Elegir nuestro instrumento de viento - El Saxo - La Flauta Traversa -Tanto el saxo como la flauta traversa son instrumentos de la familia de “las maderas”. Clasificarlos como “maderas” no obedece ya hoy a su material de construcción. El saxo está forjado en bronce o aleaciones con preeminencia del bronce y la flauta traversa en metales que van desde aleaciones con preeminencia de la alpaca hasta metales precios, plata, oro o platino. Pero ambos descienden de instrumentos que originalmente eran de madera y a nivel sonoro siguen perteneciendo a la familia de instrumentos que por su timbre agrupamos en esta clasificación. La forma más usual de lo que llamamos flauta traversa es, en terminología más precisa, la “Flauta de Boehm”. Boehm es el artesano que en el contexto de la primer revolución industrial, mediados del siglo XIX, introdujo las innovaciones que dieran luz a la flauta traversa que hoy mayoritariamente usamos. Recopiló los distintos dispositivos de llaves que se habían sucedido en los diseños de flautas traversas anteriores, que eran de madera y con la mayoría de sus agujeros descubiertos (se tapaban directamente con los dedos) combinados con sistemas de llaves que cubrían algunos agujeros, los puntualmente necesarios para resolver las digitaciones más incómodas. Hallando una síntesis de aquellos sistemas de llaves preexistentes y agregando nuevos mecanismos de su inventiva, Boehm diseñó por primera vez una flauta con la totalidad de sus agujeros cubiertos por llaves, la forjó en metal, y patentó. El teclado de esta flauta resultó comodísimo. Lo más avanzado que se hubiera inventado para obtener la escala cromática del tubo de un instrumento de viento y con algunos agregados, perdura hasta el día de hoy. La disposición espacial de los instrumentos de la orquesta sinfónica agrupados en el escenario según sus timbres, era ya parte de la organización sonora de la música erudita europea y los flautistas, seguimos sentándonos en el sector de lo que había dado en llamarse “las maderas” por que tímbricamente nuestro instrumento sigue perteneciendo a esta familia de sonidos, más allá de que hayamos migrado hacia el uso de flautas de metal. El saxo en cambio nació de bronce. Pero es un desarrollo derivado de anteriores instrumentos de viento que se construían en madera. En la creación de su bellísima criatura, Adolph Sax, hibridaría los bronces con el clarinete y con la flauta de Boehm buscando un instrumento con el poderío de los primeros pero sin sus endemoniadas dificultades: la técnica de emisión sonora consistente en amplificar la vibración de los labios cuando soplamos a través de ellos apoyando uno contra el otro y el sistema de afinación proveniente de, apretando los labios, cantar los armónicos de la nota dada por el largo completo del tubo, para después elevar cada una de esas cuerdas de a medio tono, cada vez que presionamos uno de los tres pistones que el instrumento posee como único mecanismo. Para los músicos que usufructuamos las comodidades del teclado y boquilla del saxo o de la flauta, los sufrimientos de estos colegas son inimaginables. Pobres. Para eximirnos, el bueno de Adolph tomó algo así como el tubo de una trompeta galana o trompeta de cacería (en definitiva: un cuerno) lo envolvió en una S que lo vuelve antropométricamente amigable, y le adoso una boquilla con lengüeta como de clarinete y el fantástico teclado de la flauta de Boehm, al que tuvo que imprimirle muy pocas modificaciones. El instrumento resultante, el saxofón, por su sistema de emisión sonora proviene de las maderas: es un hijo putativo del clarinete. O así lo entendieron Berlioz y Wagner cuando empezaron a usarlo en sus orquestaciones y nos sentaron cerquita de las flautas, los oboes y los fagotes: en la familia de “las maderas” con nuestro buen instrumento de bronce. De este relato se desprende que la flauta traversa y el saxo tienen digitaciones muy parecidas. ¿Por qué deberíamos entonces elegir uno en vez de tocar los dos? La decisión es, en primer lugar, de carácter vocacional. ¿Queremos tocar los dos? De elegir uno: ¿cuál? Muchas personas llegan a la entrevista previa al comienzo de nuestra relación pedagógica preguntando cual de los dos es más fácil. Mi respuesta es siempre la misma: será el más facil de estudiar, aquel instrumento que hayamos elegido por que realmente nos gusta. Respecto de la posibilidad, ciertamente muy seria de tocar los dos: es muy común tocar varios de estos instrumentos de viento. En una formación que aborde diversos géneros de música popular, el instrumentista de diversos vientos introduce solos de distintos timbres en las distintas canciones otorgando variedad al proyecto. En el terreno de la música clásica se creyó por mucho tiempo que un flautista no podía tocar saxo y conservar toda la pureza de su sonido de flauta. El saxo “dañaba el labio”, “le restaba sensibilidad”. Con la diversidad de laboratorios que estudiaron las técnicas de sonoridad (y las fantásticas pedagogías hoy disponibles para aprender y aprehender nuestro sonido) aquella restricción es vetusta. Abundan flautistas-saxofonistas que supieron conservar su mejor sonido de flautista clásico. Sin ir más lejos, yo. Pero aquí llega la noticia molesta: durante los primeros años es aconsejable elegir un instrumento. Esto permite crecer en profundidad y no en extensión. Educar nuestra motricidad subiendo límites técnicos, aprender el lenguaje musical, desarrollar capacidades auditivas para empezar a hilar fino en la construcción de nuestro sonido, empezar a construir un músico. Y recién después de algunos años, si todo marcha bien (lo cual está garantizado para el estudiante que practica con regularidad y con verdad) trasladar al segundo instrumento lo aprendido en el primero. |
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