"LA ARGENTINA POSIBLE"
- EL DESAFIO -

PRÓLOGO

 

«Un hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decir lo que piensa, no es honrado» dejó sentado José Martí, y conociendo este concepto o no - eso es harina de otro costal - José María De Lorenzis lo lleva como implícito sentido de vida, como norma invariable de su accionar en todos los ámbitos y como una herramienta de convivencia social.

No es difícil estar de acuerdo con alguna de sus posturas, con alguna de sus opiniones, porque todo lo expresa claramente, simplemente, sin cortapisas de ninguna naturaleza.

Convencido de lo que dice, lo lleva a la práctica por el único andarivel que conoce: el del trabajo y la probidad en la tarea que se ha impuesto.

Los obstáculos no lo aprisionan, por el contrario, le apasiona superarlos, que es una manera de sentirse vivo, más allá de los vacíos que espeje la lucha.

No es de atrincherarse ante las adversidades, sino hacer de ellas la garrocha que le permita sortearlas, aunque esté alta la varilla.

En cierto momento de su historia personal, De Lorenzis fue convocado por la amistad para cumplir roles gravitantes en altas funciones públicas. Su amigo Julio César Gancedo lo comprometió con su accionar en la Secretaría de Cultura de la Nación.

Allá fue, dejando de lado su escribanía, y abandonando toda relación con el notariado, de acuerdo a las específicas reglamentaciones legales y morales, y se consagró a una tarea, que, mas allá de consideraciones interesadas, fraguaron una sólida relación entre el funcionario y la misión encomendada.

No son las cosas las que atormentan a los hombres sino las opiniones que se tienen de ellas, y entonces se abocó a un trabajo sin otra meta que hacerse acreedor de la confianza que en él depositó su amigo, porque sabía, con Quevedo, que era la mejor manera de agradecer lo que recibía.

No adoptó la pose del intelectual que miraba desde su sillón el devenir de la cultura. No se agolpó detrás de frases y citas rimbombantes que nunca lo sedujeron demasiado. No se creyó tampoco el dueño de la verdad, porque sabe que la verdad está en cada ser humano como ecuación de una cosmovisión abarcadora. Aquello de conocer sus propias limitaciones germina siempre dentro de su búsqueda interior.

El hombre culto, fino, ingenioso, de ideas y conceptos claros, con un exacto physique du rol para desempeñarse en ese ámbito ya estaba en la figura de Julio César Gancedo. José María De Lorenzis asió la azada y la pala, y se dedicó a sembrar las semillas que su amigo y maestro desparramaba generoso con su creatividad inagotable.

Nunca le preguntamos a De Lorenzis si leyó a Emerson, ni es importante si lo hizo o no. Lo valedero es que coincide con el poeta norteamericano: La única manera de poseer un amigo, es serlo.

Y allí estuvo, en la trinchera, peleando palmo a palmo la posesión de los bastidores burocráticos, salpicando los recodos laberínticos de papeles sin otro objetivo que el de llegar a la meta trazada a pesar de los esfuerzos macrofuncionales de los sillones ocupados por la máquina de impedir, enfrentando toda esquirla negativa, así estuviera visualizada en los propios servicios de informaciones.

No fue fácil ese trabajo casi insalubre. Los que se sentían (y se sienten) detentadores de la cultura, monseñores de aquí pongo y aquí saco, pregonaron ruidos y fastidios. Imperturbable, cuidó la bien ganada imagen de Gancedo con devoción casi filial, y hasta con sacrificio de sí mismo, en la consideración de un mundo que generalmente hace de la dádiva un culto y de la vanidad de un rito.

Esta «Argentina Posible. El desafío» de José María De Lorenzis, es el testimonio de alguien que estuvo allí, en la mesa misma de las decisiones, y explica aquella experiencia. Su pensamiento no tiene adornos culturosos y coincidir con sus posturas no es lo importante. Es más, los desencuentros conceptuales a través de muchos años de amistad muy sólida, no han logrado agrietar en lo más mínimo ese trato, nacido del amor sin alas del que habla Byron.

Los sueños compartidos son los que demarcan conductas, no lo que marcan posiciones sobre un tema u otro, muchas veces secundario, otras tantas opinable.

Pero hay posturas que hacen a la ética, a la voluntad solidaria, al quehacer del trabajo como vehículo espacial de una jornada que se llama existencia, la que demarca ese jalón de amistad.

José María De Lorenzis quiere expresar y volcar en estas páginas los dones arrancados a su experiencia de funcionario idóneo y probo. Y era la excusa que encontraba para rendir tributo a la figura de su amigo, uno de los arquetipos más notorios de espectro cultural de la Argentina en la segunda mitad de este inabarcable siglo XX, bisagra fundacional de nuevos enfoques, donde el humanismo generoso que Julio César Gancedo dotó a su accionar, caló hondo en una sociedad que lo supo aquilatar como verdadero docente, vertedor de conocimientos y de amor por el hombre más allá de toda otra distinción.

José María De Lorenzis está aquí diciendo sus pareceres. Compartirlos o no, es casi secundario. Lo hace con fe en sus convicciones y eso es lo importante y lo trascendente. Un libro valioso (porque es un libro valiente).

Un libro de convicciones y amistad, columnas fundamentales de quien hunde en la moral, la formación interior de un buen ciudadano, como lo quería Sófocles.

Abel Osvaldo Lema

 

 

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