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Cartas a Gayo y Tito
-por Pseudo Dionisio Areopagita-

Las cartas del Pseudo Dionisio Areopagita a Gayo y Tito (Ref.1):

 

Carta I

Al monje Gayo

La luz hace invisible la tiniebla. Cuanto más luz haya menos visible es la tiniebla. Los conocimientos hacen invisible la ciencia del no saber. Tanto menos visible cuanto más sean los conocimientos. No consideres el no saber como privación sino como trascendencia. Entonces podrás decir con toda verdad que esto es lo más cierto. Ni la luz física ni los conocimientos de las cosas alcanzan a comprender la ciencia secreta del no saber ante Dios. Su tiniebla trascendente se oculta a toda luz, es inaccesible a todo conocimiento. Si alguno, viendo a Dios, comprende lo que ve, no es a Dios a quien a visto, sino algo cognoscible de su entorno. Porque El sobrepasa todo ser y conocer. Su Ser está más allá de todo ser. La mente no alcanza a conocerle. Negándole, pues, existencia como la nuestra, negando que nuestro conocimiento le conoce, este perfecto no saber, en el mejor sentido, es conocer a aquel que está más allá de cuanto se pueda conocer.

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Carta III

Al mismo Gayo

Llamamos repentino a lo que se nos presenta inesperadamente, como pasando de lo oscuro a la claridad. Con respecto al amor de Cristo a los hombres, creo que la Palabra de Dios emplea este término para indicar que el Supraesencial salió de su misterio y se nos ha manifestado tomando forma humana. Sin embargo, continúa oculto incluso después de esta revelación o, por decirlo con mayor propiedad, sigue siendo misterio dentro de la misma revelación. Porque el misterio de Jesús está escondido. No hay palabras ni entendimiento que lo descubran. Inefable por mucho que de El digan. Aunque lo entiendan, permanece Incomprensible.

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Carta IX

Al obispo Tito. Respuesta a sus preguntas sobre la casa de sabiduría, la crátera y su comida y bebida.

Querido Tito: No sé si San Timoteo se fue sin tener idea de los símbolos teológicos que yo expliqué. Ciertamente, en mi Teología simbólica le expliqué detalladamente los pasajes escriturísticos, referentes a Dios, que parecen más incomprensibles a la gente ordinaria. A las almas menos instruidas les parece imposible entender lo que por misteriosos y audaces enigmas los Padres presentan con inefable sabiduría. Ellos dan a conocer la verdad mística, inasequible a los profanos. Por eso, muchos continúan medio incrédulos ante la explicación de los divinos misterios, porque los contemplamos únicamente a través de los símbolos con que se los reviste.

Necesitamos desvelarlos, presentarlos en pura desnudez. Contemplándolos de este modo podremos venerar la "Fuente de vida" que brota dentro de sí y permanece en sí misma. Potencia única, simple, origen de su propia actividad y movimiento, indeficiente, conocimiento de todo conocimiento, pues no deja de contemplarse a sí misma.

Pensé ahora explicarte lo mejor que pueda a ti y a otros la gran variedad de símbolos sagrados de que se vale la Escritura para representar a Dios (Ref.2). Pues, vistos superficialmente, dan la impresión de ser increíble y monstruosa fantasía. Por ejemplo, con respecto a la supraesencial generación, la Escritura representa como emanación corporal de Dios. Al Verbo, como un soplo de aire saliendo de un corazón humano. Al Espíritu, como aliento espirado de la boca. Hablan las Escrituras del seno divino que engendra al Hijo de Dios y nos le representan en forma corporal. Se valen de imágenes como de árboles, hojas, flores, raíces, fuentes de agua borbollante, focos de luz refulgente y otras alegorías que revelan los misterios del Dios supraesencial. Con respecto a las formas inteligibles de la divina Providencia -sus dones, manifestaciones, poderes, atributos, moradas, situaciones, procesos, distinciones, unión-. Todo esto se representa de diversos modos en forma antropomórfíca o de animales -domésticos o salvajes-, de plantas y piedras. Revisten a Dios con atuendo femenino o armaduras de bárbaros. Le dan, como si fuera un artesano, atributos de alfarero y refundidor. Se le figura a caballo, en carros, sobre tronos. Se preparan refinados banquetes. Le imaginan bebiendo, embriagado, durmiendo, incluso como un borracho vulgar.

¿Y qué decir de su cólera, dolor, juramentos diversos, cambios de parecer, maldiciones, ira, los múltiples equívocos, sofismas que emplea para evadirse de las promesas hechas? Así por el estilo, guerras de los gigantes descritos en el Génesis, durante las cuales se dice que Dios tenía miedo de aquellos hombres prepotentes. Los confundió aunque estaban construyendo su torre, no para dañar a nadie, sino para salvarse a sí mismos. ¿Qué decir del consejo celebrado en el Cielo para engañar y hacer fracasar a Ajab? Los deseos apasionados del Cantar de los Cantares propios de meretrices. Se emplean, además, otras audaces alegorías sagradas para representar a Dios y poner de manifiesto lo que está oculto. Multiplicado lo que es indivisible y único, se puede dividir. Lo que no tiene forma ni figura adquiere múltiples facetas. De esta manera, uno es capaz de ver la hermosura envuelta en imágenes y descubrir que son verdaderamente misteriosas, propias de Dios y llenas de gran luz teológica.

No pensemos que en el aspecto externo estos símbolos dados tienen valor por sí mismos. Son la pantalla visible a través de la cual la gente ordinaria entiende lo inefable e invisible. Así sucede a fin de evitar que los profanos abusen de los más santos misterios. Pero les son realmente manifiestos a quienes de corazón buscan la santidad. Sólo éstos saben cómo desenmarañar los símbolos sagrados su imaginería infantil. Sólo ellos disfrutan de mente apta, sin complicaciones, y poder de contemplación para penetrar en la simple, maravillosa y trascendente verdad de los símbolos.

Además, téngase en cuenta que la tradición teológica ofrece un doble aspecto: lo inefable y misterioso, de un lado, y lo evidente y cognoscible, de otro. Lo primero se sirve del símbolo y requiere previo conocimiento. Lo otro es filosófico y emplea la demostración. Más aún: lo arcano se entrelaza con lo manifiesto. Lo último se vale de la persuasión e impone la veracidad de su aserto; lo segundo opera misteriosametne, sin que se pueda demostrar, y pone las almas fervientes en presencia de Dios. Por esto, los iniciados de nuestra tradición, lo mismo que los maestros de la Ley, no tuvieron reparo en servirse de símbolos con respecto a Dios. Vemos, de hecho, que los santos ángeles se valen de enigmas para presentar los sagrados misterios. Jesús mismo empleó parábolas para hablar de realidades divinas, y nos transmite el misterio de su actuación sobrenatural por medio del símbolo de una Cena. Justo era que se evitase la profanación del Santísimo por parte de la gente y también para que la vida humana, indivisa y en parte divisible, reciba de modo conveniente las luces del conocimiento divino.

De esta manera, el alma, en lo que tiene de puramente espiritual, sintoniza con el aspecto interior de las imágenes por cuanto tienen de más divino. Por otra parte, el alma, en la dimensión más pasional de su naturaleza, se ennoblece y eleva a las realidades más divinas a través de figuras bien combinadas y representaciones. El velo de los símbolos es muy conveniente, como en el ejemplo de aquellos que, instruidos en las verdades divinas de forma clara, sin paliativos, se forman alguna imagen que los lleve a comprender la enseñanza de lo oído.

Como dijo Pablo y lo confirma la recta razón, todo el mundo visible pone de manifiesto los misterios invisibles de Dios. Por eso, los teólogos, al considerar un tema, lo examinan a veces bajo una perspectiva social y legal simplemente; es decir desde un punto de vista humano e inmediato. Y otras veces bajo el aspecto sobrenatural y de perfección en cuanto tal. Por un lado, basados en las leyes que rigen las cosas visibles, y por otro lado, sobre las normas reguladoras de realidades invisibles. Según convenga mejor a los escritos sagrados y mentalidad de las almas. Porque no se trata de un tema meramente histórico, considerado en conjunto o en parte; es algo que se refiere a una perfección vivificante.

Tenemos, por tanto, que hacer caso omiso de prejuicios de la gente y ahondar santamente en el sentido de los símbolos sagrados. No debemos menospreciarlos, porque tienen su origen en las realidades divinas y llevan su impronta. Son imágenes claras de espectácuos inefables y maravillosos. Ciertamente que las realidades supraesenciales, puramente intelectuales, las luces divinas en general, adquieren visible colorido a través de símbolos. Por ejemplo, cuando decimos "fuego" para expresar la trascendencia de Dios o cuando llamamos "incandescentes" a ciertas frases que comprendemos de la Escritura. Más aún: nos valemos de variedad de símbolos para representar a las jerarquías angélicas que, como Dios, son inteligibles e inteligentes. Se emplean figuras ígneas. Esta misma imagen del fuego toma sentidos diferentes según que se aplique a Dios, más allá de todo entender, a su actuación providencial, que podemos entender, o a los mismos ángeles.

La imagen del fuego aplicada a Dios se puede entender unas veces a título de "causa", otras como "sustancia", en algunos casos como "participación". Bajo diferentes aspectos, según lo requiera la consideración de cada caso y lo determine una sabia adaptación a las circunstancias. Porque no se pueden emplear al azar los símbolos sagrados. Hay que explicarlos según convengan a sus causas, subsistencias, poderes, órdenes y dignidades de los signos representativos.

Pero no alarguemos esta carta demasiado. Examinemos el tema que tú me propusiste. Te digo que todo alimento aprovecha a quien se nutre; perfecciona lo que allí hay de falta e insuficiencia; proporciona remedio a la debilidad y fomenta la vida haciendo florecer y revivir. Hace la vida agradable. En breve, ahuyenta las penas y deficiencias dándole gozo y perfección.

Por eso la Escritura, justamente, celebra aquella bondadosa sabiduría, y realmente nada hay que se le pueda comparar. Ella prepara la crátera mística: pone primero algún almiento sólido, a continuación echa un poco de bebida sagrada y luego bondadosamente llama en alta voz a todos los que la necesitan.

Así, pues, la Sabiduría divina prepara doble nutrición: una sólida y estable, la otra líquida y fluyente. En una crátera prepara las bondades providenciales. La crátera, como es redonda y sin tapa, viene a ser un símbolo de la divina Providencia, que no tiene principio ni fin, que todo lo contiene y penetra. Sale de sí para abarcarlo todo y permanece siempre idéntica a sí misma. Persevera en su plena e indefectible subsistencia; como la crátera, continúa sólida y estable.

Se dice también que la Sabiduría se construyó una morada donde preparar los alimentos sólidos y las bebidas. Asimismo, la crátera. Cualquiera que mire con sentido sagrado las cosas divinas descubrirá claramente que la causa universal del ser y de la perfección es también Providencia perfecta que a todo se extiende gradualmente. La Providencia está en todas partes, todo lo abarca, está como inscrustada en todo ser; pero al mismo tiempo trasciende a todo ser, no es nada en nada. Sobrepasa todo ser. Existe, subsiste y permanece eternamente idéntica a sí misma. No experimenta cambio alguno, nunca sale de sí misma, ni abandona su propia morada, ni su trono inmóvil. Desde allí ejerce por su bondad la plenitud de su perfecta actuación providencial. Se abaja paso a paso a todas las cosas sin dejar de permanecer en sí misma. A la vez estable y en movimiento, y, sin embargo, no sometida a la ley del reposo ni del movimiento. Lo cual quiere decir que posee a la vez, natural y sobrenaturalmente, poder dinámico en su actividad providencial mientras que permanece inmóvil en su morada.

¿Qué significa el alimento sólido y el alimento líquido? Alabamos la generosidad de la Sabiduría, que da las dos cosas a la vez. A mi entender, el alimento sólido significa la perfecta identidad de un orden intelectual y seguro, gracias al cual, por el ejercicio de un conocimiento estable, poderoso, único, indivisible, a medida que nuestro entender se hace maduro (Ref.3). En tal sentido, San Pablo distribuye el alimento verdaderamente sólido que antes había recibido de la Sabiduría.

Alimento líquido significa el fluir desbordante que se extiende a todos los seres, y a los así diligentemente alimentados guía amablemente a través de lo vario, múltiple y diviso, al simple y estable conocimiento de Dios. Por eso, la palabra de Dios bien entendida se compara al rocío, agua, leche, vino y miel. Tiene poder, como el agua, para dar vida; como la leche, para dar crecimiento; como el vino, para reanimar; como la miel, para curar y evitar enfermedades.

Tales son, en efecto, los dones que concede la Sabiduría de Dios a quienes la buscan con generoso corazón. Así es como les prodiga desbordantes ríos de delicia inagotable. Cierto. ¡Auténticas delicias! Por eso alabamos la Sabiduría a la vez como origen de vida, alimento de niños, rejuvenecimiento y perfección.

Entendiendo "delicias" en el sentido sacro de la expresión, se puede decir que Dios, causa de todo bien, está "embriagado". Esto quiere decir que la mente no puede sondear la profundidad de tanto gozo. Mejor aún: para indicar la plena, inefable e infinita felicidad en Dios. En nuestro lenguaje, embriaguez tiene el sentido peyorativo de saciedad indebida, pues priva del uso de la razón y el buen sentido. Pero adquiere un significado mejor cuando se dice de Dios. Embriaguez que ha de entenderse únicamente como sobreabundancia inconmensurable de los bienes en Dios, Causa de todo. Se dice que a la embriaguez sigue la pérdida de razón y buen sentido, pero, hablando de Dios, hay que entender su inmensa sobreabundancia, por la cual conoce más de lo que cualquier entendimiento pueda conocer sin que a Él nadie le pueda plenamente comprender. Sobrepasa todo ser. "Ebrio" significa simplemente que Dios está más allá de todas las cosas buenas, más allá de la misma plenitud. Más allá de toda inmensidad. Tiene su morada por encima y más amplia que todo cuanto existe.

En el mismo sentido debemos entender el banquete de los santos en el Reino de Dios. Vendrá el Rey, dice y "los hará sentar a la mesa y les servirá". Lo cual indica cierta participación, común y armoniosa, de los santos en los bienes divinos, "congregación de los primogénitos que están escritos en los cielos y los espíritus de los justos perfectos", sin carecer de bien alguno. Aquel sentarlos a la mesa ha de interpretarse como el descansar después de muchos trabajos, como una vida sin pena, como un compañerismo con Dios en la Luz y en el país de la vida, como una plenitud de gozo santo, como inagotable reparto de bienes que colman de felicidad santa a todos los justos. Es el mismo Jesús quien los alegra, los coloca a la mesa, les sirve, les hace descansar de sus trabajos para siempre. Es Jesús quen les concede a manos llenas hermosura en plenitud.

Sé bien que me vas a pedir que te explique lo que quiere decir que Dios duerme y se despierta. El sueño de Dios significa que El es trascendente, y los seres, objetos de la divina Providencia, son incapaces de comunicarse con Dios directamente. Estar despierto es símbolo en Dios de que se cuida de velar por la conducta y salvación de aquellos que necesitan de El. Después de esta explicación tú puedes, por ti mismo, interpretar otros símbolos teológicos.

No me parece insistir en esto dando la impresión de que tengo algo nuevo que decir. Creo que he respondido bien a tu pregunta. Termino aquí mi carta porque ya he tratado estos asuntos en otro lugar. Te envío el texto completo de mi Teología simbólica, donde hallarás la explicación de Casa de la Sabiduría, Siete Columnas, Alimento Sólido, dividido en las ofrendas y los panes. En ese libro, explicado con mayor detalle, hallarás lo referente a la mezcla del vino, la embriagués de Dios y de otros símbolos que acabamos de mencionar. Yo creo que es una buena explicación de los símbolos, perfectamente de acuerdo con la sagrada tradición y la verdad de las Escrituras.

Bibliografía y referencias:

  1. Las Cartas de Pseudo Dionisio Areopagita aquí publicadas están incluidas, junto al resto de la obra del autor que ha podido conservarse, en sus Obras completas, editadas por la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1995.

  2. Esa cuidada edición de la BAC incluye, al pie de la carta IX, una extensísima lista de referencias bíblicas, con nombre de Libro y número de versículo, en las cuales se puede encontrar la simbología mencionada por Dionisio en su carta. No hemos publicado esas referencias, pero al menos queremos proveer al lector los títulos de algunos Libros en los cuales encontrar dicha simbología: Apocalipsis, Génesis, Deuteronomio, Hebreos, Isaías, Juan, Lucas, Salmos, Zacarías.

  3. En esta oración la versión de la BAC se torna gramaticalmente confusa. Pero carecemos de medios para definir si se trata de una imperfección de la traducción o de una característica del original.