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Del asombro, el ser y la caridad
-Máximo Lameiro-

"M'illumino d'inmenso"
G. Ungaretti

Se ha dicho que el asombro es el fundamento y el punto de partida del filosofar. Cierto. Pero el asombro también es, a nuestro juicio, el núcleo de toda experiencia estética; y es asimismo la esencia de la caridad.

Ahora bien, el asombro del que hablamos no está referido a lo extraordinario sino que alude a algo más originario. Ese asombro no es la respuesta frente a cosas, sucesos o seres que nos resulten sorprendentes debido a sus características inusuales. El asombro originario es el asombro concomitante a la conciencia del milagro del ser.

El asombro originario es asombro por el milagro de que lo que es, sea. Es asombro por el ser que se epifaniza en todo lo que es.

Y es, para nosotros, ese asombro originario el que nos habla en el poema de Giuseppe Ungaretti que utilizamos de epígrafe. Este poema infinitesimal, titulado "Mañana", consta de un solo verso de cuatro palabras que en su contracción equivalen a dos: "m'illumino d'inmenso"

(Dicho sea de paso, no está de más preguntarse ¿cómo puede un poeta decir tanto con tan poco?, cuando en el parloteo constante de la sociedad se derrochan a diario cientos de miles de palabras para no decir nada...)

Me ilumino de inmensidad... Pero ¿de qué mañana, qué luz y qué inmensidad nos habla el poeta? La mañana a la que alude el título del poema, ¿es la mañana diurna, la de todos los días? ¿O ahí la mañana simboliza un comienzo de otro tipo? ¿Se refiere la mañana a 'el mañana' en el sentido del porvernir? ¿Y de qué inmensidad nos habla? ¿Esa inmensidad se pierde en un horizonte sensible o se refiere a lo infinito metafísico? ¿Y el iluminarse del poeta? ¿Ilumina lo inmenso al poeta a partir de sí mismo o lo alcanza desde algún otro lado? O tal vez, de modo más ordinario, ¿no serán esa iluminación y esa inmensidad sólo la expresión eufórica de un sentimiento súbito de esperanza en la mañana de un día cualquiera?

Es claro que si logramos reconocer en el poema la voz del asombro el intento de contestar a esas preguntas deja de tener sentido. Pues el asombro que ahí se expresa es algo esencial. Y como tal es anterior a las distinciones que introduce el pensar discursivo en cuanto tematiza y problematiza la experiencia estética y su expresión.

Pero, en realidad no hace falta ser poeta o artista ni filósofo para experimentar ese asombro originario. Pues hay asombro en la raíz misma de lo humano. El asombro es una experiencia radical

Lamentablemente, en la vida de cada uno la cultura se ocupa desde muy temprano, desde la más tierna infancia, de silenciar la experiencia originaria del asombro hasta llegar en muchos casos a un punto sin retorno en el cual su posibilidad está prácticamente destruida. Pues desde pequeños se entrena a los hombres y a las mujeres para desear, soñar, actuar, conceptualizar, planificar, proyectar, lograr, luchar, disfrutar y consumir... Todo menos percatarse de su propio misterio y del misterio del ser que los funda, los envuelve y los rodea.

Da la impresión de que esa cultura sólo puede funcionar a costa de la negación del misterio del ser y del asombro que necesariamente lo acompaña. Así el asombro no es algo que pueda ser cultivado sino, en todo caso, es algo que debe ser recuperado porque se ha perdido en el curso de la adaptación al medio social.

A partir del asombro del ser se inicia el camino del filósofo, del artista y también del buscador espiritual. Pero, como decíamos al comienzo, ese asombro, esa sensibilización hacia el ser, es también el fundamento de la caridad.

Pues la caridad implica el reconocimiento del ser de los seres. Y toda forma de caridad que no contenga íntimamente esta referencia al ser de los seres a los que se dirige, está viciada siempre de cierto grado de falsedad. Y eso independientemente de que pueda, en algunas circunstancias, servir a un propósito legítimo.

La caridad puramente exterior -ya sea que se funde en razones religiosas, cívicas, ideológicas, morales o subjetivas- no supone esa sensibilización al ser por el ser mismo, y por lo tanto no deja de ser una manipulación impuesta de modo voluntarista sobre aquellos a quienes se dirige.

Caridad, caritas, proviene de carus y alude a lo amado y preciado. Incluso remite también a lo 'caro', costoso, de alto precio. Pues para la caridad el ser vale. Y es ese valor inherente al ser en sí lo que la impulsa en dirección al mismo orientándola hacia su cuidado, su defensa y su plenificación.

Todo esto, en definitiva, está contenido en la enseñanza central de la teología juanina: "Dios es amor". Pues si Dios es amor, entonces, el amor es el ser de los seres que son; y amarlos es corresponder a ese ser que es su ser.

Máximo Lameiro
maxlameiro@fibertel.com.ar
Mayo 2007