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Todo fue tan rápido

Una mirada sobre las inundaciones en Santa Fe

 

 

por Mónica Ritacca (moritacca@yahoo.com.ar), de Santa Fe, Argentina.

A continuación compartiremos un texto que pertenece a Mónica Ritacca y que nos envió muy gentilmente, precedido de las siguientes palabras: "Yo soy de Santa Fe, y a raíz de todo lo acontecido en mi ciudad escribí una crónica. Mi objetivo es difundirla y compartirla con todos para dar una visión acerca de cómo lo vivió una joven, que a pesar de no haber sido una damnificada activa de la catástrofe, la sufro día a día con y por el resto de mi gente. Bueno, desde ya muchas gracias y de verdad me gustaría mucho compartirla con el resto de los lectores de El Escriba."

Todo fue tan rápido

    Todo fue tan rápido... que nunca se me hubiese ocurrido pensar que cuando regresara a mi casa, aquella noche del martes 29 de abril, encontraría una realidad totalmente diferente a la que había visto por la mañana antes de marchar hacia la facultad y comenzar la rutina de todos los días. Todo fue tan rápido... que nadie tuvo ni siquiera el tiempo necesario para sacar sus cosas más valiosas. Pero lo más triste es que todo fue tan rápido... que algunos ni siquiera pudieron salvar sus vidas. Todo fue tan rápido... que nadie pudo prevenirnos y advertirnos que el río Salado arrasaría en cualquier momento con todo lo que encontrase en su camino.

    Aquel martes la ciudad era un caos. Por un lado, por las calles no dejaban de circular centenares de ambulancias cuyas sirenas nunca cesaban de sonar, autos con lanchas que iban y venían, niños y madres desesperados por no saber adónde ir, gente que buscaba desesperadamente a sus seres queridos, y sumado a todo esto, una ciudad a oscuras. Por otro lado, y sin dudas lo más triste, es muy difícil imaginar la desesperación de todas aquellas personas que al llegar la madrugada, por quedarse en los techos de sus casas cuidando sus cosas, pedían a gritos por una canoa que los rescatara ya que notaban cómo el río iba creciendo cada vez más hasta llegarles a la cintura. En algunos casos, sucedía lo peor.

    Recuerdo que aquella noche nadie podía pensar en dormir. Todos, tanto evacuados como quienes no fuimos directamente afectados por la inundación, estábamos pendiente de la radio, a pilas claro, escuchando lo que la gente necesitaba y pedía, esperando qué instituciones se convertirían en más centros de evacuados y observando cómo eran cada vez más largas las listas de gente buscada, en fin... Escuchábamos para ver si podíamos colaborar aunque sea con un baño y un plato de comida caliente a un niño mojado, con frío y hambre.

    Por la mañana el panorama seguía siendo el mismo, con la diferencia de que por lo menos teníamos la luz que nos daba un día nublado. Ahora sí comenzaba mi misión, la de colaborar en un centro de evacuados, porque por más de que no haya sido víctima directa de la catástrofe, me sentía, al igual que muchos jóvenes, muy triste, angustiada y con un gran compromiso social.

    Si bien el clima en los centros de evacuados era muy angustiante, ocurrieron algunas anécdotas. Una de ellas sucedió cuando uno de mis compañeros voluntarios contó que aquella bicicleta azul que estaba apoyada sobre una de las paredes había sido suya antes de que unos sujetos lo asaltaran para quitársela. De todas maneras, y tomándoselo con humor, en ningún momento pensó en recuperarla. Y ni hablar de los cómodos que en plena catástrofe se pensaban que estaban en un hotel y por lo tanto exigían ser tratados como turistas. Más allá de todas estas situaciones, lo más importante es destacar la solidaridad de toda la gente, no solamente de voluntarios y evacuados, sino del país entero. Eso sí. No me pregunten por los funcionarios porque no sabría qué responder.

    Poco a poco la gente está volviendo a sus hogares, y es ahora donde viene lo peor. Es el hecho de volver y ver que no quedó nada, es saber que ya no están esos recuerdos manifestados en fotos, que de aquella muñeca preferida hoy solo queda un pedazo de trapo viejo, y lo más triste es que ahí sí que nadie puede hacer nada, más que brindar un apoyo incondicional y material.

    Es increíble que esta catástrofe no haya sido prevenida y advertida, hasta suena ilógico no pensar que por el simple hecho de estar rodeados de ríos alguna vez nos podía llegar el agua.

    Más allá de todo esto, les aseguro una cosa. Santa Fe cambió, y a pesar de que no va a volver a ser la ciudad que era antes, lentamente va a salir adelante. Pero lo más importante es que su gente también ha cambiado, ha demostrado que más allá de la desesperación y la impotencia de perderlo todo, la solidaridad por ayudar al que lo necesita está por encima de todo. Lo que antes no sucedía, quizás por estar dormidos en el hábito de lo cotidiano y pensar solamente en cada uno de nosotros.

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