"LA ARGENTINA
POSIBLE"
- EL DESAFIO -
REFLEXIONES SOBRE LA GUERRA
La guerra, como tal, existe desde el principio de la humanidad, desde que el primer ser humano dispuso de la vida de un semejante para llegar al extremo sin retorno de eliminarla. Desde que Caín mató a Abel.
No existe justificativo legal alguno para la guerra, porque la guerra es injusta, inhumana y no tiene ninguna forma ética.
Pero, desde toda la historia existe, y sus causas, inicios, hechos y consecuencias son y fueron aceptadas por todos los pueblos de la tierra como parte de su herencia histórica.
Todos los pueblos fueron hacedores y herederos de la guerra y de sus principios de inhumanidad, los que construyeron civilizaciones sobre montañas de cadáveres.
La discrepancia en las ideas y políticas puede y debe ser dirimida en la confrontación del talento y cultura de los hombres y mujeres de bien, enmarcada en los principios del ordenamiento legal y las normas de convivencia que reconocen, precisamente desde la grandeza de espíritu de quienes admiten no ser dueños de toda la verdad, la falibilidad humana.
Cuando el hombre excede su capacidad de autocontención cultural y llega a la violencia en sus actos, esa violencia tiene sus gradaciones verbales y hasta físicas, las que, en definitiva, admiten retractaciones y replanteos solucionables, en la medida de la posibilidad de que los protagonistas recuperen su serenidad.
Allí es donde vuelve a imperar el campo del talento y de la iniciativa, que sólo admiten el límite del derecho y las ideas de los oponentes.
Pero cuando la violencia llega a transponer la línea de la muerte, allí no existe retorno posible ni justificación posterior que la trate de encuadrar en términos legales, jurídicos o meramente explicables.
El razonamiento lógico nos permite admitir que en el acto de la agresión, a quien ha decidido matar no se lo puede enfrentar con un texto jurídico o la explicación verbal de argumentos que impidan su acción o lo hagan recapacitar sobre ésta.
La historia universal ha llenado innumerables bibliotecas documentando las guerras entre los hombres, y en ningún capítulo de ningún tomo que trate una gesta bélica encontraremos razones éticas, morales y jurídicas que justifiquen la muerte de un ser humano.
Todas las guerras nacieron sin justificativos ni derechos humanos que las amparen, porque todas, en su sustancia, fueron y son desatadas de forma imparable, y su objetivo y consecuencia siempre fue y es la muerte del enemigo, sin importar ni conocer puntualmente la identidad de cada uno de los seres humanos que van a ser inmolados en aras de la violencia extrema.
Después, al final, se entonarán cantos de civilidad y gloria, que siempre se confrontarán con el tremendo dolor irreparable de quienes quedaron para sufrir la realidad de las víctimas de los bandos en pugna.
Hablar de los derechos humanos en la guerra y tratar de enarbolarlos como bandera de resentimiento por su avasallamiento suena a lágrimas de cocodrilo por su anacronismo, cobardía e inoperancia.
Todos los pueblos que enarbolan políticas e instituciones de derechos humanos reconocen en su propia historia que en sus guerras mataron semejantes. Y no existe un pueblo que enfrentó o encabezó una conquista o una guerra que pueda quedar fuera de este concepto.
El tremendo dolor y la herida histórica de la guerra debe ser tema cultural y no político, para asumirlo como histórico e irreparable para ambos bandos, en el desafío del intento del logro de la irrepetibilidad de tal extremo.
La evolución de la capacidad de la inteligencia del hombre afectada al hecho bélico ha trasladado a través de la historia el tremendo mazazo con que Caín mató a Abel a la exterminación de pueblos enteros, sea por bombardeos o por satánicos medios de provocar la muerte.
Por eso no se trata aquí de teorizar sobre hechos consumados, porque fácil ahora es olvidar los contextos sociales y políticos en medio de los que se desencadenó la guerra, una vez que ésta ha terminado.
Si quienes hoy se rasgan sus vestiduras plañendo su inmaculada doctrina del nunca más violaciones a los derechos humanos hubieran puesto su cobarde talento para evitar extremos irreparables en vez de utilizarlo para tirar nafta al fuego, la realidad que nos golpeó tan de cerca no estaría hoy inscripta para siempre en nuestra historia.
Porque los ideólogos predicando el nihilismo suicida aplicaron el "animémonos y vayan" y, una vez producido el ataque artero que inspiraron, pero seguramente no ejecutaron, proyectaron su frustración a la prédica de su indignación por lo que no supieron ni pudieron lograr, y cubrieron su innegable responsabilidad con argumentos cómodamente facilistas a la hora del escritorio desde el que hoy intentan explicar acciones extremas que no dudo que las futuras generaciones seguramente reconocerán como demenciales.
Los jóvenes, usados desde siempre en todas las guerras, fueren del bando que fuere, claman, desde sus inútiles muertes, por la sensatez del género humano.
Porque es de hipócritas no tener memoria, o adecuarla sólo a los capítulos y bando que conviene.
La historia, que sí es justa y tiene sus tiempos, no dudo que hará justicia, y las generaciones futuras tendrán otra visión que la que hoy muestran los mercaderes de la muerte y los manipuladores del sentido común.

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