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La metáfora y lo sagrado
-por Héctor A. Murena-

Acerca de Héctor Murena y su búsqueda:

Héctor Murena fue un intelectual argentino quien, como algunos otros -pero muy pocos- de sus compatriotas, recorrió un itinerario espiritual propio al margen de las modas filosóficas e ideológicas que se sucedieron a lo largo del siglo XX.

Como Macedonio Fernandez, Vicente Fatone y algunos más, Murena supo defender la dimensión discreta de su tarea como intelectual. Es decir, no dejó que la agresividad y el pavoneo propios de la intelectualidad contemporánea afectaran su intimidad de poeta y filósofo, ni permitió que los estereotipos conceptuales de la época debilitaran su vocación personal de fuerte matiz religioso y metafísico.

En lo que respecta a su concepción del lenguaje, Murena tomó distancia de la tendencia, propia de su siglo, a hacer del mismo el objeto de un análisis formal y en cambio buscó recuperar su dimensión interior y sagrada.

Por lo mismo valoró también la función mediadora del lenguaje, su cualidad 'angélica' podríamos decir, al pensarlo como puente entre cada hombre y aquella unidad primordial a la cual todo hombre está siempre referido, lo asuma concientemente o no. Unidad en la que reconoció el alfa y la omega del discurso pues en ella se sintetizan inefabilidad y sentido, silencio y verbo.

Así, no se interesó mucho por la 'estructura' del lenguaje y sus empleos en el discurso sino que, interpelado interiormente por la palabra misma en su condición de hablante y escritor, se preguntó por su sentido íntimo, su origen y su finalidad última.

Murena nació en 1924 y murió en 1975. Escribió y publicó novelas, cuentos, poemas, obras de teatro y varios libros de ensayo. El texto que aquí publicamos forma parte del conjunto orgánico de trabajos titulado 'La metáfora y lo sagrado' en donde el autor reflexiona sobre el lenguaje a la luz de los principios metafísicos de las grandes tradiciones. Principios que son, como dice el mismo Murena en el prólogo, "capaces de iluminar más a fondo que cualquier estética intelectual".

Hoy que vuelven a soplar vientos de espiritualidad en la cultura su obra está siendo revalorizada por muchas personas. De modo que nos ha parecido oportuno publicar algo de la misma aquí en La Escalera a fin de estimular su lectura. Si para consumir como otra curiosidad más del gigantesco supermercado de signos en que se ha convertido el mundo o para adentrarse en ella y auscultar su mensaje más profundo, dependerá de cada lector ..

Máximo Lameiro
maxlameiro@fibertel.com.ar
Bs. As. Enero 2007

LA METAFORA Y LO SAGRADO

Historia del silencio: El arte, se dice, responde a una necesidad. De otro modo no existiría. Pero ¿cuál es esa necesidad por la que el arte existe?

Tal pregunta ha suscitado a lo largo de los siglos todas las respuestas que el hombre puede dar: los artistas de Lascaux, Altamira, hicieron las pinturas rupestres para ofrendarlas a sus dioses o para convertir en mito a los animales que les servían de alimento o para expresar el poder y la destreza de la comunidad o por simple escapismo, diversión o porque pintar confería prestigio, etcétera. El resultado, tanto en ellos como en sus infinitos sucesores, ha sido una obra bella. La palabra bello, la pregunta por la esencia de lo bello, nos remite a la estética. Y la estética, con su mismo nombre, aiszesis sensación, nos indica dónde nos moveremos, el mundo de la obra, su estructura, sensaciones, vocabulario, percepciones.

Será conveniente procurar alejarnos de la estética. Para plantear nuestra conjetura -para darle otra vez vida, puesto que es antigua como la humanidad-, será conveniente, sin abandonar la obra, atender hacia afuera de ella, ver a qué tiende, qué necesidad la engendra.

He narrado una experiencia. La audición del recitado del Corán por un sheik actual. La emisión de cada versículo duraba quince, treinta, no más de cuarenta y cinco segundos. Cada versículo concluía en forma abrupta, comprimiéndose casi con dolor contra el final para transmitir la sensación física de aquello con lo que chocaba: el silencio. Y cada versículo estaba separado en la dicción del que lo seguía por un lapso de silencio más largo que cualquiera de las emisiones, señalando de tal suerte cuáles son las jerarquías entre silencio y sonido. Ese canto, esa voz, crecían para retirarse, abolirse, para que surgiera un silencio desconocido: la voz de Dios.

Recordé entonces otras músicas, pasadas, contemporáneas. La de Antón Webern, por ejemplo. Piezas intensísimas, también en ellas el silencio es capital. De distinta índole, mortuorio, turbio. Música que vuelve a presentarse ante el silencio como el criminal que retorna al lugar del crimen. Porque entretanto hemos intentado matar a la música, a Dios en nosotros. Pero el silencio sigue siendo el centro. Aunque de manera invertida, en el fin se repite lo mismo que en el principio. La música tiende a lo que es absolutamente no ella, su contrario total. La música es la historia de los intentos por reconstruir el silencio puro, sacro. El arte nace por necesidad de Dios.

La literatura, el arte de la palabra, nos muestra una lección similar. El universo es un libro, dice la sabiduría: todo libro encierra el universo. Hay que recordar, sin embargo, que el trazo negro de cada palabra se torna inteligible en el libro merced a lo blanco de la página. Ese blanco del que la palabra brota y en el que acaba por desaparecer es el Silencio primordial. Principio y fin de cada criatura, de todo lo creado, el blanco escribe para nosotros lo fundamental de toda escritura: el círculo de misterio que envuelve nuestra existencia. La calidad de cualquier escritura depende de la medida en que tramite el misterio, ese silencio que no es ella. Su esplendor es enriquecedora abdicación de sí. Y ésta resulta evidente en el tipo de lectura que permite y exige. La palabra portadora de misterio demanda una lectura lenta, que se interrumpe para meditar, tratar de absorber lo inconmensurable: pide relectura, consideración del blanco.

Arquetipo son las escrituras de las religiones, que invocan el fin de sí mismas, la restitución del secreto fundamental. Arquetipo, también, las grandes obras de la literatura, aquellas cuya esencia es poética, pues la metáfora, con su multivocidad, pluralidad de sentidos, dice que está procurando decir lo indecible, el silencio. Frente a éstas se alzan los textos utilitarios, que pueden leerse con rapidez y que, si por un lado nos fuerzan a salir de nosotros mediante la diversión o la información, por otro nos empobrecen radicalmente al negar el blanco, el silencio, el misterio.

A lo largo de los siglos la literatura se vio corrompida de modo cada vez más profundo por ese espíritu utilitario. La novela sin poesía oscureció a la poesía. El espejismo aritmético llamado sociología reemplazó al reverente vacilar, escuela de vacilación, llamado filosofía. Hoy tocamos límites. La babelización de la escritura indica aguda nostalgia mala del silencio que la gran obra por naturaleza encierra y busca. La catástrofe de la letra escrita testimonia en forma invertida que la literatura surge de la necesidad de Dios.

Héctor A. Murena
Julio 1973.

Referencias: La metáfora y lo sagrado fue publicado por la editorial Tiempo Nuevo en un pequeño volumen que contiene también otros trabajos de Murena afines con aquél. Recientemente el Fondo de Cultura Económica ha publicado una extensa antología de textos del autor con el título Visiones de Babel (FCE, México).