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"Cuentos de escritores":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

Vendaval

de Francisca Rivera Pardo, Santiago de Chile.

Las tiendas están iluminadas, los paseantes se arriman a las vitrinas; todavía hay gente comprando. El cuerpo se me contrae. Dejo pasar un momento, después bajo por la escalera mecánica; entro por la puerta posterior. “Un mundo oscuro me espera abajo”.

El salón está lleno de ojos moviéndose en torno a mí, como calculando el precio de mi vestimenta. Rodolfo gira la cabeza. Unas muchachas murmuran en nuestro sitio, otras se ríen a carcajadas. Está sentado en medio de ellas, sirviéndose una malta con huevo y un emparedado de queso. Los demás jóvenes revuelven el café, engullen porciones de torta. Me mira de soslayo. Nos saludamos. Su boca apenas me roza una mejilla.

–¿Trajiste el cuento, Michelle? –dice, empujándome la frase.

Su entonación me suena rara, no me cabe en los oídos; es tan diferente a la de otras veces, tan distinta a la voz de Paul McCartney entonando la canción que lleva mi nombre.

 –Sí –es lo único que me atrevo a contestarle.

 –Pásame una copia –replica con el mismo tono.

Trato de relajarme, enmudezco; instalándome enfrente de su asiento, le entrego el oficio.

–Gracias –exclama fustigándome con las sílabas.

“Algo me gira en la mente”. Me pongo tensa.

Se escuchan murmullos en la entrada antigua; unas personas descienden por la escalinata de madera, las gradas crujen a cada paso; se siente un olor a lavanda. Llega la directora del taller, saluda de uno en uno a los participantes. 

–¿Cómo estás?

–Bien. ¿Y usted? –responde acariciándola con cada palabra.

Volviéndose hacia mí, me observa con un brillo extraño en las pupilas.

Pido un té sin azúcar. El mozo regresa con una taza humeante. La mujer de las novelas ubicándose en la cabecera, se refiere a las críticas constructivas, recibe los trabajos, después le pide a Rodolfo que inicie la lectura del mío.

Algunos me echan miradas punzantes, otros me rehuyen. “Bebo como si estuviera en una travesía por el desierto”.

Sus labios se convulsionan hacia abajo. Me escudriña; lee en voz alta mi relato, después anota en un papel.

–Estos diálogos no son naturales, corresponden a los de una teleserie; la historia es ridícula –comenta cargando el acento en cada vocablo.

La maestra de escritura me indica que defienda mi narración.

Unas sombras se cruzan en el pasillo; alguien vuelca una jarra. 

“El vendaval emergiendo de mí con toda su fuerza, derriba de un golpe al ‘crítico’”.

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