Estados Unidos se concibió la industria de los medios de comunicación como tal, se llamó a los hombres y mujeres inteligentes con talento demostrado, y se los desafió para darle a esos medios un contenido cultural.

Instalaron sus empresas en medio de lo que era un desierto, y lo convirtieron en un vergel, fuente de riqueza, y permanente convocatoria de recursos humanos especializados.

Así, de la música hicieron la comedia musical, de la historia las películas del oeste.

Y, a través de su acción, de contenido entretenido y convocante, exportaron bandera, familia, historia y forma de ser y vivir, con sus buenas y sus malas, pero siempre con el común denominador de los colores de los Estados Unidos.

Observemos la cantidad de veces que en toda producción cinematográfica y televisiva norteamericana está presente, directa y subliminalmente, el valor de una identidad verdaderamente patriótica.

En el himno, en la aparición de la bandera, en la defensa conceptual de la familia, la educación, la universidad, y todas las etapas de una historia, en la que, a la postre, en las buenas y malas, siempre es reivindicada la seriedad del esfuerzo y los objetivos individuales y colectivos para lograr una mejor calidad de vida.

Para ello no recurren a discursos pontificales ni aburridas referencias filosóficas, ni mucho menos a la lastimera apelación a la compasión mundial por sus fracasos.

Porque el aprovechamiento de la dinámica cada vez más acelerada de los medios de comunicación, exige la presencia de mensajes de fondo en el contexto de una estructura programática divertida y convocante, que, a la vez, responda a la necesidad de información y descanso intelectual de quienes están sometidos permanentemente al desafío de la competitividad de la sociedad que nos rodea.

Esto quiere decir que, bajo la máscara de la oferta de ese remanso para el pensamiento, los medios de comunicación tienen a su disposición el elemento más sofisticado inventado por el hombre para la penetración en el sentido común de la sociedad, y queda a su arbitrio el utilizar ese tremendo poder para fortificar la estructura social, o para destruirla, desgastando paulatinamente todos sus valores y reservas.

Nosotros recibimos durante décadas esa exportación transculturizadora y la consumimos alegre y subliminalmente.

Pensemos cuanto más conocemos de la Guerra de Secesión, de la gesta colonizadora del oeste, sus episodios y personaje buenos y malos, de la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, o en Corea, y, con su frontal autocrítica, en Vietnam, que de las crisis económicas y políticas argentinas, y del pensamiento de sus protagonistas a través de nuestra historia.

Porque cuando nos ocupamos de nuestras cosas es recurrente la exaltación de las patologías, olvidándonos de las glorias y grandezas ejemplares, que también las tuvimos y las tenemos.

La destrucción de la fe en lo nuestro también tiene su origen aquí en el facilismo de la queja, que no ofrece en la balanza lo mucho que tiene de bueno y respetable nuestro país.

Esa fue y es la tarea cultural de los medios de comunicación.

El caso de los Estados Unidos sirve sólo como comienzo de este análisis, y nuestro enfoque apunta a la posibilidad cada vez más necesaria de una reacción de propuesta válida en ideas que nos abra el camino a un protagonismo que recupere la credibilidad y el entusiasmo por las iniciativas argentinas.

Y no estamos aquí enunciando teorías utópicas e inoperantes.

El día que alguien se anime a "inventar" y novelar un San Martín, o cualquiera de nuestros héroes y estadistas, y que encare episodios de nuestra historia pasada y reciente, y los plasme en series positivas, no acartonadas ni mucho menos quejosas de miseria, o reducidas a una declamatoria de acto escolar, y, con el fundamental objetivo de transmitir lo mismo que hicieron los americanos, exporte divertida- mente la plenitud y significado de nuestros colores, y rescate una forma de ser y vivir que un día nos mereció el respeto del mundo entero; ese alguien se llenará de oro.

Porque es a través de ese rescate como se inducirá al emprendimiento en medios de comunicación.

Esto no quiere justificar el uso de nombres y epopeyas caras a nuestra historia para confundir valores y mezclar la grandeza con la novelización de miserias, útil solamente a quienes solapadamente quieren mellar lo poco de fe que queda en nuestra sociedad.

Es por la sensatez dinámica como se recuperará y fortalecerá la fe perdida, y le mostraremos a nuestra juventud el verdadero y no farisaicamente declamado camino para su futuro.

Pero precisamente, así como Estados Unidos encaró su política cultural a través del contenido de los medios de comunicación, otros países no entendieron la importancia ahora insustituible de estos medios.

Francia, la famosa piedra angular de la cultura europea, nos muestra el ejemplo de Malraux, el Ministro de Cultura de la época de De Gaulle, que, a la hora de decidir la política cultural, ignoró que, ya en esos días, el hombre y la mujer vivían totalmente aislados de lo que ocurría en sus hogares mientras se dedicaban a su trabajo cotidiano.

Porque nuestros abuelos, cuando sus padres les hablaban, entendían perfectamente el lenguaje de sus mayores, y lo mismo ocurría con los padres respecto a los término e inquietudes de sus hijos.

En cambio, el padre o la madre de nuestros días, cuando llegan a sus hogares, después de tantas horas inmersos en una sociedad que los ametralló con temas y problemas al punto de casi no dejarlos respirar, encuentran a sus hijos que han estado escuchando durante horas un aparato de radio o delante de un televisor.

Esta es la razón por la que, independientemente del juicio de valor que nos merezca el contenido de los mensajes recibidos por esos hijos, debemos coincidir, para comenzar a comprender este fenómeno de los medios insertados sorpresiva e impunemente en el seno familiar, en la enorme desventaja en la que este hecho concreto coloca a los padres.

Ellos, agotados por la jornada de trabajo, han perdido todo interés en asistir a conciertos, conferencias, bibliotecas, y hasta de sentarse a leer un libro, porque hasta, desde los medios de comunicación, les leen el diario, quitándoles, no tan inocentemente como parece, el derecho a reflexionar y tener opinion propia, mediante una afirmación de opiniones y juicios expresados como aparentemente incontestables, no siempre fundados en conocimiento temático, y sí con una enorme carga anecdótica rayana en la chismografía conventillera, que degrada valores y recrea el circo romano donde fama e intimidades de personas resultan presa fácil de circunstanciales autoconstituídos "fiscales" de la moral y conducta ciudadanas.

Hartos de los ataques a su tranquilidad y ganas de producir su trabajo en paz recibidos fuera del hogar, el hombre y la mujer de nuestros días cierran tras de ellos las puertas de la casa, como si cerraran las de una fortaleza, para impedir que nadie más lo ataque.

Se sientan en un sillón, encienden el aparato de radio o el televisor, y es en ese momento de total desguarnecimiento intelectual donde les explota en pleno living de sus hogares el ataque mayor a su identidad, forma de pensar, y legítimo proyecto familiar que desean transmitir a sus hijos.

Puesto que ese mensaje a sus sentidos, si bien una vez emitido es absolutamente irremediable en sus efectos culturales en presencia de los padres, imaginemos la potencialidad del efecto devastador del mismo cuando es emitido en las horas fuera de control de ellos, o de su derecho a intentar emitir su opinión.

El Malraux de la época de De Gaulle centró su política en la construcción de Centros Culturales, tratando que los franceses utilicen sus horas libres concurriendo a los mismos, a contrapelo de la presencia multitudinaria, y cada vez mayor en influencia, de los medios de comunicación en el pensamiento y la forma de ser y actuar de la sociedad.

Así, sus propios asesores de entonces hoy reconocen que por ello Francia perdió el mercado del cine, el de la televisión, y el del idioma.

En la Italia de Mussolini, el ideólogo del eurocomunismo, Antonio Gramsci, desde la cárcel, concibió la política cultural, fundamentándola en el objetivo de apoderarse del contenido de los medios de comunicación, y no de las estaciones transmisoras de esos medios, para "cambiar el sentido común de la sociedad".

Este objetivo, realizado inteligentemente, hizo consumir gradual y subliminalmente a Italia, a Europa, y al mundo entero, lo patológico como divertidamente natural.

La sociedad recibió en el seno de sus hogares el qué de esa patología aunado al cómo inteligente que aprovechó el desguarnecimiento de la audiencia, que, a su vez, no reaccionó, un poco por inercia y falta de ganas.

Pero mucho más por que fue abandonada por una intelectualidad lúcida que no supo demostrar su dinámica para replicar el ataque cultural con las mismas armas, y con mensajes claros, convocantes, y tan divertidos que merecieran la misma rentabilidad y apoyo que quienes, en vez de mendigar, actuaron.

Y acá reitero que no se trata de afirmar: "Esto no me gusta", si no se tiene una propuesta válida y concreta que supere en expectativa intelectual y comercial a lo que fácilmente se critica.

¿Quién, entonces tiene la responsabilidad, en un momento tan importante como el actual, sobre el contenido de los medios de comunicación?

Quién se anima a proponer temas y programas concretos, medibles y rentables para recuperar la sensatez de una sociedad que se deja leer el diario por la mañana, por la tarde y por la noche, por un señor o señora cuya idoneidad jamás se demostrará con títulos académicos, ni por trayectoria de prestigio y sensatez, sino, antes bien, por la fama de ocuparse chismosamente de quienes alegre- mente se dejan invadir en su intimidad, ventilando sus miserias, y creyendo obtener así el respeto de los demás.

Estos señores, que se autotitulan capaces para opinar sobre todo, que levantan su dedo acusador y retan a la sociedad entera, autoerigiéndose en jueces y señores de la moral y la honra de quién se les antoja atacar, son los que estarán en serio peligro de extinción si llegaran a surgir en nuestros medios proyectos más serios de fortalecimiento intelectual, que, apelando a la sensatez, sin por ello dejar de ser atractivos por su dinámica y temática, configuren una red de sostén cultural y no culturoso de la sociedad.

¿Quién, tan divertida e inteligentemente como ellos lo hacen, se animará a aportar nuevas ideas constructivas y a producir mejores programas?

¿Cómo se recupera el sentido común?

¿ Cómo se logra esto en una sociedad que celebra la demostración de la mala educación, la chabacanería, la violencia, el sexo, justificado en su utilización y exhibición ya francamente desprolija para cualquier tema?

¿Medimos que todo esto instala en nuestros hogares como algo absolutamente natural la grosería o la burla que ridiculiza a desprevenidos transeúntes para "divertir a nuestros jóvenes", en nombre de la libertad?

Porque aquí y en todo el mundo existe ya la conciencia de que los herederos de aquel Gramsci, a partir de la alegre celebración mundial de la caída del muro de Berlín que los dejó circunstancialmente sin libreto, lejos de arriar sus banderas y objetivos, los siguieron utilizando.

Ejemplo claro es el tema de la corrupción, que día a día se va entronizando en nuestra sociedad de forma tal de que, por común, por cosa de todos los días, un poco sea aceptado alegremente como cosa de pícaros y no de delincuentes.

Así, se trata de hacer comprender la nueva figura del "arrepentido" como un elemento colaborador de la justicia y digno del elogio de la sociedad, cuando en realidad su crimen sigue siendo tal, y su delación no lo exime de su culpa en hechos que han lesionado a la sociedad.

Y se avanza más todavía, pues a la habitualidad del tema, se añade la generalización de la acusación, con el claro objetivo de minar la fe pública en las instituciones.

Así no nos hablan del juez corrupto, o del funcionario corrupto, del sindicalista o del empresario corrupto.

Porque no es noticia, ni merece serIo, el juez honesto, el funcionario honesto, el sindicalista o el empresario honesto.

Sí es claro el mensaje: La Justicia corrupta, el Gobierno corrupto, el Congreso corrupto, el empresariado corrupto, el sindicalismo corrupto, los militares corruptos; la dirigencia, en suma, toda corrupta.

Una cosa es la lucha contra la corrupción y otra muy distinta la inserción permanente y natural del tema para su adopción como cosa folklórica e irremediable, sin crear los lógicos anticuerpos conceptuales que exalten la honestidad, que también existe en absolutamente todos esos ámbitos, pero que no acepta ni desciende al circo romano de los chismosos disfrazados de jueces de la moral.

Esos contenidos demuestran un descreimiento general sobre las instituciones democráticas en serio, descreimiento que atenta contra la búsqueda de la excelencia y de mejores niveles de dirigencia que debería caracterizar a una sociedad que pretende ser seria.

¿Quién entonces es, en el fondo, el verdadero responsable del contenido de los medios de comunicación, el propietario de esos medios o el anunciante?

Cualquiera de nosotros puede armar una sociedad para dedicarla a medios de comunicación. Obtenemos una licencia de transmisión y nos dedicamos a administrar una estación de radiofonía o televisión.

Pues de nada nos servirá el ser los propietarios de medio físico, jurídico y técnico, cuando el verdadero condicionante es el anunciante que, al adquirir un espacio publicitario, es quien, con su respaldo económico, decide la permanencia o no de un determinado programa en nuestra propia emisora.

Y aquí le toca a la iniciativa creadora el merecer y no mendigar esa presencia comercial que sustente a una idea válida, entretenida, y, por sobre todo, medible y rentable para quien necesita ideas en un mundo empresario cada vez más competitivo.

Hubo una vez un Hugo Moser que, con «La Familia Falcón» mereció que la empresa Ford lo siguiera con exclusividad durante casi ocho años, y que el lanzamiento del Ford Falcon estuviera unido, de alguna manera, con el rótulo de esa tira televisiva que heredó la imagen de la legendaria familia de «los Pérez García» que animó tan- tas veladas radiales.

Hubo una vez la «Cabalgata Deportiva Gillette». Hubo una vez «Casino Philips». y «Odol Pregunta», y «Los especiales de IKA», y tantos otros que justificaron una sólida presencia económica, respaldando ideas que identificaban empresas con contenidos claros.

Hoy, ese anunciante se sienta a nuestra mesa y se «desgarra las vestiduras» clamando por el horror del contenido de los medios de comunicación, la desactualización, la deseducación, la chabacanería, la exaltación del sexo, la grosería y la violencia, y la justificación de todo lo patológico como divertidamente natural. Y se manifiesta francamente preocupado por la falta de fe de la sociedad en su dirigencia, y por la caída de nivel de los temas que trata nuestra sociedad.

Ese anunciante, ante nuestra observación de que su aviso comercial está en la tanda comercial que va inserta en esos programas que critica, un poco farisaicamente nos contesta que ha dejado de ser anunciante neto para mimetizarse en la tanda inocua, que solo pretende la presencia del aviso comercial como tal, sin entrar a juzgar la temática del programa en el cual se incluye su difusión.

El, como empresario, necesita vender sus productos, y, ante la ausencia de ideas suficientemente fuertes para merecer su respaldo, la agencia publicitaria le marca el exacto segundo en el cual debe impactar con su aviso, independientemente del contenido del programa radial o televisivo en que el mismo se emita.

Por eso, el tema es no mendigar sino merecer y la solución es la apelación al talento, aquí y en todo el país.

Y esto nos lleva al nuestro tan declamado federalismo, tanto en lo institucional y conceptual, como fundamentalmente en lo cultural, en el que aparecen las provincias con sus medios de comunicación huérfanos de programación propia, y recibiendo paquetes de transmisión preparados en Buenos Aires, y respaldados comercialmente por tandas publicitarias locales y regionales.

Y cuando se trata de emprendimientos pomposamente anunciados como culturales, nos encontraremos con las propuestas de los funcionarios de turno promocionando a sus amigos e intereses, en la continuidad del concepto que lo cultural sólo se concibe en lo que hace a la organización de una exposición de pintura o un ciclo teatral o musical.

Y éstos lamentable y recurrentemente evidencian una conexión tan asfixiante con la escuela local que sus exteriorizaciones tienen toda la estructura de un voluntarioso acto escolar.

¿Acaso esas sociedades no tienen gente inteligente capaz de producir ideas y programas válidos no sólo para el consumo local sino hasta para la exportación?

¿Acaso no hay allí universidades y experiencia de talento para efectuar propuestas a esos mismos anunciantes que, primero compran la mentira del "programa exclusivo", y después se quejan por lo que les manda "el puerto opresor"?

Está en manos del anunciante, pero también lo está en la inteligencia del talento de quien o quienes divertida y no pontificalmente le ofrezcan a aquélla posibilidad de que su aviso y su apoyo no sean "el hueso sobrante" para la cultura "culturosa", sino la respuesta interesada a una idea asociada a su lógico interés en vender mejor sus productos.

El viejo cuento de la función social de la empresa en la comunidad, debe dar paso al concepto real que reconoce y afirma, sin hipocresías aduladoras, que la empresa moderna tiene como objetivo su rentabilidad para ella y para sus productos.

Y la empresa de ayer, de hoy y del futuro, va a apoyar no solamente lo querible intelectualmente de la cultura, sino lo posible de las iniciativas concretas que, a través de lo subliminal de determinadas ideas, hagan que una sociedad hoy descreída de valores, reaccione inteligentemente, recupere su confianza, se enriquezca en estusiasmo, asuma emprendimientos posibles, y, prefiera los productos que coparticipan con su presencia de los mensajes de aliento para sus esfuerzos e ideales.

Por supuesto que es más fácil presentar groserías, o la forma, cada vez más recurrente como necesaria, de desnudar a una mujer o a un hombre delante de una cámara, que apelar al talento e iniciativa que, por inteligente y divertida, recomponga los conceptos de fondo que apunten a que, desde la familia en el living de su hogar, hasta la sociedad en su conjunto, reciban una dosis de recuperación del sentido común perdido.

Vuelvo a insistir. La receta está en el anunciante y no en la estructura de la radioemisora o del canal de televisión.

Y si critico a un determinado comentarista político, pues tengo que leer el diario y llamar a la sensatez mejor y más inteligentemente que lo que lo hace quien es objeto de mi rechazo.

Si critico que una modelo se autotitule periodista y opine sobre energía atómica, debo lograr a los inteligentes que ocupen esos espacios de una forma más dinámica y confiable para el enriquecimiento de la audiencia.

Y lo mismo cabe el desafío para quienes critican el desenfado y la pornografía. Si eso vende, es por los terrenos que se han cedido.

Es por el talento, ese gran ausente al que, antes de desafiarlo a producir, todos hemos sido cómplices de su letargo, su falta de ganas, y hasta del camino del facilismo de su queja.

La única posibilidad entonces es la ocupación de terrenos con propuestas claras, novedosas y competitivas que merezcan el interés de los empresarios, para que éstos dejen la tanda publicitaria y rescaten su verdadera identidad como tales, volviendo a ser netamente anunciantes.

Es claro el concepto del desguarnecimiento de programación propia de los medios radiales y televisivos del interior del país, así como el de que quienes acometen su incursión en el tema muchas veces adolecen de la capacitación necesaria para enfrentar estos temas.

La organización de una empresa de medios de comunicación es tarea de profesionales en la materia y no de aventureros, o, en el mejor de los casos, de idealistas.

En todos los países en los que existe una conciencia clara de la importancia política y cultural que tienen en nuestros días los mensajes que recibe la sociedad a través de estos canales de dinámica cada vez más agresiva y competitiva, existen estudios universitarios plasmados en carreras completas y posgrados especializados en los distintos temas intelectuales, administrativos y económicos, cuyo conocimiento habilita para el desarrollo de empresas realmente sólidas.

Si el problema de los multimedios nos preocupa por las implicancias de transculturización, en vez de quejarnos por la invasión de poderosas redes de comunicación, la reacción inteligente debería pasar por el reconocimiento de un masomenismo aventurero que imperó desde su comienzo en nuestras experiencias en materia de medios de comunicación.

Y el desafío a emprender es el reciclaje de nuestra participación en el tema, a partir de la seria capacitación de los elementos humanos que, desde una perspectiva de propuesta seria, concreta, medible y rentable, posibiliten, a la vez, una producción competitiva y exportable, que, antes del éxito circunstancial de una telenovela en el exterior, nos devuelva el protagonismo que una vez tuvimos como sociedad respetada en las ideas de toda América.

La organización y desarrollo de carreras especializadas en medios de comunicación en universidades de prestigio del interior del país, con la apoyatura técnica de los actuales canales de televisión públicos y privados, y las distintas emisoras de radiofonía, con más la coparticipación activa del Instituto Nacional de Cinematografía y las áreas culturales nacionales y locales, además de enfrentar el gigantismo de la Capital Federal, presentaría la alternativa lúcida que pueda enfrentar el aventurerismo destructor, la mentira de una programación vendida como exclusiva que propicia la centralización económica aprovechándose del desguarnecimiento intelectual de los anunciantes, y terminar con la queja lastimera y mendicante contra el puerto opresor de quienes, a través de sus medios económicos locales, solventan ese mismo centralismo que luego critican.

Porque esas universidades posibilitarían, a través de esas carreras especializadas, no solamente los elementos humanos idóneos para desempeñarse en el tema.

La presencia de una imagen de capacitación superior, unida a las medidas de promoción especial que en cada caso se instrumenten, justificará la radicación en el interior del país de empresas comerciales dedicadas a la producción de programas de radiofonía y televisión, que, además del impacto cultural que impliquen esos emprendimientos por la calidad de sus propuestas, desarrollarán una impensada fuente de desarrollo económico local y regional.

Una sociedad madura no es la que dice no a los medios de comunicación, ni a lo que no le gusta del contenido del mensaje de los mismos, sin proponer alternativas válidas, sólidas, medibles de atractivo y dinámicas, y rentables en su ejecución.

Lo que necesita nuestra sociedad es el talento para empezar a decir que sí, tan subliminal, y tan divertida e impactante como lo hacen quienes, sin mostrar bandera, cambian el sentido común de la audiencia.

Esta es una guerra de talento, que no se dirime con frases voluntaristas, ni con buenas intenciones, ni mucho menos con apelaciones culturosas y aburridas, "hablando en difícil" para predicar y llorar la incomprensión y el cierre de puertas a la inteligencia, sin aportar soluciones.

Los argentinos estamos acostumbrados, en nuestro circo romano exitista, a no tolerar menos que el diez.

Porque aquí quien desciende al nueve no es suficientemente hombre ni lo suficientemente merecedor del apoyo folklórico de las banderas levantadas ni de los clarines tocando a gloria.

Y la sociedad que en las buenas festejaba y en las malas se escondía, la de los clarines triunfantes, que pretendía el dinero en la puerta de la casa, o por obra y gracia del escalafón de la antigüedad y la buena conducta, todo por el camino fácil y en lo posible sin esfuerzo, se acabó.

Todos tuvimos delante nuestro una pared de responsabilidad que fuimos difiriendo, postergándola para el futuro, sin advertir que, a medida que la íbamos corriendo, se hacía cada vez más gruesa, pesada e inexorablemente inestable.

Y al fin se derrumbó sobre todos nosotros. Ha sido moneda corriente entre nosotros el predicar las oportunidades para los argentinos en el exterior. Y la realidad es que no es el hecho de las mejores oportunidades que les depara el éxito.

En el exterior, el argentino que no demuestra en los hechos su capacidad, su talento y su iniciativa y contracción al trabajo, literalmente se muere de hambre, porque nadie lo protege.

Esto hoy comienza a ser moneda corriente en nuestro país.

Este desafío educativo y social hace que empecemos a tratar de distinguir la hoy muy difícil línea entre el carenciado y el vago.

Porque una cosa es el carenciado que merece todo el apoyo, el respaldo y el esfuerzo de la sociedad para ayudarlo en sus necesidades, y, a la vez, mostrarle caminos de recuperación e inserción que le devuelvan su confianza en sí mismo.

Pero otra cosa muy distinta es el pícaro argentino, el vago que hace de una pretendida carencia económica el camino para engañamos y movemos a una u otra forma de robustecer su vagancia, y, a veces, su delincuencia.

Porque cuando se le muestra la posibilidad de trabajo, prefiere el camino mucho más fácil de clamar su indigencia.

A ese vago ahora añadimos al que se enancó en el inamovible presupuesto "de la antigüedad, la buena conducta, el reglamento de licencias, y las conquistas socia- les"; que, de improviso, se quedó, como decimos informalmente entre nosotros, "colgado del pincel", y ahora no encuentra caminos para adaptarse a las exigencias de un trabajo para el cual no acredita más experiencia que sus años de hacer expedientes.

Una cosa es que nuestra sociedad se conmueva y preste atención a la verdadera carencia.

Otra cosa muy distinta es que tolere y siga manteniendo al vago.

 

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