Buenos Aires, Argentina

TRABAJOS ORIGINALES

LA PATADA DE CABALLO

Por el Dr. Carlos Petrini (BA)

Siguiendo con el relato de algunas de las incontables circunstancias que se dieron en mi actuación como médico en el campo, allá lejos y hace tiempo, hoy quiero recordar una que en su momento me produjo una gran angustia pero que gracias a mi amigo "Dios" que actuó como ayudante en la intervención, tuvo un final feliz.

Era según creo un 25 de Mayo o un 9 de Julio, y estábamos de gran festejo en el Club Argentino de "Tres Lomas" (Pcia. B. Aires) con mis colegas Dres. G... y F... con nuestras respectivas esposas. Terminábamos de cantar el himno, cuando la figura del Cabo Enfermero del Hospital escudriñaba en el salón desde la puerta de entrada, en busca de la mesa de "los Dotores".

Ni bien nos obicó se dirigió directamente a mí y me dijo:

- Doctor; al chico de S... lo pateó un caballo en la cabeza y la tiene hundida. Está muy mal...-

Nos miramos y resolvimos ir los tres al Hospital. El asunto pintaba feo.

Nuestra esposas se quedaron haciendo honor a la Patria, maldiciendo la infeliz circunstancia. El Dr. G..., el más viejo y centrado, sugirió pasar antes por mi consultorio y "agarrar un poco los libros". Yo tenía una biblioteca bastante actualizada, y así fue como leimos la técnica y nos dispusimos a tratar de solucionar el caso.

Demás está decir que ninguno de los tres había tenido antes un caso así. Yo, como "dueño" del paciente asumí el comando, y como habíamos terminado de leer procedí a retirar todas las esquirlas de hueso que provocaban la compresión en el hundimiento, regularizando los bordes del orificio óseo como decía la técnica, cerrando con el colgajo de cuero cabelludo, y... a orar.

Nos volvimos al baile, no sin gran angustia y preocupación por los resultados que tendría la intervención; nunca habíamos tenido un cerebro humano vivo a la vista!

A la mañana siguiente llegué tempranito y angustiado al hospital pensando en la evolución de mi enfermito. Estaba sentado al borde de la cama tomando el desayuno que la Caba Enfermera le proporcionaba por cucharadas, mientras me decía captando mi preocupación:

- Doctor; a estos tipos para matarlos hay que pegarles en la canilla!-

A los pocos días el pibe se fue de alta con el agujero en su parietal, y todos nos olvidamos del caso.

Varios años después, en una de mis vueltas a Tres Lomas, cosa que aún hago periodicamente rindiendo culto a la amistad de entrañables amigos que aún conservo allí, al bajar de mi auto se me acerca un hombrón como de dos metros que me abraza y palmea efusivamente diciendo a los gritos:

- Mi dotor!!... Se acuerda de mí? Yo soy al que lo pateó un caballo en la cabeza! Mire, todavía tengo el aujero!!!- y se apretaba la cabeza saltando de alegría por volverme a ver.- Nunca más me molestó!-

Aquella fiesta patria quedó ligada a la patada del caballo, y seguramente nunca la voy a olvidar.

Dr. Carlos Petrini


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