TRABAJOS ORIGINALES

Buenos Aires, Argentina

LA MUJER DISCRIMINADA EN Y POR LA MEDICINA

Prof. Dr. Francisco Maglio 

Desde los tiempos míticos en que Hermes convenció a Pandora para que destapara la jarra que le regaló Zeus ( con la condición de no abrirla) y al hacerlo se esparcieron los males por el mundo, la mujer es siempre la culpable ( aún después de veinticinco siglos hasta en el bolero: “usted es la culpable...”), pero de la responsabilidad de Hermes nadie habla; claro era hombre y además Dios de los comerciantes y los ladrones.

La medicina, como parte constructora y construida de la sociedad, no estuvo ni está alejada de tal discriminación.

Ya en los papiros de Kahnn del siglo XV a. C., los egipcios describen en los nueve primeros las enfermedades del hombre y dejan el último, para las enfermedades de los animales y las mujeres.

En la actualidad en nuestro país, el 62 % de los egresados de la Facultad de Medicina de Buenos Aires son mujeres, pero de 90 profesores titulares 85 son hombres.

En la mencionada universidad en el plantel docente auxiliar las mujeres representan el 65 %, pero a titulares sólo llega el 6 %.

En la ciudad autónoma de Buenos Aires, de treinta directores de Hospitales solamente dos son mujeres y en toda la historia nunca fue Secretario de Salud una mujer ( lo que se repite a nivel nacional en el que jamás una mujer ocupó el Ministerio de Salud Pública).

En la proporción de mujeres según la especialidad médica se reproduce la división sexual del trabajo en la sociedad: la mujer en el espacio doméstico para la reproducción ( biológica y social) y en el espacio público para la producción de servicios, quedando reservado para el hombre el de producción de bienes y la toma de decisiones ( esto último se revela meridianamente en los datos de los  párrafos anteriores).

De tal manera pueden dividirse las especialidades médicas según su proporción femenina en especialidades “fálicas” y “reproductivas”.

Entre las primeras, a las que las mujeres difícilmente acceden y “pertenecen” al mundo ( y género) masculino, están cirugía general, neurocirugía, traumatología, en fin aquellas especialidades “fuertes” en las que la toma de decisiones es una virtud “naturalmente”(¿?) masculina. Dentro de este grupo está la urología, reservada a hombres por cuestión de “pudor”, categoría que parecería ser exclusivamente masculina ya que las mujeres pueden ( y deben) abrir “impúdicamente” sus piernas ante la mirada inquisitoria de ginecólogos varones.

En el otro extremo están las especialidades “reproductivas”, donde las mujeres tienen ( y deben tener) una calurosa bienvenida: pediatría y gineco-obstetricia, cerrándose de esta forma el ciclo de la división sexual del trabajo así en el cielo como en la tierra; perdón, así en la sociedad como en la medicina.

 

Pero también la mujer es discriminada por la medicina, como lo demuestran las estadísticas de cirugía de revascularización coronaria ( “by-pass” para los colonizados culturales): a igualdad de indicación se operan mucho menos mujeres que hombres.

Esto no tiene una explicación bio-médica pero sí social en el contexto en que estamos hablando: dicha patología tiene lugar en la postmenopausia, ya que los estrógenos son los protectores de la ateroesclerosis coronaria ( en esto la “naturaleza” ha sido condescendiente, pero por lo que se ve no por mucho tiempo).

Por lo tanto, a esa edad – PAMI-dependiente y flexibilización laboral mediante, a quien interesa que rápidamente se reinserten en el mundo laboral: es más natural que los años que le quedan de vida los pase viendo “Utilísima” mientras toman algunos comprimidos para sus coronarias, de por sí condenadas a no ser revascularizadas porque las arterias también son de género femenino.

El SIDA como significante ( más que como significado) ha venido a reactualizar y legitimar construcciones sociales discriminatorias previas, de tal manera que los así llamados “grupos de riesgo” ya estaban imputados y con el sida pasaron a ser procesados.

Dentro de los “riesgosos” no podía faltar la mujer; en las estadísticas aparece como la gran amenazadora: drogadicta, pareja de drogadicto, prostituta, embarazada.

Más que categorías epidemiológicas son juicios morales: ellas tienen la culpa; más aún, son contradicciones epistemológicas, ya que la probabilidad de transmisión genital del VIH de hombre a mujer es de 1 en 40, mientras que de mujer a hombre es de 1 en 500. Entonces, ¿ amenazadora o amenazada?.

Son factores socio-culturales y políticos-ideológicos ( más allá de los biológicos) los que determinan la creciente incidencia de esta patología en la mujer, a saber:

a.      Menor acceso a la información y educación

b.      Menor poder de negociación en el uso de preservativos

c.       Violencia familiar

d.      Imaginario Social ( construido por el hombre) de que una mujer decente no usa eso ( el preservativo)

e.      Construcción masculina de la fidelidad: por una “cana al aire” el varón no deja de ser fiel, pero le transmite el virus a su esposa; eso sí, que la “cana al aire” no sea de élla, porque es causa de divorcio.

f.        Dependencia económica que lleva a la prostitución, con “clientes” que pagan por NO usar preservativos.

A este respecto, mientras políticos y vecinos de Buenos Aires discuten acalorada y mediáticamente, y se rasgan las vestiduras por el “espectáculo” que ofrecen prostitutas y travestis, nadie se plantea qué hacer con los clientes, los que en términos médicos son la “verdadera etiología”. Y ya que nos asumimos en una economía de mercado, sin demanda no hay oferta.

En el sentido mencionado  y para finalizar este opúsculo no está demás recordar aquellas redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz:

“Quién es más de culpar

cualquiera sea el mal que haga

el que peca por la paga

o el que paga por pecar?”.