"LA ARGENTINA POSIBLE"
- EL DESAFIO -

EL RESCATE DE LOS HONESTOS 

 

El desempeño de la función pública, en cualquiera de los poderes del estado, implica la absoluta incompatibilidad del cargo que se ejerce con toda actividad o interés privado directa o indirectamente relacionados con el funcionario. 

Y toda decisión que implique erogación de bienes públicos, así como el manejo de las cuentas de la administración, arroja sobre quien tiene la responsabilidad ejecutiva la certeza de la posibilidad del ejercicio en su contra del llamado juicio de cuentas, que determina que quien perjudicó al Estado por el mal manejo de los bienes públicos responde ante la Justicia con todos sus bienes personales. 

Esto, que parece una utopía en el contexto de una sociedad para la cual, aunque criticable, el término corrupción se va haciendo "divertidamente natural", y objeto de risueñas tertulias de intercambio de informaciones, no es sino la puntualización de normas claras y concretas que existen en nuestro derecho positivo, con un órgano ejecutor que se denomina Tribunal de Cuentas de la Nación. 

El que en los hechos no se las tenga en cuenta es otra cosa. 

Porque aquí no nos ocuparemos de los corruptos sino quienes, simplemente, cumplieron con su deber. 

Todos, absolutamente todos los gobiernos que tuvo nuestro país tuvieron ciudadanos honestos, que sintieron el llamado de la grandeza y de la historia, y, a la vez, el desafío para poner en práctica sus talentos al servicio del país. 

Ellos asumieron la incompatibilidad formal y moral de la cosa pública, y dejaron sus empresas, sus estudios profesionales y todos sus intereses privados, conscientes del honor y de la tremenda responsabilidad que implicaba el asumir el cargo para el que fueron llamados. 

Y lucharon, en la imagen del bote de remos frente al mar del gatopardismo en un Estado burocrático y paquidérmico, lleno de esos personajes que todos conocemos, refugiados en normas incomprensibles y en la seguridad de estatutos de inamovilidad que les da el sello para ejercer el papel del que todo lo hace para que nada se pueda hacer. 

Allí dejaron jirones de sus vidas y su salud, la adolescencia de sus hijos, y la prosperidad económica de sus negocios privados.

Como lógicos seres humanos, inteligentes pero falibles, tuvieron éxitos y fracasos. y su pelea tuvo el sentido del aporte honrado a tratar de lograr soluciones a los problemas que se les plantearon. 

Y a la vuelta, al terminar sus funciones, que fue el momento de su mayor y más dura experiencia, sus aciertos y errores fueron juzgados en el "circo romano" de una sociedad exitista que renegó de ellos, y los equiparó en una misma bolsa con quienes se aprovecharon de sus cargos y medraron con ellos para su beneficio personal, que también de estos personajes hemos tenido, desgraciadamente. 

Y quienes habían cumplido con su deber, valoraron la experiencia de gobierno como la más importante e intelectualmente enriquecedora de sus vidas, pero se juramentaron a sí mismos no volver a repetirla. 

Desalentados, volvieron a las actividades privadas que habían abandonado y, lógicamente, las encontraron desmanteladas. 

Y con el mismo empuje y honradez de siempre, y con ese reconocimiento, en humildad y sensatez, de sus propias limitaciones humanas con que asumieron la cosa pública, se dedicaron a reconstruir, desde el sello que aquí muy fácilmente ponemos como sociedad a "los salientes" que ya no importan, sus intereses personales. 

Así se desperdiciaron equipos y talentos que un país serio podría, sin duda, haber aprovechado mejor. 

El desprecio vocinglero por quienes honestamente ejercieron la función pública despreciando sus intereses personales pone a los futuros gobiernos en la peligrosa alternativa de que, en adelante, solo podrá convocarse a quienes cuentan con un extraordinario respaldo económico que les permita asumir honradamente sus funciones con la tranquilidad de que su patrimonio no se podrá ver afectado ni por el período de tiempo en el que ejerza sus funciones, ni por el tiempo, muchas veces muy largo, posterior al término de las mismas. 

La que resta es la certeza de que solo aceptará ejercer la función pública quien planee enriquecerse, medrar con su cargo, vender su firma "al mejor postor", e integrar el coro de alegres y simpáticos pícaros, que en todo el mundo se los conoce y define como delincuentes, que, despreciando su nombre, su honor y el de sus hijos, ven en la convocatoria, antes que la grandeza del desafío a entrar en la historia, la oportunidad de aprovecharse de sus cargos para obtener un impensado e inmedible trampolín de solidez económica. 

Sólo quien ha tenido la experiencia de la decisión pública comprende lo difícil que es gobernar nuestro país. 

Porque fue fácil repartir bienes y derechos a la hora de la riqueza, acostumbrando al pueblo a la adulación, a señalar un horizonte de riqueza por el camino del menor esfuerzo, predicando derechos, evitando exigir las obligaciones que conllevan los mismos, y creando la mentalidad de un Estado salvador y puedelotodo que comprendió a los humildes en sus necesidades, pero, en lugar de cavar a fondo en su educación, les otorgó el pan y circo propio de las sociedades en clara decadencia moral. 

Ahora es muy difícil llamar a la razón, sensatez, sacrificio, trabajo, producción, educación, rentabilidad y evaluación de resultados, porque todos estos conceptos resultan antipáticos a la hora de convocar a los votantes. 

Y los otrora beneficiarios del circo reclaman los bienes y derechos perdidos, y, fundamentalmente, su derecho al menor esfuerzo. 

Y, para ello, reclaman y presionan, aunque, desde el borde del abismo en el que esas décadas de facilismo nos colocó, se les trate de explicar que ahora sólo podemos remontar una larga cuesta que demandará mucho tiempo de rigor en el esfuerzo y continuidad en el trabajo serio y productivo. y que la hora de las palabras vacías cede inexorablemente su paso a la de los hechos y las decisiones, duras pero seguras. Y la decisión, hoy más que nunca, debe ser cuidadosa y previsora, contando con el aporte sano de un llamado honesto a quienes, de vuelta de toda ambición política o económica, tuvieron la misma experiencia y la ejercieron sanamente. 

Porque quienes tienen la responsabilidad real, a la hora de las resoluciones no cuentan con la palabra de prestigio y de serena prudencia que los ayude a no equivocarse. 

Esta convocatoria, que claramente nada tiene que ver con preferencias amigables o circunstancialmente interesadas, necesaria hoy más que nunca para el cambio de fondo e irreversible a que está llamada nuestra sociedad, debe partir de la grandeza del convocante en cada área y tema de no creerse un sabelotodo y de no confundir fama con prestigio ni amiguismo con valores de fondo. 

Y debe ser correspondida con la de los convocados para comprender que ellos ya tuvieron su oportunidad de ejercer el poder y la decisión, y ahora no podrán si- quiera reclamar una tarjeta oficial. 

No se podrá ciertamente exigir que éstos dejen nuevamente todo y asuman aquella incompatibilidad a que hicieron honor. Pero si se les pide el aporte de unas pocas horas semanales para brindar la sensatez de su consejo, las darán sin duda alguna, simplemente porque están de vuelta de toda pequeñez, quieren contribuir con su aporte de talento al logro de la respuesta válida al desafío de obtener una Argentina posible, y son conscientes de su papel en la historia pequeña, mediana o grande que pretenden dejar tras de sí para el recuerdo y el respeto de sus hijos. 

No habrá lugar en esta patria da, si se realiza, para ningún tema superficial, ni mucho menos para el consumo de los vulgares chismosos disfrazados de árbitros de los intereses de los argentinos. 

Imaginemos esa convocatoria al talento a nivel nacional y federal, como apelación a la conciencia, y, a la vez, como desafío a la inteligencia desperdigada. 

Los países del primer mundo al que pretendemos pertenecer, las sociedades que reconocemos como serias en los hechos, hacen esto desde toda su historia. Y a esta convocatoria irrenunciable moralmente para todo aquel que fue honrado protagonista de decisiones de gobierno la denominan Reserva Civil. 

Porque la misma hace al honor de ejercer el consejo y, a la vez a la contrapartida del respeto por la experiencia y la inteligencia de los que una vez estuvieron en la misma situación del que hoy debe tomar decisiones. 

Es moralmente obligatoria y no implica erogación alguna para el Estado, puesto que debe ser honoraria. 

Por eso, en respuesta a aquellos que subliminalmente socavan la credibilidad de nuestra sociedad en su dirigencia y sus instituciones, y que le muestran a nuestros jóvenes el camino del facilismo y el desenfado, alimentando con nafta la peligrosidad del fuego que amenaza a nuestra República, tengamos en cuenta que es sólo de grandes el rescate de los honestos, así como es de estadistas el pensar en la historia antes que en la inmediatez de los votos. 

Así, nosotros sustentaremos entre todos, conociéndonos, exhortándonos, desafiándonos y comprendiéndonos en nuestras buenas y nuestras malas, con nuestros emprendimientos e iniciativas, el rescate del sentido común, la sensatez, y el entusiasmo por la Argentina posible que queremos para nosotros y para las futuras generaciones. 

No he querido aquí, por fin sino exponer ideas que intentan ser conducentes al armado de mesas de intercambio de experiencia, que desarrollen las posibilidades de emprendimientos concretos, que, a la vez, sirvan de trama de sostén a nuestra sociedad, para, paso a paso, reponer en su seno valores profundos que justifiquen esfuerzos para el logro de una mejor calidad de vida. 

Estos logros no se conseguirán con frases de sobada de lomos, ni con afirmaciones que resulten simpáticas y elogiosas, buscando el fácil aplauso que favorezca el letargo del genio dormido. 

La trama que hará la grandeza de la República y la sostendrá no es sólo la presencia de las grandes empresas nacionales e internacionales, sino la conciencia y la iniciativa de cada uno de los argentinos que asumamos en cada decisión la fantástica aventura del "entrepreneur", el hombre y la mujer inteligentes capaces de dar vuelo a su voluntad creadora, y superar escollos, aunarse con quienes reconocen posibilidades de complementación de sus ideas, y competir sanamente para obtener un merecido y no mendigado lugar en la sociedad, digno de respeto para ellos y sus familias. 

Siempre me apasionó el tema evangélico de la Parábola de los Talentos. 
Porque, en definitiva, talentos son los dones de la inteligencia, la capacidad de emprendimiento, el coraje para las decisiones, y para el ejercicio lúcido de las ideas a través de toda nuestra existencia, así como la iniciativa para concebir y llevar a la realidad concreta proyectos útiles no sólo para nuestro bienestar sino para procurar una mejor calidad de vida a quienes nos rodean. 

Eso que recibimos como préstamo ciertamente no regalado conlleva la certeza de una rendición de cuentas que algún día aquí, en la historia, a través del juicio de nuestros hijos, y, seguramente más tarde, en el cumplimiento de aquella Parábola, deberemos cumplir. 

Por todo esto, quede como reflexión final aquel diálogo de la obra teatral "El Divino Impaciente", en el que San Ignacio de Loyola de dice a San Francisco Javier: 

 

"No he venido a exaltar tu virtud, 
ni tampoco a tañirte un laúd, que, por extraña virtud, 
te adormezca en dulce calma, 
he venido a poner la inquietud entre tu vida y tu alma".



 

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