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Providencia y Destino |
| Acerca del texto y el autor:
Boecio nació en Roma en el 480 dc. y murió 45 años después ejecutado en Pavía, luego de haber sido encarcelado y torturado por los Godos debido a una acusación de traición y sacrilegio. Fue durante ese encarcelamiento cuando escribió la más conocida de sus obras, 'La consolación de la filosofía', a la cual pertenece el fragmento que aquí publicamos. La Providencia fue un tema de reflexión recurrente antes y después de Boecio. Fue desarrollado, desde diversos puntos de vista y con diversos matices y acentos, por pensadores tan distintos como Séneca, Santo Tomás de Aquino, Leibniz, Hegel y Shopenhauer, entre otros. Y es lógico que la cuestión de la Providencia apareciera una y otra vez en la historia del pensamiento, antes de que ésta cayera de lleno en el proceso de degradación que la llevó al nihilismo actual, pues es una cuestión de naturaleza tal, que tiene, a la vez, alcance metafísico y existencial: el orden y la finalidad del cosmos y de la vida humana, la naturaleza y función del mal, el significado del sufrimiento y la muerte, el cuestión de la libertad, entre otros, son los misterios y problemas que se anudan a la noción de Providencia. El aporte fundamental de Boecio en la comprensión del tema es la distinción que él traza entre Providencia y Destino. Distinción que no se encuentra en otros pensadores y que tiene, en Boecio, un alcance netamente metafísico que trasciende la noción simple y antropomórfica de Providencia en sentido religioso. Pues esa distinción constituye un intento de elaboración teórica de la relación entre el Principio Supremo y sus manifestaciones en el orden de lo temporal y múltiple. Es decir, entre el Uno absoluto y perfecto, y la multiplicidad singular de las creaturas y las cosas. En definitiva, entre el plan eterno y su despliegue temporal. Boecio ilustra la distinción entre Providencia y Destino con una analogía: la figura del círculo. La relación entre el centro y la circunferencia en el círculo constituye un soporte sensible a partir del cual se pueden intuir relaciones metafísicas. Así la relación entre centro y periferia sirve de soporte para inteligir la relación entre inmovilidad y movimiento, entre lo eterno y lo temporal, entre lo uno y lo múltiple. Ese símbolo, dicho sea de paso, se encontraba ya en Plotino y también en diversas tradiciones de sabiduría. Luego de trazar esa distinción entre Providencia y Destino, Boecio aborda en este fragmento algunos de los problemas existenciales inherentes a la cuestión tratada: el mal, el sufrimiento, y el significado de los mismos para la vida humana. Esperamos que el lector disfrute del estilo profundo, claro y sereno de este clásico. Estilo tan distinto a la tortuosidad y exacerbación retórica de nuestros filósofos contemporáneos. Y esperamos, también, que no sólo se vea llevado a profundizar en la obra de Boecio, sino, principalmente, a profundizar en la cuestión misma que aquí se trata: la cuestión de la Providencia y el destino. Cuestión vital a la que el pensamiento religioso y filosófico Occidental intentó dar respuesta, una y otra vez, durante siglos, antes de caer de lleno en la tendencia antimetafísica que caracteriza a nuestra época. Tendencia a la que cabe calificar de destructiva y banal; y que ha llevado no sólo a que la cuestión de la Providencia dejara de plantearse, sino, peor aún, a que se volviera ilegítima como problema filosófico a los ojos de la mayoría de los intelectuales. |
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Providencia y destino: {...}
"Así es", dije, "pero ya que tu oficio es revelar las causas de los hechos ocultos y dilucidar las razones que están envueltas en la oscuridad, te pido que me expliques detalladamente qué conclusiones has sacado de estas cuestiones, porque esta sorprendente confusión me desconcierta en gran manera”. Y ella, esbozando una ligera sonrisa, dijo: “Me invitas a abordar un problema cuyo estudio revista la máxima importancia y que difícilmente puede ser tratado de manera exhaustiva. Pues de hecho, la cualidad de la materia es tal, que cuando se resuelve una sola duda, otras innumerables surgen, como las cabezas de la Hidra; y no habría solución alguna si no las sofocáramos con el fuego particularmente vivo de la inteligencia. Abordar esta materia conduce habitualmente a plantearse la cuestión de la simplicidad de la Providencia, del curso del destino, de los acontecimientos imprevistos, del conocimiento y la predestinación divinas, de la libertad de elección de la voluntad, y tú mismo puedes apreciar cuántas dificultades plantean estas mismas cuestiones”. Pero como una parte de tu tratamiento consiste en conocer también estos temas, aunque estemos muy limitados por el tiempo, intentaremos en cualquier caso deliberar sobre ellos. Y si mi música y poesía te procuran sosiego, conviene que por algún tiempo pospongas ese placer mientras construyo mi argumentación en orden lógico”. “Como quieras”, dije. Entonces, como si comenzara de un principio distinto, empezó a discurrir así: “El origen de todo lo creado, toda la evolución de los seres sujetos a cambio y todo aquello que de alguna manera se mueve, tiene sus causas, su orden y su forma en la inmutabilidad de la inteligencia divina. Ésta, situada en la ciudadela de su propia simplicidad, ha determinado una compleja regla para el gobierno del universo. Esta regla, cuando se la considera en función de la pureza misma de la inteligencia divina, se denomina Providencia; cuando, por el contrario, se la considera en relación a aquello que ella mueve y ordena, los antiguos la llamaron Destino. Se verá claramente que son dos cosas diferentes si se examina mentalmente la naturaleza de cada una de ellas: la Providencia es, en efecto, la misma razón divina que, establecida en el principio supremo de todas las cosas, todo lo gobierna; el Destino, por el contrario, es la disposición inherente a todo aquello que puede moverse, mediante la cual la Providencia mantiene a cada cosa estrechamente ligada a su orden. La Providencia, en efecto, abraza a todas las cosas a la vez, aunque sean diferentes, aunque sean infinitas; el Destino, en cambio, distribuye el movimiento de las cosas individualmente una vez distribuidas en los lugares, formas y tiempos, de modo que este desarrollo del orden temporal que encuentra su unidad en la perspectiva de la inteligencia divina, es la Providencia, mientras que esta unidad, una vez distribuida y desarrollada en el tiempo, se llama Destino. Aunque se trata de dos entidades diferentes, cada una de ellas depende de la otra pues el orden del Destino procede la simplicidad de la Providencia. En efecto, como el artista comienza por representar en su mente la forma de la obra que va a realizar antes de llevarla a cabo y después desarrolla en etapas sucesivas aquello que había imaginado a grandes rasgos y en un instante, de manera análoga Dios dispone con la Providencia cuanto ha de suceder singular e inmutablemente, mientras que con el Destino organiza en la multiplicidad y en la temporalidad esto mismo que dispuso.
Por consiguiente, ya sea que el Destino actúe por medio de espíritus divinos al servicio de la Providencia, ya sea que el curso del destino actúe mediante la colaboración del alma, o de la naturaleza, que le está totalmente sometida, o mediante los movimientos de los cuerpos celestes, o por el poder de la virtud angélica o gracias a la astucia fecunda de los demonios, o en fin, por la acción de algunos de estos factores o por todos a la vez, lo que resulta absolutamente evidente es que la forma inmutable y simple de aquello que ha de realizarse es la Providencia, mientras que el Destino es el nexo cambiante y el encadenamiento temporal de aquello que la simplicidad divina ha dispuesto llevar a cabo.
En consecuencia, todo aquello que está subordinado al Destino, está sometido igualmente a la Providencia, a la que también está sujeto el mismo Destino; pero algunas cosas situadas bajo el control de la Providencia trascienden el curso del Destino; son aquellas que, fijadas de manera inmutable en la proximidad de la suprema divinidad, escapan a la sucesión de la cambiante naturaleza del Destino. Y de la misma manera que en un conjunto de círculos concéntricos que giran en torno al mismo eje, el que está más al interior se acerca a la indivisible simplicidad del punto central, y, frente a los otros círculos situados en el exterior, constituye como una especie de eje en torno al cual giran, mientras que el círculo más externo, girando en una circunferencia mayor, se despliega sobre un espacio tanto más amplio cuanto más se aleja de la indivisibilidad del punto central; y si alguna cosa se une o asocia a este centro, se funde en la indivisibilidad y deja de desplegarse y extenderse, de manera similar, aquello que está más alejado de la inteligencia suprema, con mayor fuerza resulta más implicado en las redes del Destino y un ser es tanto más independiente del Destino cuanto más estrechamente se acerque a aquel que es el eje de las cosas. Y si se adhiere a la estabilidad de la inteligencia superior, al quedar desprovisto de todo movimiento, escapa también a la fuerza fatal del Destino. Por tanto, como es el razonamiento a la comprensión, el ser engendrado a lo que existe en sí, el tiempo a la eternidad y la circunferencia al centro, así es el curso fluctuante del Destino con respecto a la inmutable simplicidad de la Providencia.
Este curso pone en movimiento al cielo y a los astros, armoniza entre sí a los elementos, combinándolos y transformándolos alternativamente; él produce cuanto nace y sustituye aquello que muere con la prolongación de la especie, garantizada por los frutos y las simientes. Él es también quien vincula las acciones y las fortunas de los hombres en una indisoluble conexión de causas que, al encontrar su origen en la Providencia inmutable, ellas mismas resultan necesariamente también inmutables. Así el universo es regido del mejor modo si la simplicidad ínsita en la Inteligencia divina produce un orden rigurosamente concatenado de causas, y si, por otra parte, este orden estabiliza con su propia inmutabilidad las cosas mudables, que de otra manera estarían abandonadas al azar. Resulta así que aunque vosotros sois absolutamente incapaces de percibir este orden y todo os parece confuso y desordenado, cada cosa está sin embargo ordenadamente dispuesta según una norma que le es propia y la dirige hacia el bien. No hay de hecho nada que se realice con vistas al mal, ni siquiera por parte de los mismos malvados; estos, como ya ha sido ampliamente mostrado, buscan en realidad el bien, pero son desviados por la insensata ignorancia, y es impensable que el orden que procede del centro del sumo bien pueda volverse hacia una dirección distinta de la asignada a su origen. Pero, dirás, ¿puede existir confusión más injusta que el hecho de que a los buenos les alcance a veces la adversidad, a veces la prosperidad, pero también a los malvados les llegue a veces aquello que desean, otras aquello que detestan? Ahora bien, ¿están realmente los hombres dotados de una inteligencia tan penetrante como para tener necesariamente razón cuando juzgan a buenos y malos? Al contrario, precisamente en este punto las valoraciones de los hombres se contradicen y aquellos a los que unos consideran merecedores de recompensas otros los consideran dignos de castigo. Pero admitamos que alguien sea capaz de distinguir a los buenos de los malos; ¿será por tanto verdaderamente capaz de observar la ‘íntima constitución de su alma’, empleando un término usado a menudo para el cuerpo? En realidad, no resulta distinta la sorpresa de aquel que no conoce los motivos por los que, tratándose incluso de cuerpos sanos, a unos les convienen los alimentos dulces y a otros los amargos, y tampoco porqué a algunos enfermos les ayudan los medicamentos suaves y a otros, por el contrario, los fuertes. Pero esto no sorprende en absoluto al médico, que sabe distinguir síntomas y características de la enfermedad y de la salud misma. Ahora bien, ¿qué otra cosa es la salud de las almas, sino la honestidad? ¿Cuál su enfermedad, sino el vicio? ¿Qué otro es el que preserva el bien y aleja el mal sino Dios, señor y médico de las almas? Es Él quien, paseando su mirada desde el alto observatorio de su providencia, reconoce aquello que conviene a cada uno y le proporciona cuanto sabe que el conviene. Es entonces cuando intervienen el extraordinario prodigio del orden inherente al Destino, cuando Dios con conocimiento de causa realiza alguna cosa que deja atónitos a aquellos que no tiene ese conocimiento. Y por mencionar lo poco que la razón humana es capaz de comprender de la profundidad divina, te diré que aquel que tú consideras el más justo y estricto observador de la justicia, puede parecer todo lo contrario a la Providencia omnisciente. Ya mi discípulo Lucano hizo notar que la causa de los vencedores se ganó el favor de los dioses mientras que la del vencido el de Catón. Por consiguiente, todo cuanto ves que sucede contrario a tus expectativas corresponde, en realidad, al orden apropiado a las cosa, aunque para tu modo de ver resulta una absurda confusión. Pero supongamos que exista alguien de tan buenas costumbres que, respecto a él, coinciden el juicio divino y el juicio humano; pero es muy débil de carácter y si alguna adversidad le sucede, dejará quizás de cultivar la rectitud que no le ha servido para conservar la fortuna. Por este motivo la sabia repartición de la Providencia le preserva a él, a quien la adversidad podría deteriorar, a fin de evitarle tener que sufrir pruebas difíciles para las que no está preparado. Supongamos la existencia de un hombre, completamente virtuoso, santo y próximo a Dios; la idea de que este hombre pueda ser alcanzado por la adversidad, sea la que sea, le parece a la Providencia tan injusta que no permite que sea turbado ni siquiera por la enfermedad corporal. Como dice, en efecto, alguien aún más eminente que yo:
Suele suceder también que a los buenos se les confiere el poder supremo para que los abusos de la maldad sean reprimidos. Algunos reciben de la Providencia suertes distintamente combinadas en función de la naturaleza de sus almas: a unos los acosa para que un largo período de prosperidad no los ablande; a otros los trata con dureza para que fortifiquen las virtudes de su alma con el uso y práctica de la paciencia. Hay algunos que temen, más de lo justo, aquello que son perfectamente capaces de soportar, mientras que otros toman a la ligera, más de lo apropiado, aquello que no son capaces de soportar; a todos estos la providencia los conduce a través de tristes pruebas al conocimiento de sí mismos.
Numerosos son los que han comprado un nombre respetable en este mundo al precio de una muerte gloriosa, algunos, inquebrantables ante la tortura, han dado al resto de los hombres ejemplo de que el mal no puede vencer a la virtud. No hay ninguna duda de que estas pruebas se producen justa y metódicamente, y en beneficio de aquello a los que les suceden. En realidad, de las mismas premisas se deduce el que los malvados reciban unas veces un tratamiento desagradable, otras uno conforme a sus deseos. De los desagradables, evidentemente, nadie se sorprende, porque todos están convencidos de que se los merecen –se trata de castigos que tienen la función tanto de disuadir a otros de hacer el mal como de corregir a aquellos mismos que os sufren-, mientras que los sucesos agradables constituyen para los buenos la prueba elocuente de cómo deben valorar este tipo de prosperidad que ven a menudo al servicio de los malvados. En este asunto, creo que esta disposición se explica también por el hecho de que pueden existir personas de índole tan irreflexiva e impetuosa que la privación de patrimonio podría empujarlas hacia el delito; la Providencia cuida de su enfermedad con un remedio apropiado: la abundancia de dinero. Este otro, al observar la propia conciencia manchada por vergonzosos actos y compararse a sí mismo con su condición afortunada, comenzará quizás a temblar ante la perspectiva de perder dolorosamente aquello cuya presencia le hace feliz; cambiará entonces su conducta y, ante el temor de perder su buena fortuna, abandona definitivamente la iniquidad. Otros han caído en una merecida ruina por efecto de una prosperidad indignamente vivida; a algunas personas les ha sido otorgado el derecho de castigar para que las gentes honradas puedan ser puestas a prueba y los malvados, sancionados. Pues de la misma manera que no existe alianza posible entre genes honestas y deshonestas, tampoco los deshonestos pueden entenderse entre sí. ¿Y cómo podría ser de otro modo cuando cada uno de ellos está en desacuerdo consigo mismo, la conciencia es torturada por sus delitos y a menudo cometen acciones que, una vez que realizadas, consideran que no debían haberlas llevado a cabo? De todo esto, la suma Providencia ha ofrecido con frecuencia el extraordinario prodigio de que haya malvados que hacen buenos a otros malvados. Algunas personas, en efecto, cuando les parece que se han cometido contra ellos mismos injusticias por parte de hombres aún más perversos, inflamados por el odio hacia quienes los han maltratado, han vuelto a la práctica de la virtud esforzándose en ser diferentes de aquellos a los que han odiado. En realidad la potencia divina es la única para la cual hasta los males se transforman en bienes, ya que, utilizándolos debidamente, logra obtener algún bien. En efecto, un orden bien preciso envuelve todas las cosas, de modo que si algo se aparta del lugar que le ha sido asignado en este orden, vuelve a caer siempre en un orden, aunque sea diferente, para que nada en el reino de la Providencia sea dejado al azar.
En efecto, al hombre le está vedado comprender con su inteligencia o expresar con sus palabras toda la ingeniosidad de la obra divina. Bástenos haber comprendido sólo esto: que Dios, creador de todos los seres, ordena y dirige a todas las cosas hacia el bien y, mientras se afana en conservar aquello que ha creado a su propia imagen, aparta todo mal de os límites de su dominio mediante el curso necesariamente determinado del Destino. De esto resulta que si observas la disposición de la Providencia, podrás apreciar cómo de todos aquellos males que, según la opinión general, abundan en la tierra, no existe en realidad ninguno en parte alguna. Pero veo que tú, hace ya rato abrumado por la dificultad del tema y cansado por la duración del razonamiento, aguardas algún alivio en la poesía. Bebe, pues, un poco para que, recuperado, puedas proseguir con mayor seguridad el camino hacia adelante. Boecio
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| Referencias:
El fragmento publicado corresponde al libro cuarto de La Consolación de la filosofía. De esta obra hay muchas versiones en español nosotros utilizamos la de Editorial Akal Clásica, Madrid. A quienes quieran investigar en fuentes que inspiraron a Boecio así como en las derivaciones posteriores de su pensamiento, les sugerimos leer la Enéada IV de Plotino (en Argentina se consigue, todavía, una excelente versión comentada del Padre Ismael Quiles: Plotino, Ed. De Palma, Bs.As. También es útil consultar el capítulo correspondiente a Boecio en La filosofía en la Edad Media de E. Gilson (Ed.Gredos. Madrid.). |