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Aclaración: La serie de cinco notas que publicamos aquí en La Escalera bajo el título general 'Notas sobre budismo' fueron concebidas y escritas originalmente para servir de introducción al budismo a un público no iniciado en el tema y dentro de una publicación digital en Internet. E intentábamos, además, darle a esa introducción un sesgo específico: ofrecer un contrapeso a la tendencia general del ciberespacio a confundir el saber con la disponibilidad de información. Así, convencidos de que no se 'sabe' aquello que no se comprende, y no se comprende aquello que, en algún grado, no se ha interiorizado, tratamos de presentar el tema a partir de cinco motivos de reflexión en lugar de hacerlo a través de una exposición convencional y esquemática de su corpus doctrinal y de su historia como suele hacerse. Han pasado algunos años y varias de las cosas que decimos en las notas ya no las plantearíamos del mismo modo. Pero en lo esencial nos parece que las mismas pueden, todavía, servir a su propósito original, que es el de estimular el interés en el budismo en lugar de ofrecer una información capaz de generar la ilusión de que se lo conoce...
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La palabra, la lengua y el mensajeVamos a comenzar estas notas haciendo algunas aclaraciones acerca del papel que juegan la palabra y el lenguaje en el budismo. La cuestión del lenguaje junto a la de la identidad de su fundador están íntimamente ligadas al significado propio y singular del mensaje budista. Podría decirse que esas dos instancias -lenguaje y fundador- son como dos columnas sobre las cuales se apoya toda la comprensión del edificio budista. Si pudiéramos reconocer la diferencia esencial que existe entre, por ejemplo, el recitado del Corán y el de un sutra budista, y además pudiéramos reconocer la diferencia -radical- de concepto entre el Buda Sakyamuni ( fundador del budismo histórico) por un lado y por otro el Profeta Muhammad y Jesucristo; ya habremos recorrido un trecho importante en el reconocimiento de la especificidad del budismo como doctrina y camino. Aunque se hará obvio en lo que sigue, de todos modos, aclaremos que las comparaciones que hagamos entre esas -u otras- religiones no son valorativas ni apuntan a hacer ninguna profesión de fe, sino que son modos de comprender con más claridad lo específico del tema que decidimos tratar: el budismo.
b. Lengua litúrgica o lengua sagrada:El budismo, a diferencia del Islam o del Judaísmo, no tiene una lengua sagrada. Este punto no es contingente ni menor, pues hace a la naturaleza misma del mensaje budista. Por ejemplo, en el Islam, el Corán se recita siempre en árabe sea cual sea la lengua hablada por creyente. En esa tradición religiosa es posible que un erudito escriba estudios en una lengua europea moderna, por poner un ejemplo, pero no sería posible, nunca, por ninguna razón, realizar las oraciones o la lectura ritual del libro en otra lengua que no sea el árabe. Pues en el Islam la enseñanza (el libro) es una enseñanza revelada por Dios. El conducto humano a través del cual la enseñanza se introdujo en el mundo era un conducto totalmente pasivo: el Profeta Muhammad no concibió ni escribió el libro sino que fue el receptáculo viviente en el cual el libro fue volcado por Dios. El profeta, fue un vaso donde se volcó el mensaje, no fue su autor. Por eso la tradición dice que el Profeta era analfabeto, que es como decir que no pudo concebir el libro por sí mismo sino que le fue dado íntegramente desde 'arriba' . Al respecto hay una preciosa joya de sabiduría islámica que reza: "La importancia de que Muhammad fuera el 'profeta iletrado' es que no tenía con qué disfrazar a su Señor" Por lo tanto, la palabra, el lenguaje, en el Corán, es divina. Y no divina por añadidura, como lo sería por servir a un propósito divino, sino divina en sí misma: las palabras en el Corán son las palabras de Dios. Justamente por eso, a diferencia de los sutras budistas, el Corán no puede traducirse. Si bien se realizan traducciones con fines didácticos, el recitado y lectura del Corán para ser considerados legítimos deben realizarse en árabe. Pues el libro procede directamente de Dios. Y las palabras de ese libro están dotada en sí mismas de características sobrenaturales que una traducción nunca podría conservar ni transmitir. En el Islam la forma del mensaje (el árabe coránico), su significado y su acción salvadora son indisociables. Pues bien, en el budismo no ocurre nada similar. Los textos sagrados del budismo no sólo han sido traducidos a diversas lenguas tradicionales como el chino, el tibetano, el japonés, coreano, y otras, sino que además -esto es lo crucial- las oraciones y cantos rituales también se han traducido a dichas lenguas. A diferencia de lo que ocurre con el Corán los sutras budistas se recitan en chino en China, en tibetano en Tíbet, y en una forma de japonés antiguo (más bien un japonés impuro resultante de la transliteración de palabras chinas) en Japón, por poner sólo tres ejemplos. Porqué los textos sagrados de budismo y sus oraciones pudieron ser traducidos? Pues porque los textos y oraciones budistas no transmiten la palabra divina sino una experiencia humana {*}. Si bien se trata de una experiencia que debería -de lograrse completamente- llevar al hombre más allá de los límites de su estado humano (en el budismo se conocen diez estados del ser y el humano es sólo uno de ellos, aunque uno central), sin embargo, su punto de partida es humano. El punto de partida del budismo es humano y no divino. La palabra del Buda Sakyamuni (el fundador histórico del budismo) es palabra humana. Palabra santa, perfecta, iluminadora, pero decididamente palabra humana. Por lo tanto el budismo puede ser traducido. Puede ser traducido porque no es una revelación desde lo alto sino la vía de transmisión de una experiencia humana. Una experiencia que cada practicante debe recrear en sí mismo a través de los instrumentos que le brinda la Tradición budista. Ahora bien, para no inducir a error es necesario hacer algunas aclaraciones: que la palabra en el budismo no sea divina, y que no haya lengua sagrada, no significa que los textos y oraciones budistas puedan reducirse a nivel de meras invenciones individuales como lo son casi toda la literatura y las técnicas de ejercitación pseudo-espirituales que están de moda hoy día en Occidente. Es importante aclarar que si bien en el budismo no hay lengua sagrada, sí hay lenguas litúrgicas tradicionales. Hay lenguas litúrgicas en las cuales se recitan los sutras y las oraciones de manera idéntica a través de los siglos. Para comprender rápidamente el concepto de lengua litúrgica es suficiente con pensar en lo que fue el latín en la cristiandad durante muchos siglos, y reparar en el hecho de que la Iglesia Ortodoxa de Grecia no utilizó el latín sino el griego en sus cultos. Latín y griego eran allí lenguas litúrgicas y no sagradas, pues Jesucristo -que es el centro de la revelación cristiana- no habló en ninguna de las dos. Hay varias lenguas litúrgicas en el budismo. Por ejemplo, el Sutra del Loto (Sadharma Pundarika Sutra del Canon Sánscrito) se recita en chino, en tibetano y en japonés (con las aclaraciones ya hechas) en cada una de esas culturas. Eso significa que se han traducido. Pero también es cierto que se siguen recitando como se recitaban hace muchos siglos. Hay una inmensa, inconmensurable, distancia entre una lengua litúrgica y una lengua sagrada. Pero también hay una distancia enorme entre una lengua litúrgica y una lengua vernácula. La lengua litúrgica sin ser sagrada, se halla investida de un carácter santo que procede su función en el culto y de su papel en la transmisión de la enseñanza. Por otra parte, una lengua litúrgica también tiene una cierta fijeza. Sin ser inmutable, es fija. Y esa fijeza tiene un sentido profundo. Esa fijeza de la lenguas litúrgicas tiene que ver con cierta comprensión del significado y la eficacia del ritmo y la vibración. Las sociedades tradicionales tenían conocimiento del significado espiritual del ritmo y el sonido -y de su poder-, significado que el Occidente de hoy desconoce por completo; excepto por ciertos residuos de ese saber que parecen haberse conservado, en parte, en los coros monásticos cristianos. Pero este tema nos desviaría de la intención central de esta entrega. En definitiva, el budismo no tiene lengua sagrada -aunque tenga varias lenguas litúrgicas- y no la tiene porque no es una revelación divina. Pero que no tenga lengua sagrada no significa que sus lenguas litúrgicas sean meros instrumentos profanos. En la medida que ese lenguaje es la vía de transmisión de una experiencia que trasciende lo mundano y ordinario y que puede llevar al hombre a su realización espiritual, ese lenguaje es santo. Y se le debe un respeto completo. Al respecto, el sabio budista Japonés, Nichiren Daishonin, decía (hablando del Sutra del Loto o Hokke Kyo en japonés): "cada uno de los caracteres del Sutra es un buda" Por esta vez, dejamos aquí. En una próxima entrega, de ser posible, veremos que este punto de la palabra es totalmente solidario de otro: el de la identidad humana del Buda y el carácter "ascendente" de su mensaje. Ascendente significa aquí que su mensaje no procede desde arriba hacia abajo sino que está dirigido de abajo hacia arriba. Pues del mismo modo que el budismo no tiene lengua sagrada, su fundador no fue ni un profeta como Muhammad (que fue vehículo de un mensaje "descendente", de Dios al hombre) ni una encarnación divina -o avatar- como Jesús que fue él mismo el mensaje encarnado. Máximo Lameiro |
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{*} Aclaración:
Al decir que el budismo transmite una experiencia 'humana' debe evitarse la asimiliación de lo humano a lo mundano ordinario. Pues no se puede reducir el budismo -como se
escucha a menudo en Occidente- a una pura ética, ni a una suerte de
disciplina de vida sana y armónica pero carente de significación trascendente. No es eso. Pues, lo humano en el budismo es sagrado (por eso en el budismo no hay guerra religiosa). Justamente de lo que se trata en el budismo es de poder reconducir al hombre a su máxima posibilidad de desarrollo. Y ese desarrollo lleva a algo de orden "superior" que está más allá de cualquier ética humanista y de cualquier tipo de naturalismo como, por ejemplo, la ecología.
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