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TRABAJOS ORIGINALES Buenos Aires, Argentina
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Por
el Dr. Francisco Maglio (B. Aires)
Siguiendo
la costumbre orienta milenaria, y quizás por eso sabia, comentaré el título
leyéndolo de derecha a izquierda.
Reflexionaré
primero sobre el poder, después haremos lo haremos sobre el sexo, para
finalizar en la medicina.
El
Poder
El
gran filósofo del poder fue Nietszche más que Marx, así lo entiende Foucault
cuando afirma que no hay un poder único y macro que domine al resto, sino
más bien “redes de poder” que traman todo el tejido social, reproduciéndose
en focos múltiples que a su vez originan más poder.
Gramsci
introduce el concepto de “hegemonías” como categoría, que da cuenta de
relaciones interactivas que se articulan entre sectores dominantes y subalternos
en una negociación para apoderarse de cuotas desiguales de poder.
Esta
articulación es a la vez conflictiva y dialéctica y alternándose en
instancias de acuerdo y de presión, se va configurando a través de mecanismos
ideológicos, políticos y económicos.
El
poder no es un medio, es un fin en sí mismo; los poderosos gozan con él, no lo
buscan para “conseguir” algo, sino como un fin último, como un objetivo al
que hay que alcanzar a pesar de todo y caiga quién caiga; la estrategia es
obtener cada vez más poder y la táctica es utilizar cualquier medio para
lograrlo.
Maquiavelo
aconsejaba al Príncipe: “Governare é piú bello que fornicare”. Aquí ya
encontramos una relación del poder con la sexualidad, relación que va a
desarrollar prolijamente Foucault al describir las tecnologías políticas del
poder.
Estas
comprenden las “anatómicas, como sistema de control individual y las “biológicas”como
mecanismos de control social, usando el poder de la sexualidad como
“bisagra” disciplinaria entre ambas. Volveré sobre esto más adelante.
El
Sexo
Conviene
distinguir cuatro contenidos: el sexo fisiológico, el género, la orientación
sexual y el erotismo.
Con
respecto al primero es de destacar que existen cuatro criterios para su diagnóstico:
gonadal, genético, hormonal y morfológico. Ahora bien, en el momento de nacer
no se hallan completa y armónicamente desarrollados, ya que ello ocurre entre
los cuatro y cinco años de edad con la maduración neurológica del sistema límbico
( entre otros). Esto se produce en el 99,99 % de los casos, pero en el 0,01 %
restante la naturaleza se “equivoca”entra en la zona turbulenta del
“caos” ( recordemos con Lorenz y Prigogine, que el cerebro funciona como
sistema “complejo”) y da lugar en consecuencia la transexualismo, el
“cuerpo equivocado”, una mujer en el de un hombre, menos frecuentemente, el
de un hombre en el de una mujer.
Esta
situación está agravada por el hecho de haber sido educados y socializados
durante años en el sexo contrario, ya que al nacer, una interpretación más
que una descripción de la realidad, les dio una “impronta” social y jurídica
para toda la vida.
Estas
personas son estigmatizadas y descalificadas moralmente como “degenerados y
perversos”por estamentos del poder, al cual lo único que le importa es el
control y el disciplinamiento.
En
cuanto al género, remite a u na categoría de construcción social de
“femenino” y “masculino” y como toda construcción de esta naturaleza
está producida y reproducida desde relaciones desiguales de poder y otrogando
sentidos de orden moral con efectos de normatividad social, disciplinamiento y
estigmatización, de tal manera que “lo femenino”se construye dede el poder
masculino, articulando con sectores subalternos del campo femenino, algo así
como aquello de “los nenes con los nenes y las nenas con las nenas”.
Cuando
un conocido hombre público de la política argentina mandó “a lavar los
platos” a una socióloga, investigadora del CONICET, porque los resultados de
sus investigaciones no concordaban con la ideología dominante, no estaba
haciendo otra cosa que poner de manifiesto esta “construcción social del género”.
Como bien esclarecía Simone de Beauvoir “la mujer se hace, no nace”.
El
famoso cupo del 30 % en las listas políticas de candidatos pone de manifiesto
la ya referida categoría de la hegemonía como articulación interactiva entre
dominadores y sectores subalternos para la apropiación de porciones desiguales
de poder: El mínimo del 30 % se convierte, operativamente, en el máximo del 30
%, legitimando el 70 % masculino.
Resulta
así significativo que en la reforma educativa se haya eliminado de la currícula
el término “género”y reemplazado por “sexo”.
Los
estudios antropológicos nos demuestran que el género no es “fisiológico”
ni “unívoco”, no es lo mismo en una cultura que en otra, no es lo mismo ser
mujer en Buenos Aires que en Tokio, más aún, también difieren por ejemplo en
la misma Buenos Aires entre el ámbito universitario y el de una villa miseria.
Cuando
una sociedad califica a cada sexo con particularidades psicosociales fijas y
determinantes, tiene serios problemas de clasificación cualdo alguien se aparta
de ese estereotipo y entonces se “construye” al diferente, al otro, al
“desviado”y de allí a la estigmatización y exclusión social hay un solo
paso, fácilmente franqueable.
Algo
similar ocurre con el otro contenido del sexo, la orientación sexual, esto es,
el objeto del deseo, también definido moralmente. Una doble moral, reaccionaria
y autoritaria, descalifica y discrimina a aquellos cuya orientación sexual no
es la que marca “la moral y las buenas costumbres” , tratándolos como
enfermos, perversos o desviados.
Es
una doble moral, porque por un lado pontifican y por otro son asiduos
“clientes”de travestis, como lo demuestran investigaciones antropológicas
tanto en nuestro país como en otros.
La
homofobia ( rechazo social a la homosexualidad) no es más que una forma de
racismo, ya que no es el judío el perseguido, sino los homosexuales y las
lesbianas.
No
se trata de hacer una apología de determinadas orientaciones, ya sean hetero u
homosexuales, sino de una convivencia armónica entre los que se consideran
diferentes.
No
se trata de hacer desaparecer las diferencias, sino más bien en tratarlas como
convivencias culturales y no construirlas como desigualdades sociales. Al
respecto cabe citar la definición de la Organización Mundial de la Salud en el
informe técnico Nro. 572, cuando dice: “Salud sexual es la integración de
los elementos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual
por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la
personalidad, la comunicación y el amor”.
Como
vemos, en ningún momento se menciona la orientación sexual; esto es así
porque en la medida en que la elección de dicha orientación sea libre y
responsable, será sana, independientemente del objeto del deseo. Aquellos que
discriminan “demonizando”a los homosexuales, convendría recordarles que según
su criterio, se le impediría enseñar pintura a Leonardo Da Vinci, literatura a
Marcel Proust o estrategia militar a Alejandro Magno.
Con
respecto al último contenido del sexo, el erotismo, conviene diferenciarlo de
la erotomanía.
El
primero es producto de la seducción, del encuentro, el “sentido” es el
otro. Determina una sexualidad responsable, enriquecedora, placentera y liberada
de prejuicios.
Por el contrario, la erotomanía resulta del exhibicionismo, de
individualidades; el sentido no está en el otro, sino en el placer mismo y ya
advertía Freud en “Más allá del principio del placer”, que cuando éste
está permanentemente investido por el acto y no por el otro, el placer se
vuelve maníaco, es el placer que vacía de placer y entonces aparece la
angustia.
Azucena
Maizani en su tango “Pero yo sé” lo retrata en un fresco sin igual cuando
trova: “Pero yo sé que de madrugada/ cuando la farra dejás/ sentís el pecho
oprimido/ por un recuerdo querido/ y te ponés a llorar”.
Cuando
el erotismo es compulsivo, actuado y desafectivizado aparece la erotomanía y si
la mercantilizamos se convierte en pornografía. Es un error prohibirla porque
es como un estímulo para su consumo, ya que, como decía San Agustín en
“Confesiones”: “la prohibición aumenta el deseo de lo ilícito”, quizás
inspirado en las palabras de San Pablo a los corintios “La fuerza del pecado
está en la ley que lo prohibe”.
Acertadamente
manifestaba Maimónides en el siglo XII d. C.: “la medicina debe señalar lo
beneficioso y alertar sobre lo dañino pero no debe obligar a lo primero ni
condenar lo segundo”. Esclarecedora sentencia que se anticipa 800 años al médico
como “empresario moral”. La moral en medicina debe servirnos y guiarnos para
ser justos con los pacientes, pero no para convertirnos en jueces de ellos.
Finalmente,
una consideración sobre en qué forma la medicina, más bien dicho, un modelo médico
hegemónico que no representa a la medicina científica ni a todos los médicos,
artiula con gran eficiencia el poder con la sexualidad, para que ésta sea
funcional” para los sectores reaccionarios e ideológicamente dominantes y
opresores.
Sirva
a tal fin la transcripción de una carta que envié oportunamente al Vcomitéd e
Redacción de la revista “Actualizaciones en SIDA”, la cual fue publicada en
el número de marzo de 1997.
“Sabido
es que las enfermedades de transmisión sexual ( ETS) se denominaban
anteriormente enfermedades venéreas y como reivindicación a justos reclamos de
movimientos feministas ( porque no llamarlas enfermedades apolíneas,
arugumentaban con razón) pasaron a la denominación actual”.
Creo
que ha llegado el momento de otro cambio, ahora en reivindicación de la
sexualidad, esa extrema plenitud como “reflejo del gozo infinito de Dios”en
palabras de Santo Tomás de Aquino ( Summa Teológica, I, 98, 2).
Acertadamente
expresaba Wilheim Reich en su polémica obra “Listen little man”( Londres,
Souvenir, 1972): “La sexualidad orientada al abrazo amoroso es fuente de
felicidad y un camino a la libertad; más aún, es un reaseguro contra el poder,
porque una persona feliz y libre está liberada de las ansias de poder”.
La
medicalización de la sexualidad, por el contrario, reduciéndola a números de
contactos y a riesgos de embarazos y de transmisión de enfermedades, la
descontextualiza de la historia, de la cultura, del complejo deseo – placer y
lo que es peor, la descontextualiza de ese “abrazo amoroso” que invocaba
Reich.
Una
epidemiología intervencionista, modelada hegemónicamente por un discurso pedagógico
– disciplinar, la convierte en instrumento de control y de normalidad social
con las consecuentes discriminaciones y estigmatizaciones que todos conocemos
desde este modelo, “enfermedades de transmisión sexual” son construídas
como “enfermedades de transgresión moral”.
Por
otra parte si nos atenemos a la realidad científica, la verdadera vía de
transmisión son los “contactos genitales no protegidos adecuadamente” y no
“la sexualidad”. Invocar a ésta como transmisión es tan descabellado como
llamar a las enfermedades por vía aérea, “enfermedades transmitidas por la
palabra”.
Por todo ello, propongo cambiar el nombre de las ETS por “enfermedades de transmisión genital”, porque la sexualidad solamente transmite placer, solamente transmite amor.”
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