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Vudú y liberación |
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"Los expertos en el arte hierático, utilizando la simpatía que une a las cosas visibles con los Poderes Invisibles, y habiendo comprendido que todas las cosas se encuentran en todas las otras, establecieron la Ciencia Sagrada"
El pueblo que hoy conforma la república de Haití fue, en su origen, arrancado por la fuerza de tierras africanas, y trasladado a América a trabajar como esclavo en la colonia francesa conocida entonces como Saint Domingue. En ese tiempo, mientras los colonos se enriquecían, la corona francesa y la Iglesia Católica le aportaban a los esclavistas una justificación moral de su accionar al recubrir el mismo con una finalidad misionera: la conversión de los esclavos 'idólatras' y 'fetichistas' a la fe católica. Los esclavos carecían de derechos y vivían en condiciones que cabe denominar, en un sentido muy estricto y sin efusión retórica, infra humanas. Registros de la época, tomados por hombres blancos, y que no son sospechosos de parcialidad puesto que apoyaban la esclavitud, indican que la vida de un esclavo hombre, joven y sano, duraba, desde que llegaba a la colonia, aproximadamente diez años. La religión católica que les era impuesta por decreto real, consistía fundamentalmente en el rito del bautismo; y, de hecho, fuera del cumplimiento formal de esa obligación, administrada por el clero local, no recibían ningún tipo de instrucción y orientación propiamente espiritual. De más está decir que tampoco recibían ningún tipo de educación y que la única razón de ser de su existencia era trabajar sin descanso para enriquecer a sus amos. Sin embargo, los tratantes de esclavos, para quienes no existían diferencias de ningún tipo entre los 'negros', les habían vendido a los colonos, mezclados con la gente 'común', a ciertos hierofantes. Es decir, hombres y mujeres que, a pesar de su total desnudez e impotencia exterior, portaban consigo una sabiduría sagrada y conocimientos en el arte de operar con realidades divinas. Esas personas, que en su tierra natal habían sido sacerdotes, se encontraron en la colonia reducidos a un estado de miseria y explotación difícil de imaginar para el hombre de hoy. Entonces, hicieron aquello que, por su misma condición de iniciados, estaban destinados a hacer: se dedicaron, tan pronto como pudieron y en la medida de sus escasísimas posibilidades, a restablecer y transmitir los elementos esenciales de su sabiduría y su arte sagrado.
El fruto de esa recuperación, reconstrucción, vivificación y transmisión de la antiquísima sabiduría sagrada del África, es el vudú haitiano. Y ese vudú les devolvió a aquellos esclavos nada menos que la libertad.
![]() Era una noche oscura y densa; cortada, a cada momento, por relámpagos que iluminaban toda la selva; la espesura de la arboleda permitía mantener a la asamblea a cubierto de profanos y enemigos. El fuego ardía y bañaba de luz dorada al gran houngan (ver vocabulario abajo) que permanecía cerca del mismo para ser visto por todos los asistentes. Los hombres alrededor ejecutaban, con su voz y sus tambores, una música rítmica y grave. El templo, improvisado en un claro del bosque, ese 14 de Agosto de 1791 en Bois Caiman, era muy simple; pero contenía las analogías esenciales para la consumación del rito. El axis mundi estaba representado por un tronco de palmera alrededor del cual se había fijado, siguiendo una forma espiralada, una piel de serpiente. Algunos hierros, fardos de pasto y piedras bastaban para señalizar el espacio que inmediatamente habría de ser consagrado. Zamba Boukman, el gran houngan, el hierofante, dibujó en la tierra, con maíz molido, el símbolo vè-vè de Papa Legba, y luego otros símbolos vè-vè. A continuación ofreció su asón a los cuatro puntos cardinales mientras recitaba fórmulas en el lenguaje de los iniciados. La mambo Celine Fatiman tomó los instrumentos sacrificiales, un cuenco de madera y un gran cuchillo, y los orientó, de igual modo, hacia los cuatro puntos cardinales. Finalmente, dos hombres fuertes acercaron el cerdo, que colgaba de un palo atado por las patas, y también éste fue orientado hacia los cuatro puntos. Luego, Boukman se prosternó y besó la tierra; los otros participantes lo imitaron; y al levantarse invocó a los grandes loas, los misterios divinos, y pidió socorro a Bon Dié, el Principio supremo desde el cual irradian todas las teofanías, para que se manifestara a través de aquellos. Con una voz gutural tan intensa como el grito de un gran animal herido, Boukman oró:
Bon Dieu qui fait soleil, Lo cual significa aproximadamente:
Buen Dios que has creado el sol que nos da la luz, Las señales fueron inmediatas: los loas aceptaron la ofrenda y las oraciones, y se mostraron prestos a descender sobre el mundo de los hombres y acompañar su lucha. Entonces, el sacrificio tuvo lugar. La sangre del animal, ya divinizado, fue bebida por el gran hierofante y a su turno todos los asistentes mojaron sus labios con ella. Así, todos fueron exaltados por encima de su condición ordinaria. Entre los presentes se encontraban Jean Francois Papillon y Georges Biassou, quienes llegarían a revelarse muy pronto como hábiles militares y conductores. La guerra había sido declarada. El camino hacia la libertad acababa de comenzar. Pero la victoria ya estaba asegurada porque esos hombres no luchaban solos. A diferencia de los colonos, cuya religión no era sino, en esas tierras, un instrumento al servicio de sus crímenes, esos esclavos luchaban junto a unos seres divinos tan reales, tan vivos y tan cercanos a ellos como sus mismas almas. Sólo tenían machetes, azadas y palos. Sin embargo, la fuerza espiritual que los embriagaba y la certeza de la asistencia divina los hacían mucho más temibles que los feroces colonos con sus armas de fuego. A la semana siguiente se lanzaron sobre sus opresores y los exterminaron.
La reacción de los esclavistas no se hizo esperar. Por eso, tras el asalto inicial, siguieron doce años de dura y complicada lucha que culminaron con el establecimiento de una república independiente. El primero de Enero de 1804, Saint Domingue, ex colonia francesa, recuperaba su antiguo nombre, Haití (Ayiti), y se establecía como la primera república negra del mundo. Una república que, a diferencia de otras que se independizaron en el continente americano, no estaba conformada por una elite colonial que se había separado del poder central, sino por ex esclavos que se habían liberado a sí mismos.
![]() Pues, se trata allí de una historia sagrada. Y una historia sagrada desborda los datos empíricos considerados en su significación social y política, puesto que los integra al plano del alma y su relación con el mundo del espíritu. La historia de la fundación de Haití es la historia del crimen por el que muchos hombres, mujeres y niños, fueron arrancados de su entorno y de sus raíces, tanto humanas como divinas, y sometidos a la esclavitud. Así como de la dura recuperación de esas raíces, la valiente lucha por la libertad y la liberación final. Tal vez nuevas y más sutiles formas de liberación le esperan a Haití todavía. Pero, cabe ser esperanzado mientras no vuelva a perder sus raíces; a pesar de los permanentes intentos, por parte de los actuales colonizadores de conciencias, de inducirle un sentimiento de vergüenza de sí mismo, y negarle el reconocimiento de su identidad y su vida espiritual. Que Haití aparezca ante la mirada exterior como una tierra insegura y pobre, con una democracia inestable y profundas falencias sociales, no es excluyente de lo que decimos. Por supuesto la situación de Haití es desgraciada en muchos aspectos; eso no lo negamos; lo que negamos, y rechazamos enfáticamente, es que esa desgracia constituya la medida del valor de ese pueblo y de su espiritualidad originaria. Pero, si el hombre de los países desarrollados o en desarrollo, un hombre que tiene poco, espiritualmente hablando, de lo cual enorgullecerse, ya que su sentido de identidad, sus deseos y sus parámetros de valor están casi totalmente definidos por las estrategias de mercado que dirigen su vida sin que lo sospeche, si ese hombre, en lugar de mirar con aprehensión la realidad de aquél pueblo, lo observara con más detenimiento, humildad y apertura intelectual, tal vez descubriría que tiene algo que aprender del mismo... En ese caso, el hombre del mundo desarrollado en lugar de descalificar a Haití o lanzarle una limosna desde la torre de marfil de su falso ego, podría mirarlo de un modo más despojado de prejuicios. Y así llegaría a brindarle aquello que siempre le negó: un genuino reconocimiento de su identidad, su modo de ser y su espiritualidad. Y digamos, para terminar, que esa falta de reconocimiento, esa negación del reconocimiento, es la esencia del esclavismo. Pues, este no consiste tanto en la explotación abusiva y violenta, que es, más bien, su efecto, sino en la arrogancia omnipotente por la que alguien se quiere a sí mismo absoluto frente al otro. Ya que esa autoafirmación absoluta quiere ser todo. Pero no de modo incluyente, como la absoluta verdad, sino de manera excluyente. Por eso necesita negar al otro, reduciéndolo a la dimensión de un mero objeto o bien aniquilándolo. Máximo Lameiro
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Referencias: Vocabulario:
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