La identidad del Buda
En la primer entrega, al hablar de la lengua litúrgica como algo distinto de la lengua sagrada, hacíamos referencia a carácter 'humano' de la experiencia budista como una de las principales diferencias entre el budismo y las religiones reveladas. Pero al decir que el budismo es un camino 'humano' se abre la puerta a ciertos malentendidos... por ejemplo, la idea de que el budismo sea algo comparable a una ética secular o al humanismo ateo. Podría pensarse que al hablar del budismo como camino 'humano' nos estamos refiriendo al hombre librado a sí mismo, a su racionalidad, su voluntad y sus deseos. Pero no se trata de eso. Pues es, justamente, el significado -y la experiencia- de la 'humanidad' o condición humana lo que el mensaje budista transforma y reconduce mucho más allá de lo que el hombre ordinario (ilustrado, voluntarista o sentimental, lo mismo da) siquiera sospecha.
Otro modo de abordar esta cuestión es abordar el significado del mensaje budista a partir de la experiencia de su fundador, el Buda Sakyamuni o Buda histórico como se lo suele llamar. Para eso tomaremos otra vez el camino comparativo apoyándonos en la diferencia entre las nociones de 'profeta', 'avatar' e 'iluminado' en las tres religiones del Islam, el cristianismo y el budismo.
Elegimos esta vía a título ilustrativo y con intención exclusivamente pedagógica; ya que en el fondo pensamos que dicha comparación es totalmente incorrecta... si se la toma literalmente.
El buda como hombre iluminado:
Muhammad fue un profeta y Jesús un avatar, el Buda Sakyamuni, en cambio, fue un hombre iluminado. Y la diferencia entre esas tres nociones es capital para entender el significado y el propósito del budismo.
Según la tradición islámica Muhammad fue un profeta porque fue un hombre elegido para ser receptáculo y mensajero de la palabra divina. En tanto hombre, el Profeta, no alcanzó por sí mismo su misión sino que le fue encomendada desde lo alto.
Y no sólo no la alcanzó por sí mismo sino que, como relata la tradición, dicha misión le fue encomendada a pesar de sí mismo: se dice que el Ángel Gabriel le ordenó tres veces que recitara el libro (el Corán) y el Profeta no entendió lo que sucedía y se excusaba aduciendo que él ni siquiera sabía leer. Pero tras la insistencia del Ángel el profeta descubrió, para su propia sorpresa, que tenía un conocimiento nuevo. Es decir, que el Profeta fue un hombre pero no uno común sino uno que cumplió un papel excepcional: el de funcionar como un vaso vacío en el cual se derramó la palabra de Dios.
Jesús, en cambio, según la tradición cristiana, no fue un profeta sino un avatar (no entraremos en la discusión que esto puede suscitar entre ciertos cristianos
-la mayoría desgraciadamente- que reducen la encarnación a un único momento histórico de la humanidad, como si lo Eterno pudiera ser encerrado en el tiempo...).
Jesús encarnó en su persona y en su cuerpo el descenso de la Palabra divina, el Logos eterno, al mundo temporal. Por lo tanto la verdad que El encarnó no pertenecía a su condición humana ("mi reino no es de este mundo") sino a su condición divina. Y aún cuando el descenso a dicha condición humana era necesario para el cumplimiento de su misión redentora, lo esencial no es que fuera un hombre sino que fuera el mismísimo Dios hecho hombre. Jesús era él mismo la Verdad divina encarnada en un hombre. No fue el receptáculo de la Palabra sino que él mismo encarnó esa Palabra.
El elemento común a estas dos nociones, de Profeta y Avatar, es que en ambos casos se trata de un mensaje 'descendiente'. Una verdad que desciende desde lo alto, desde más allá del hombre, y llega al hombre como a su destinatario.
En cambio, el Buda Sakyamuni no fue ni un avatar ni un profeta, fue un hombre iluminado. Su mensaje no fue 'descendente' sino 'ascendente'. Lo que encontró no le fue revelado sino que lo encontró en sí mismo. Pero ese descubrimiento, esa "joya oculta en reverso del abrigo" como dice una enseñanza tradicional budista, le abrió los ojos a una realidad inconmensurable con la experiencia humana ordinaria.
Un buda es un iluminado. Un iluminado es quien tiene luz. Y esa luz le permite ver algo que no puede verse en la oscuridad. La luz del Buda Sakyamuni, según la tradición, lo 'iluminó' una verdad que se hallaba en lo más recóndito de sí mismo y fue la de su propia identidad con la Gran Ley del universo (Dharma)
Esa luz no descendió hacia él desde lo alto ni él mismo fue el descenso de esa luz en el plano humano (aún cuando hay formas desviadas de budismo en las cuales se hace del Buda un avatar), fue una luz reconocida en sí mismo como la verdad más secreta y la más esencial de su propia condición de hombre.
El Buda Sakyamuni encontró la verdad, la luz, en lo profundo de su propia condición humana. La luz que logró encender le pertenecía por derecho propio, era inherente a su propia condición de hombre.
Por lo tanto, lo que el budismo vino a traer a la humanidad no es un mensaje desde lo alto ni una encarnación divina sino un despertar al verdadero significado y alcance de la propia condición humana. El hombre, para el budismo, no es lo que él mismo cree ser mientras duerme, es decir, mientras permanece en su condición ordinaria. Es mucho más y es otra cosa muy distinta a lo que habitualmente se cree: es UNO con la Gran Ley del Universo.
Esta unidad de la persona humana con el Dharma es lo en la tradición se conoce como la 'identidad de la Ley y la Persona' (ninpo ikka, en el budismo japonés). Para el budismo esa unidad es un hecho, es decir, no se trata de algo que deba ser adquirido. Sólo es necesario 'despertar' a dicha verdad (justamente buda viene de 'budh': depertar, volver en sí).
Para el budismo, el hombre ordinario está dormido y un buda es un hombre que está despierto. Eso es todo y nada menos... La diferencia entre uno y otro es abismal pero aún así no hay dos naturalezas, pues se trata siempre del mismo hombre. O el hombre está dormido o el hombre está despierto.
Y si despierta reconoce que el fundamento del cosmos y de la vida toda, tanto en sus aspectos visibles como invisibles, residen en su propio corazón (Shin o kokoro en japonés, que no tiene que ver con los sentimientos sino con la intuición y aquello que en Occidente llamamos el 'espíritu').
Esa Ley, esa Verdad, es absoluta e inefable en sí misma (y la noción de 'sí misma' es en realidad improcedente y sólo vale a título aproximativo para poder hablar de alguna manera). Y cuando la tradición budista quiere caracterizar dicha Ley recurre a una violenta dialéctica negativa. Se dice que la Verdad budista es:
"no existente y no no existente"
Enunciado donde la doble negación no afirma nada. El budismo, situado en una perspectiva que le permite ver mucho más allá que la metafísica y la lógica aristotélica, utiliza, para hablar de la verdad, una doble negación que no afirma nada sino que indica la suspensión de todo juicio.
La doble negación con que se caracteriza a la naturaleza de la Ley no afirma sino que suspende el juicio y la razón permitiendo la emergencia de la intuición pura, único modo de llegar a Verdad.
En la larga y fecunda actividad intelectual del budismo a través de los siglos hay muchos otros ejemplos de dicha dialéctica negativa. Por ejemplo, el siguiente pasaje de un sutra donde, a través de negaciones, se conduce a quien lo escucha más allá de todo cuanto pueda ser dicho:
" {acerca de la naturaleza de la realidad a la que el buda se iluminó}
su entidad no es el ser ni el no ser,
no es causa ni efecto,
no ella misma ni es algo ajena a ella,
ni es cuadrada ni redonda ni corta ni larga,
no se levanta ni se cae,
no vive ni muere,
no se sienta ni se acuesta,
no va ni permanece,
no se mueve ni rueda y tampoco está quieta,
no avanza ni retrocede,
no está a salvo ni en peligro,
no es razonable ni irrazonable,
no gana ni pierde,
no es esto ni es aquello,
no es pasado ni futuro,
no es azul ni amarilla ni blanca ni roja,
ni es de ningún otro color..."
Esa Ley inefable es, para el budismo, a la vez la raíz y el fruto de la condición humana.. El Buda Sakyamuni fue el hombre que se iluminó a dicha verdad y dejó una enseñanza (una doctrina y un método) para que dicha verdad pueda ser reconocida por otros.
Entonces, para terminar y repasando lo dicho, el Buda histórico no fue ni un profeta ni un avatar, fue un "buda" (un 'despierto'). Fue un hombre que despertó de la pesadilla de su condición ordinaria y accedió a un nuevo estado de conciencia y de ser. Buda, entonces, es aquél que despierta de la multiplicidad, la sujeción, la separación y el egocentrismo, y encuentra en sí mismo el Fundamento en el que todo lo demás descansa, la Ley de la que todo depende, la esencia de su ser y de todo cuanto existe.
Dicho en términos más técnicos, buda es quien realiza en sí mismo el principio de la 'identidad de la Ley y la Persona'. Por lo tanto, el budismo es una enseñanza de completa inmanencia entre lo Absoluto y el hombre. Al respecto, un líder contemporáneo, Daisaku Ikeda, ha dicho:
"En el budismo el único Absoluto es el Dharma, o Ley de la Vida, que no es otra cosa que lo que existe en el interior del yo"
Una frase como esa podría ser fácilmente malentendida... por quienes no conciben al hombre más que en términos puramente mundanos. Pero, justamente, de lo que se trata en el budismo, como señalábamos al principio de esta entrega, es de transformar la concepción que el hombre tiene de sí mismo.
En este último sentido, el de la completa inmanencia de lo divino en lo humano, el budismo parecería estar situado en las antípodas del Islam. Pues, mientras que el primero enfatiza la total identidad del hombre con su fundamento, el segundo enfatiza la absoluta trascendencia de dicho fundamento -Dios- con respecto al hombre y a todo lo creado.
Sin embargo, aún a pesar de la notable diferencia de forma y del antagonismo de sus significados más inmediatos y aparentes, el Islam y el budismo presentan una perfecta coincidencia metafísica y espiritual en un punto bien determinado: la total falta de alteridad en la Verdad. Se trata de una Verdad 'dentro' de la cual no hay alteridad y fuera de la cual no hay nada... En ambas religiones rige la Unidad. Una Unidad inefable, en tanto que infinita, pero también total y plenamente presente en la actualidad de la vida humana. Y aunque intuiciones similares han sido expresadas en el contexto del cristianismo -en Eckhart por ejemplo, pero también en el propio evangelio (Juan, 17,14)-, sin embargo, es en el budismo y en el Islam donde mejor y más taxativamente aparece formulada esta falta de alteridad de lo absoluto.
Máximo Lameiro
Abril 2002