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Notas sobre budismo - III

Aclaración: ver la nota aclaratoria al comienzo de la nota Nro. I de esta secuencia titulada 'Notas sobre el budismo'.

La compasión

Compasión, Unidad, Ley

En esta nota comentaremos, aunque sea de modo general y brevemente, un concepto budista que en español suele traducirse por compasión.

Este concepto tiene varios niveles de comprensión y de aplicación. Por un lado, es el fundamento del espíritu misionero del budismo; espíritu que, dicho sea de paso, es una de las razones de la prodigiosa difusión del budismo por todo el Asia durante sus primeros siglos, así como de su actual propagación en Occidente; por otro lado, es una de las virtudes ( paramitas en sánscrito) que el creyente debe cultivar para liberarse de las ilusiones del ego y encontrarse con su verdadera naturaleza; y por último -'último' en esta enumeración pero primero en el orden lógico y ontológico- la compasión se asocia a otro concepto central en el cual se expresa la comprensión que el budismo tiene de la realidad: la interdependencia universal de todos los seres y la insustancialidad de sus manifestaciones particulares.

Para introducirnos de lleno en el meollo de la compasión budista, vamos a enunciar el problema en forma de una paradoja; paradoja un tanto retórica, pero, esperamos, eficaz para presentar la cuestión de fondo: En el budismo el individuo es Todo y sin embargo no es nada....

Pues, para el budismo, cada ser (y cada cosa, pues en este contexto no importa esa diferencia) es idéntico a la vida universal en su totalidad así como a la Ley ( Dharma) que la sustenta; pero también, cada ser y cada cosa, en tanto individuos, son absolutamente ilusorios; pues su realidad y su ser no son nada fuera de la interdependencia universal que los sostiene y les da sentido y lugar.

Hablando de la relación entre el concepto budista de Ley (Dharma) y la compasión, decía Daisaku Ikeda en uno de sus diálogos con Toynbee:

" Esa Ley es la causa de todos los fenómenos, y es la realidad que constituye el principio básico, sustentador de la estricta armonía entre todos los fenómenos. Creo que el movimiento del universo, fundado en la Ley, es la compasión (Jihi terminología budista japonesa). {.... } Cuando el hombre manifiesta su egoísmo, trastorna esa armonía. En cambio, hacer de la Ley inherente al universo la guía de nuestras acciones significa obrar de conformidad con la armonía universal"

De ahí se desprenden como mínimo dos cosas: que la compasión es quid del funcionamiento y estructura del universo, porque todo está implicado en todo y todo se sustenta en una única y misma Ley; y que manifestar compasión no es otra cosa que vivir en armonía con la Ley y con el universo.

Es cuando el hombre quiere ser él mismo, en tanto individuo, algo real y subsistente, cuando se trastoca el orden natural de las cosas. A ese querer ser uno mismo (en lo cual, aunque en otro contexto, Kierkegaard veía una forma de la desesperación) se lo llama, en el budismo, la 'oscuridad fundamental' ( kanpon no mumyo, en japonés) y es la peor y la más dañiña de las pasiones humanas; pero es también la más 'humana' de todas, pues es inherente a nuestra conciencia ordinaria. Lo que el budismo propone es que despertemos de esa diabólica pasión de ser nosotros mismos... y reconozcamos la inseparabilidad de nuestro ser con nuestro ambiente, con nuestros semejantes y, en última instancia, con toda cosa, sea pasada, presente o futura, del cosmos.

Ese reconocimiento, de la nulidad del propio ser en tanto tal (en tanto 'propio' y en tanto 'ser') y de la Unidad e identidad con la vida cósmica y su Ley, es la compasión en sentido budista.

Compasión y espíritu misionero

En cuanto a las formas misioneras que el budismo tuvo y tiene de expresar dicha compasión, son perfectamente legítimas en tanto parten de aquél reconocimiento y comprensión.

Pero lo que constituye, a nuestro juicio, un error, es asimilar la compasión budista a la acción exterior, por bien intencionada que ésta sea. La acción exterior sin el reconocimiento interior no hace más que trastocar la armonía porque dicha acción no surge de la verdad sino del error: si no se comprende la Unidad se actúa desde la individualidad y sus ilusiones (incluida la arrogancia espiritual de creerse 'bueno' o la de creerse llamado a cumplir una importante misión) y por lo tanto sólo se produce más separación entre los seres. Y a qué grado de desorden y daño puede llevar esa compasión o espíritu misionero ejercido como pura acción exterior es algo demasiado conocido en la historia religiosa occidental como para que haga falta insistir en ello..

En el budismo, el espíritu misionero surgió a partir de cierto momento específico de su historia, aproximadamente a los 500 años de la muerte del Buda Sakyamuni, dando lugar a lo que se llamó el movimieto del Gran Vehículo ( Mahayana, en sánscrito). A partir de entonces el budismo desbordó el marco de las comunidades cerradas en las que se había desarrollado e irrumpe en la vida pública, hasta terminar desbordando el marco mismo de la India y sus culturas más cercanas, para difundirse por diversos pueblos de Asia. Así, su función espiritual y civilizadora se extendió a China, Corea, Tibet y Japón; países, los dos últimos, desde donde hoy se está difundiendo hacia Occidente.

El budismo se 'hizo' misionero porque estaba llamado a expandir su luz por toda el Asia de manera análoga a como el cristianismo estaba llamado a expandirse a todo el Occidente. Y así como la universalización de la verdad cristiana requería que ésta fuera arrancada de su contexto judaico, también el budismo requería una nueva expresión doctrinal y una actitud diferente a la que tuvieron las primeras generaciones de creyentes en el seno de la comunidad ( Sangha) india.

Esa nueva expresión estuvo encarnada por el Gran Vehículo y su figura central es el bodhissattva, el santo que, así como el loto hunde sus raíces en el agua sucia del pantano pero culmina en una bella flor, hunde sus pies en la mugre mundana y extrae de ella la belleza y la luz de su verdadera naturaleza: la mente iluminada, libre e infinita del Buda ( bodai, o también satori, en japonés).

Pero ese afán misionero no tiene nada que ver con un voluntarismo salvífico; ni mucho menos con ninguna clase de asistencialismo. La verdadera compasión no tiene ninguna relación con esa caricatura de compasión, sentimentalista, paternal y engañosa que ha llegado a ser la caridad en la mayoría de las Iglesias cristianas.

El afán misionero, si es auténtico y no es pura y simple arrogancia, no puede sustentarse en otra cosa que en la comprensión de la Unidad de todos los seres, de su total interdependencia, y de su nulidad en tanto que individuos considerados en sí mismos. Y no puede estar orientado a otra cosa que a brindar los medios para que aquellos que estén preparados para recibirlos arriben a aquella comprensión y se liberen a su vez de la oscuridad (mumyo) que constituye la raíz de todo sufrimiento.

Hoy, en Occidente, el budismo está en plena expansión; y lo está para responder a necesidades propias y urgentes de ese mismo Occidente; por lo tanto, no podría no asumir una forma misionera. Pero, lamentablemente, a veces, muchas veces, la base y el sentido más profundo de esa necesidad misionera se comprenden mal y los creyentes caen en actitudes unilaterales que no hacen otra cosa que atentar contra aquello que debería ser la causa final de todo su afán: la realización de la Gran Unidad.

Máximo Lameiro
Bs. As. Mayo 2002