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A
continuación compartiremos un texto que pertenece a Mónica
Ritacca y que nos envió muy gentilmente, precedido de las siguientes
palabras: "Yo soy de Santa Fe, y a raíz de todo lo acontecido en
mi ciudad escribí una crónica. Mi objetivo es difundirla y
compartirla con todos para dar una visión acerca de cómo lo
vivió una joven, que a pesar de no haber sido una damnificada
activa de la catástrofe, la sufro día a día con y por el resto
de mi gente. Bueno, desde ya muchas gracias y de verdad me gustaría
mucho compartirla con el resto de los lectores de El Escriba."
Todo
fue tan rápido
Todo fue tan rápido... que nunca se me hubiese ocurrido pensar que
cuando regresara a mi casa, aquella noche del martes 29 de abril,
encontraría una realidad totalmente diferente a la que había visto por
la mañana antes de marchar hacia la facultad y comenzar la rutina de
todos los días. Todo fue tan rápido... que nadie tuvo ni siquiera el
tiempo necesario para sacar sus cosas más valiosas. Pero lo más triste
es que todo fue tan rápido... que algunos ni siquiera pudieron salvar
sus vidas. Todo fue tan rápido... que nadie pudo prevenirnos y
advertirnos que el río Salado arrasaría en cualquier momento con todo
lo que encontrase en su camino.
Aquel martes la ciudad era un caos. Por un lado, por las calles no
dejaban de circular centenares de ambulancias cuyas sirenas nunca
cesaban de sonar, autos con lanchas que iban y venían, niños y madres
desesperados por no saber adónde ir, gente que buscaba desesperadamente
a sus seres queridos, y sumado a todo esto, una ciudad a oscuras. Por
otro lado, y sin dudas lo más triste, es muy difícil imaginar la
desesperación de todas aquellas personas que al llegar la madrugada,
por quedarse en los techos de sus casas cuidando sus cosas, pedían a
gritos por una canoa que los rescatara ya que notaban cómo el río iba
creciendo cada vez más hasta llegarles a la cintura. En algunos casos,
sucedía lo peor.
Recuerdo que aquella noche nadie podía pensar en dormir. Todos, tanto
evacuados como quienes no fuimos directamente afectados por la inundación,
estábamos pendiente de la radio, a pilas claro, escuchando lo que la
gente necesitaba y pedía, esperando qué instituciones se convertirían
en más centros de evacuados y observando cómo eran cada vez más
largas las listas de gente buscada, en fin... Escuchábamos para ver si
podíamos colaborar aunque sea con un baño y un plato de comida
caliente a un niño mojado, con frío y hambre.
Por la mañana el panorama seguía siendo el mismo, con la diferencia de
que por lo menos teníamos la luz que nos daba un día nublado. Ahora sí
comenzaba mi misión, la de colaborar en un centro de evacuados, porque
por más de que no haya sido víctima directa de la catástrofe, me sentía,
al igual que muchos jóvenes, muy triste, angustiada y con un gran
compromiso social.
Si bien el clima en los centros de evacuados era muy angustiante,
ocurrieron algunas anécdotas. Una de ellas sucedió cuando uno de
mis compañeros voluntarios contó que aquella bicicleta azul que estaba
apoyada sobre una de las paredes había sido suya antes de que unos
sujetos lo asaltaran para quitársela. De todas maneras, y tomándoselo
con humor, en ningún momento pensó en recuperarla. Y ni hablar de los
cómodos que en plena catástrofe se pensaban que estaban en un hotel y
por lo tanto exigían ser tratados como turistas. Más allá de todas
estas situaciones, lo más importante es destacar la solidaridad de toda
la gente, no solamente de voluntarios y evacuados, sino del país
entero. Eso sí. No me pregunten por los funcionarios porque no sabría
qué responder.
Poco a poco la gente está volviendo a sus hogares, y es ahora donde
viene lo peor. Es el hecho de volver y ver que no quedó nada, es saber
que ya no están esos recuerdos manifestados en fotos, que de aquella muñeca
preferida hoy solo queda un pedazo de trapo viejo, y lo más triste es
que ahí sí que nadie puede hacer nada, más que brindar un apoyo
incondicional y material.
Es increíble que esta catástrofe no haya sido prevenida y advertida,
hasta suena ilógico no pensar que por el simple hecho de estar rodeados
de ríos alguna vez nos podía llegar el agua.
Más allá de todo esto, les aseguro
una cosa. Santa Fe cambió, y a pesar de que no va a volver a ser la
ciudad que era antes, lentamente va a salir adelante. Pero lo más
importante es que su gente también ha cambiado, ha demostrado que más
allá de la desesperación y la impotencia de perderlo todo, la
solidaridad por ayudar al que lo necesita está por encima de todo. Lo
que antes no sucedía, quizás por estar dormidos en el hábito de lo
cotidiano y pensar solamente en cada uno de nosotros.
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