"LA ARGENTINA
POSIBLE"
- EL DESAFIO -
LOS MEDIOS DE COMUNICACION
Es
imposible concebir una política cultural en nuestros días ignorando el papel
trascendental que cumplen en la formación intelectual y en el perfil de
pensamiento de la población, los medios de comunicación social, en su
dinamización, condicionamiento de sus reacciones y simpatías, y hasta en el
diseño de su identidad como sociedad inteligente, y capaz o no de iniciativa
para lograr su desarrollo como comunidad seria, respetable y respetada.
Cuando
en Estados Unidos se concibió la industria de los medios de comunicación como
tal, se llamó a los hombres y mujeres inteligentes con talento demostrado, y se
los desafió para darle a esos medios un contenido cultural.
Instalaron
sus empresas en medio de lo que era un desierto, y lo convirtieron en un vergel,
fuente de riqueza, y permanente convocatoria de recursos humanos especializados.
Así,
de la música hicieron la comedia musical, de la historia las películas del
oeste.
Y,
a través de su acción, de contenido entretenido y convocante, exportaron
bandera, familia, historia y forma de ser y vivir, con sus buenas y sus malas,
pero siempre con el común denominador de los colores de los Estados Unidos.
Observemos
la cantidad de veces que en toda producción cinematográfica y televisiva
norteamericana está presente, directa y subliminalmente, el valor de una
identidad verdaderamente patriótica.
En
el himno, en la aparición de la bandera, en la defensa conceptual de la
familia, la educación, la universidad, y todas las etapas de una historia, en
la que, a la postre, en las buenas y malas, siempre es reivindicada la seriedad
del esfuerzo y los objetivos individuales y colectivos para lograr una mejor
calidad de vida.
Para
ello no recurren a discursos pontificales ni aburridas referencias filosóficas,
ni mucho menos a la lastimera apelación a la compasión mundial por sus
fracasos.
Porque
el aprovechamiento de la dinámica cada vez más acelerada de los medios de
comunicación, exige la presencia de mensajes de fondo en el contexto de una
estructura programática divertida y convocante, que, a la vez, responda a la
necesidad de información y descanso intelectual de quienes están sometidos
permanentemente al desafío de la competitividad de la sociedad que nos rodea.
Esto
quiere decir que, bajo la máscara de la oferta de ese remanso para el
pensamiento, los medios de comunicación tienen a su disposición el elemento más
sofisticado inventado por el hombre para la penetración en el sentido común de
la sociedad, y queda a su arbitrio el utilizar ese tremendo poder para
fortificar la estructura social, o para destruirla, desgastando paulatinamente
todos sus valores y reservas.
Nosotros
recibimos durante décadas esa exportación transculturizadora y la consumimos
alegre y subliminalmente.
Pensemos
cuanto más conocemos de la Guerra de Secesión, de la gesta colonizadora del
oeste, sus episodios y personaje buenos y malos, de la participación de los
Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, o en Corea, y, con su frontal
autocrítica, en Vietnam, que de las crisis económicas y políticas argentinas,
y del pensamiento de sus protagonistas a través de nuestra historia.
Porque
cuando nos ocupamos de nuestras cosas es recurrente la exaltación de las
patologías, olvidándonos de las glorias y grandezas ejemplares, que también
las tuvimos y las tenemos.
La
destrucción de la fe en lo nuestro también tiene su origen aquí en el
facilismo de la queja, que no ofrece en la balanza lo mucho que tiene de bueno y
respetable nuestro país.
Esa
fue y es la tarea cultural de los medios de comunicación.
El
caso de los Estados Unidos sirve sólo como comienzo de este análisis, y
nuestro enfoque apunta a la posibilidad cada vez más necesaria de una reacción
de propuesta válida en ideas que nos abra el camino a un protagonismo que
recupere la credibilidad y el entusiasmo por las iniciativas argentinas.
Y
no estamos aquí enunciando teorías utópicas e inoperantes.
El
día que alguien se anime a "inventar" y novelar un San Martín, o
cualquiera de nuestros héroes y estadistas, y que encare episodios de nuestra
historia pasada y reciente, y los plasme en series positivas, no acartonadas ni
mucho menos quejosas de miseria, o reducidas a una declamatoria de acto escolar,
y, con el fundamental objetivo de transmitir lo mismo que hicieron los
americanos, exporte divertida- mente la plenitud y significado de nuestros
colores, y rescate una forma de ser y vivir que un día nos mereció el respeto
del mundo entero; ese alguien se llenará de oro.
Porque
es a través de ese rescate como se inducirá al emprendimiento en medios de
comunicación.
Esto
no quiere justificar el uso de nombres y epopeyas caras a nuestra historia para
confundir valores y mezclar la grandeza con la novelización de miserias, útil
solamente a quienes solapadamente quieren mellar lo poco de fe que queda en
nuestra sociedad.
Es
por la sensatez dinámica como se recuperará y fortalecerá la fe perdida, y le
mostraremos a nuestra juventud el verdadero y no farisaicamente declamado camino
para su futuro.
Pero
precisamente, así como Estados Unidos encaró su política cultural a través
del contenido de los medios de comunicación, otros países no entendieron la
importancia ahora insustituible de estos medios.
Francia,
la famosa piedra angular de la cultura europea, nos muestra el ejemplo de
Malraux, el Ministro de Cultura de la época de De Gaulle, que, a la hora de
decidir la política cultural, ignoró que, ya en esos días, el hombre y la
mujer vivían totalmente aislados de lo que ocurría en sus hogares mientras se
dedicaban a su trabajo cotidiano.
Porque
nuestros abuelos, cuando sus padres les hablaban, entendían perfectamente el
lenguaje de sus mayores, y lo mismo ocurría con los padres respecto a los término
e inquietudes de sus hijos.
En
cambio, el padre o la madre de nuestros días, cuando llegan a sus hogares,
después de tantas horas inmersos en una sociedad que los ametralló con temas y
problemas al punto de casi no dejarlos respirar, encuentran a sus hijos que han
estado escuchando durante horas un aparato de radio o delante de un televisor.
Esta
es la razón por la que, independientemente del juicio de valor que nos merezca
el contenido de los mensajes recibidos por esos hijos, debemos coincidir, para
comenzar a comprender este fenómeno de los medios insertados sorpresiva e
impunemente en el seno familiar, en la enorme desventaja en la que este hecho
concreto coloca a los padres.
Ellos,
agotados por la jornada de trabajo, han perdido todo interés en asistir a
conciertos, conferencias, bibliotecas, y hasta de sentarse a leer un libro,
porque hasta, desde los medios de comunicación, les leen el diario, quitándoles,
no tan inocentemente como parece, el derecho a reflexionar y tener opinion
propia, mediante una afirmación de opiniones y juicios expresados como
aparentemente incontestables, no siempre fundados en conocimiento temático, y sí
con una enorme carga anecdótica rayana en la chismografía conventillera, que
degrada valores y recrea el circo romano donde fama e intimidades de personas
resultan presa fácil de circunstanciales autoconstituídos "fiscales"
de la moral y conducta ciudadanas.
Hartos
de los ataques a su tranquilidad y ganas de producir su trabajo en paz recibidos
fuera del hogar, el hombre y la mujer de nuestros días cierran tras de ellos
las puertas de la casa, como si cerraran las de una fortaleza, para impedir que
nadie más lo ataque.
Se
sientan en un sillón, encienden el aparato de radio o el televisor, y es en ese
momento de total desguarnecimiento intelectual donde les explota en pleno living
de sus hogares el ataque mayor a su identidad, forma de pensar, y legítimo
proyecto familiar que desean transmitir a sus hijos.
Puesto
que ese mensaje a sus sentidos, si bien una vez emitido es absolutamente
irremediable en sus efectos culturales en presencia de los padres, imaginemos la
potencialidad del efecto devastador del mismo cuando es emitido en las horas
fuera de control de ellos, o de su derecho a intentar emitir su opinión.
El
Malraux de la época de De Gaulle centró su política en la construcción de
Centros Culturales, tratando que los franceses utilicen sus horas libres
concurriendo a los mismos, a contrapelo de la presencia multitudinaria, y cada
vez mayor en influencia, de los medios de comunicación en el pensamiento y la
forma de ser y actuar de la sociedad.
Así,
sus propios asesores de entonces hoy reconocen que por ello Francia perdió el
mercado del cine, el de la televisión, y el del idioma.
En
la Italia de Mussolini, el ideólogo del eurocomunismo, Antonio Gramsci, desde
la cárcel, concibió la política cultural, fundamentándola en el objetivo de
apoderarse del contenido de los medios de comunicación, y no de las estaciones
transmisoras de esos medios, para "cambiar el sentido común de la
sociedad".
Este
objetivo, realizado inteligentemente, hizo consumir gradual y subliminalmente a
Italia, a Europa, y al mundo entero, lo patológico como divertidamente natural.
La
sociedad recibió en el seno de sus hogares el qué de esa patología aunado al
cómo inteligente que aprovechó el desguarnecimiento de la audiencia, que, a su
vez, no reaccionó, un poco por inercia y falta de ganas.
Pero
mucho más por que fue abandonada por una intelectualidad lúcida que no supo
demostrar su dinámica para replicar el ataque cultural con las mismas armas, y
con mensajes claros, convocantes, y tan divertidos que merecieran la misma
rentabilidad y apoyo que quienes, en vez de mendigar, actuaron.
Y
acá reitero que no se trata de afirmar: "Esto no me gusta", si no se
tiene una propuesta válida y concreta que supere en expectativa intelectual y
comercial a lo que fácilmente se critica.
¿Quién,
entonces tiene la responsabilidad, en un momento tan importante como el actual,
sobre el contenido de los medios de comunicación?
Quién
se anima a proponer temas y programas concretos, medibles y rentables para
recuperar la sensatez de una sociedad que se deja leer el diario por la mañana,
por la tarde y por la noche, por un señor o señora cuya idoneidad jamás se
demostrará con títulos académicos, ni por trayectoria de prestigio y
sensatez, sino, antes bien, por la fama de ocuparse chismosamente de quienes
alegre- mente se dejan invadir en su intimidad, ventilando sus miserias, y
creyendo obtener así el respeto de los demás.
Estos
señores, que se autotitulan capaces para opinar sobre todo, que levantan su
dedo acusador y retan a la sociedad entera, autoerigiéndose en jueces y señores
de la moral y la honra de quién se les antoja atacar, son los que estarán en
serio peligro de extinción si llegaran a surgir en nuestros medios proyectos más
serios de fortalecimiento intelectual, que, apelando a la sensatez, sin por ello
dejar de ser atractivos por su dinámica y temática, configuren una red de sostén
cultural y no culturoso de la sociedad.
¿Quién,
tan divertida e inteligentemente como ellos lo hacen, se animará a aportar
nuevas ideas constructivas y a producir mejores programas?
¿Cómo
se recupera el sentido común?
¿
Cómo se logra esto en una sociedad que celebra la demostración de la mala
educación, la chabacanería, la violencia, el sexo, justificado en su utilización
y exhibición ya francamente desprolija para cualquier tema?
¿Medimos
que todo esto instala en nuestros hogares como algo absolutamente natural la
grosería o la burla que ridiculiza a desprevenidos transeúntes para
"divertir a nuestros jóvenes", en nombre de la libertad?
Porque
aquí y en todo el mundo existe ya la conciencia de que los herederos de aquel
Gramsci, a partir de la alegre celebración mundial de la caída del muro de
Berlín que los dejó circunstancialmente sin libreto, lejos de arriar sus
banderas y objetivos, los siguieron utilizando.
Ejemplo
claro es el tema de la corrupción, que día a día se va entronizando en
nuestra sociedad de forma tal de que, por común, por cosa de todos los días,
un poco sea aceptado alegremente como cosa de pícaros y no de delincuentes.
Así,
se trata de hacer comprender la nueva figura del "arrepentido" como un
elemento colaborador de la justicia y digno del elogio de la sociedad, cuando en
realidad su crimen sigue siendo tal, y su delación no lo exime de su culpa en
hechos que han lesionado a la sociedad.
Y
se avanza más todavía, pues a la habitualidad del tema, se añade la
generalización de la acusación, con el claro objetivo de minar la fe pública
en las instituciones.
Así
no nos hablan del juez corrupto, o del funcionario corrupto, del sindicalista o
del empresario corrupto.
Porque
no es noticia, ni merece serIo, el juez honesto, el funcionario honesto, el
sindicalista o el empresario honesto.
Sí
es claro el mensaje: La Justicia corrupta, el Gobierno corrupto, el Congreso
corrupto, el empresariado corrupto, el sindicalismo corrupto, los militares
corruptos; la dirigencia, en suma, toda corrupta.
Una
cosa es la lucha contra la corrupción y otra muy distinta la inserción
permanente y natural del tema para su adopción como cosa folklórica e
irremediable, sin crear los lógicos anticuerpos conceptuales que exalten la
honestidad, que también existe en absolutamente todos esos ámbitos, pero que
no acepta ni desciende al circo romano de los chismosos disfrazados de jueces de
la moral.
Esos
contenidos demuestran un descreimiento general sobre las instituciones democráticas
en serio, descreimiento que atenta contra la búsqueda de la excelencia y de
mejores niveles de dirigencia que debería caracterizar a una sociedad que
pretende ser seria.
¿Quién
entonces es, en el fondo, el verdadero responsable del contenido de los medios
de comunicación, el propietario de esos medios o el anunciante?
Cualquiera
de nosotros puede armar una sociedad para dedicarla a medios de comunicación.
Obtenemos una licencia de transmisión y nos dedicamos a administrar una estación
de radiofonía o televisión.
Pues
de nada nos servirá el ser los propietarios de medio físico, jurídico y técnico,
cuando el verdadero condicionante es el anunciante que, al adquirir un espacio
publicitario, es quien, con su respaldo económico, decide la permanencia o no
de un determinado programa en nuestra propia emisora.
Y
aquí le toca a la iniciativa creadora el merecer y no mendigar esa presencia
comercial que sustente a una idea válida, entretenida, y, por sobre todo,
medible y rentable para quien necesita ideas en un mundo empresario cada vez más
competitivo.
Hubo
una vez un Hugo Moser que, con «La Familia Falcón» mereció que la empresa
Ford lo siguiera con exclusividad durante casi ocho años, y que el lanzamiento
del Ford Falcon estuviera unido, de alguna manera, con el rótulo de esa tira
televisiva que heredó la imagen de la legendaria familia de «los Pérez García»
que animó tan- tas veladas radiales.
Hubo
una vez la «Cabalgata Deportiva Gillette». Hubo una vez «Casino Philips». y
«Odol Pregunta», y «Los especiales de IKA», y tantos otros que justificaron
una sólida presencia económica, respaldando ideas que identificaban empresas
con contenidos claros.
Hoy,
ese anunciante se sienta a nuestra mesa y se «desgarra las vestiduras»
clamando por el horror del contenido de los medios de comunicación, la
desactualización, la deseducación, la chabacanería, la exaltación del sexo,
la grosería y la violencia, y la justificación de todo lo patológico como
divertidamente natural. Y se manifiesta francamente preocupado por la falta de
fe de la sociedad en su dirigencia, y por la caída de nivel de los temas que
trata nuestra sociedad.
Ese
anunciante, ante nuestra observación de que su aviso comercial está en la
tanda comercial que va inserta en esos programas que critica, un poco
farisaicamente nos contesta que ha dejado de ser anunciante neto para
mimetizarse en la tanda inocua, que solo pretende la presencia del aviso
comercial como tal, sin entrar a juzgar la temática del programa en el cual se
incluye su difusión.
El,
como empresario, necesita vender sus productos, y, ante la ausencia de ideas
suficientemente fuertes para merecer su respaldo, la agencia publicitaria le
marca el exacto segundo en el cual debe impactar con su aviso,
independientemente del contenido del programa radial o televisivo en que el
mismo se emita.
Por
eso, el tema es no mendigar sino merecer y la solución es la apelación al
talento, aquí y en todo el país.
Y
esto nos lleva al nuestro tan declamado federalismo, tanto en lo institucional y
conceptual, como fundamentalmente en lo cultural, en el que aparecen las
provincias con sus medios de comunicación huérfanos de programación propia, y
recibiendo paquetes de transmisión preparados en Buenos Aires, y respaldados
comercialmente por tandas publicitarias locales y regionales.
Y
cuando se trata de emprendimientos pomposamente anunciados como culturales, nos
encontraremos con las propuestas de los funcionarios de turno promocionando a
sus amigos e intereses, en la continuidad del concepto que lo cultural sólo se
concibe en lo que hace a la organización de una exposición de pintura o un
ciclo teatral o musical.
Y
éstos lamentable y recurrentemente evidencian una conexión tan asfixiante con
la escuela local que sus exteriorizaciones tienen toda la estructura de un
voluntarioso acto escolar.
¿Acaso
esas sociedades no tienen gente inteligente capaz de producir ideas y programas
válidos no sólo para el consumo local sino hasta para la exportación?
¿Acaso
no hay allí universidades y experiencia de talento para efectuar propuestas a
esos mismos anunciantes que, primero compran la mentira del "programa
exclusivo", y después se quejan por lo que les manda "el puerto
opresor"?
Está
en manos del anunciante, pero también lo está en la inteligencia del talento
de quien o quienes divertida y no pontificalmente le ofrezcan a aquélla
posibilidad de que su aviso y su apoyo no sean "el hueso sobrante"
para la cultura "culturosa", sino la respuesta interesada a una idea
asociada a su lógico interés en vender mejor sus productos.
El
viejo cuento de la función social de la empresa en la comunidad, debe dar paso
al concepto real que reconoce y afirma, sin hipocresías aduladoras, que la
empresa moderna tiene como objetivo su rentabilidad para ella y para sus
productos.
Y
la empresa de ayer, de hoy y del futuro, va a apoyar no solamente lo querible
intelectualmente de la cultura, sino lo posible de las iniciativas concretas
que, a través de lo subliminal de determinadas ideas, hagan que una sociedad
hoy descreída de valores, reaccione inteligentemente, recupere su confianza, se
enriquezca en estusiasmo, asuma emprendimientos posibles, y, prefiera los
productos que coparticipan con su presencia de los mensajes de aliento para sus
esfuerzos e ideales.
Por
supuesto que es más fácil presentar groserías, o la forma, cada vez más
recurrente como necesaria, de desnudar a una mujer o a un hombre delante de una
cámara, que apelar al talento e iniciativa que, por inteligente y divertida,
recomponga los conceptos de fondo que apunten a que, desde la familia en el
living de su hogar, hasta la sociedad en su conjunto, reciban una dosis de
recuperación del sentido común perdido.
Vuelvo
a insistir. La receta está en el anunciante y no en la estructura de la
radioemisora o del canal de televisión.
Y
si critico a un determinado comentarista político, pues tengo que leer el
diario y llamar a la sensatez mejor y más inteligentemente que lo que lo hace
quien es objeto de mi rechazo.
Si
critico que una modelo se autotitule periodista y opine sobre energía atómica,
debo lograr a los inteligentes que ocupen esos espacios de una forma más dinámica
y confiable para el enriquecimiento de la audiencia.
Y
lo mismo cabe el desafío para quienes critican el desenfado y la pornografía.
Si eso vende, es por los terrenos que se han cedido.
Es
por el talento, ese gran ausente al que, antes de desafiarlo a producir, todos
hemos sido cómplices de su letargo, su falta de ganas, y hasta del camino del
facilismo de su queja.
La
única posibilidad entonces es la ocupación de terrenos con propuestas claras,
novedosas y competitivas que merezcan el interés de los empresarios, para que
éstos dejen la tanda publicitaria y rescaten su verdadera identidad como tales,
volviendo a ser netamente anunciantes.
Es
claro el concepto del desguarnecimiento de programación propia de los medios
radiales y televisivos del interior del país, así como el de que quienes
acometen su incursión en el tema muchas veces adolecen de la capacitación
necesaria para enfrentar estos temas.
La
organización de una empresa de medios de comunicación es tarea de
profesionales en la materia y no de aventureros, o, en el mejor de los casos, de
idealistas.
En
todos los países en los que existe una conciencia clara de la importancia política
y cultural que tienen en nuestros días los mensajes que recibe la sociedad a
través de estos canales de dinámica cada vez más agresiva y competitiva,
existen estudios universitarios plasmados en carreras completas y posgrados
especializados en los distintos temas intelectuales, administrativos y económicos,
cuyo conocimiento habilita para el desarrollo de empresas realmente sólidas.
Si
el problema de los multimedios nos preocupa por las implicancias de
transculturización, en vez de quejarnos por la invasión de poderosas redes de
comunicación, la reacción inteligente debería pasar por el reconocimiento de
un masomenismo aventurero que imperó desde su comienzo en nuestras experiencias
en materia de medios de comunicación.
Y
el desafío a emprender es el reciclaje de nuestra participación en el tema, a
partir de la seria capacitación de los elementos humanos que, desde una
perspectiva de propuesta seria, concreta, medible y rentable, posibiliten, a la
vez, una producción competitiva y exportable, que, antes del éxito
circunstancial de una telenovela en el exterior, nos devuelva el protagonismo
que una vez tuvimos como sociedad respetada en las ideas de toda América.
La
organización y desarrollo de carreras especializadas en medios de comunicación
en universidades de prestigio del interior del país, con la apoyatura técnica
de los actuales canales de televisión públicos y privados, y las distintas
emisoras de radiofonía, con más la coparticipación activa del Instituto
Nacional de Cinematografía y las áreas culturales nacionales y locales, además
de enfrentar el gigantismo de la Capital Federal, presentaría la alternativa lúcida
que pueda enfrentar el aventurerismo destructor, la mentira de una programación
vendida como exclusiva que propicia la centralización económica aprovechándose
del desguarnecimiento intelectual de los anunciantes, y terminar con la queja
lastimera y mendicante contra el puerto opresor de quienes, a través de sus
medios económicos locales, solventan ese mismo centralismo que luego critican.
Porque
esas universidades posibilitarían, a través de esas carreras especializadas,
no solamente los elementos humanos idóneos para desempeñarse en el tema.
La
presencia de una imagen de capacitación superior, unida a las medidas de
promoción especial que en cada caso se instrumenten, justificará la radicación
en el interior del país de empresas comerciales dedicadas a la producción de
programas de radiofonía y televisión, que, además del impacto cultural que
impliquen esos emprendimientos por la calidad de sus propuestas, desarrollarán
una impensada fuente de desarrollo económico local y regional.
Una
sociedad madura no es la que dice no a los medios de comunicación, ni a lo que
no le gusta del contenido del mensaje de los mismos, sin proponer alternativas válidas,
sólidas, medibles de atractivo y dinámicas, y rentables en su ejecución.
Lo
que necesita nuestra sociedad es el talento para empezar a decir que sí, tan
subliminal, y tan divertida e impactante como lo hacen quienes, sin mostrar
bandera, cambian el sentido común de la audiencia.
Esta
es una guerra de talento, que no se dirime con frases voluntaristas, ni con
buenas intenciones, ni mucho menos con apelaciones culturosas y aburridas,
"hablando en difícil" para predicar y llorar la incomprensión y el
cierre de puertas a la inteligencia, sin aportar soluciones.
Los
argentinos estamos acostumbrados, en nuestro circo romano exitista, a no tolerar
menos que el diez.
Porque
aquí quien desciende al nueve no es suficientemente hombre ni lo
suficientemente merecedor del apoyo folklórico de las banderas levantadas ni de
los clarines tocando a gloria.
Y
la sociedad que en las buenas festejaba y en las malas se escondía, la de los
clarines triunfantes, que pretendía el dinero en la puerta de la casa, o por
obra y gracia del escalafón de la antigüedad y la buena conducta, todo por el
camino fácil y en lo posible sin esfuerzo, se acabó.
Todos
tuvimos delante nuestro una pared de responsabilidad que fuimos difiriendo,
postergándola para el futuro, sin advertir que, a medida que la íbamos
corriendo, se hacía cada vez más gruesa, pesada e inexorablemente inestable.
Y
al fin se derrumbó sobre todos nosotros. Ha sido moneda corriente entre
nosotros el predicar las oportunidades para los argentinos en el exterior. Y la
realidad es que no es el hecho de las mejores oportunidades que les depara el éxito.
En
el exterior, el argentino que no demuestra en los hechos su capacidad, su
talento y su iniciativa y contracción al trabajo, literalmente se muere de
hambre, porque nadie lo protege.
Esto
hoy comienza a ser moneda corriente en nuestro país.
Este
desafío educativo y social hace que empecemos a tratar de distinguir la hoy muy
difícil línea entre el carenciado y el vago.
Porque
una cosa es el carenciado que merece todo el apoyo, el respaldo y el esfuerzo de
la sociedad para ayudarlo en sus necesidades, y, a la vez, mostrarle caminos de
recuperación e inserción que le devuelvan su confianza en sí mismo.
Pero
otra cosa muy distinta es el pícaro argentino, el vago que hace de una
pretendida carencia económica el camino para engañamos y movemos a una u otra
forma de robustecer su vagancia, y, a veces, su delincuencia.
Porque
cuando se le muestra la posibilidad de trabajo, prefiere el camino mucho más fácil
de clamar su indigencia.
A
ese vago ahora añadimos al que se enancó en el inamovible presupuesto "de
la antigüedad, la buena conducta, el reglamento de licencias, y las conquistas
socia- les"; que, de improviso, se quedó, como decimos informalmente entre
nosotros, "colgado del pincel", y ahora no encuentra caminos para
adaptarse a las exigencias de un trabajo para el cual no acredita más
experiencia que sus años de hacer expedientes.
Una
cosa es que nuestra sociedad se conmueva y preste atención a la verdadera
carencia.
Otra
cosa muy distinta es que tolere y siga manteniendo al vago.

anterior *
índice *