| [ Home ] | [ Theosophia ] | [ Escatología ] | [ Budismo ] | [ Cuadernos de observaciones ] | [ Textos y recensiones ] | [ Música sacra ] | [ Sitios interesantes ] |
|
Diálogo entre la bestia y el ángel |
|
La publicidad proclama: “tu deseo, consumidor, es la medida de todas las cosas”. El gran sofista Protágoras decía: “El humano es medida de todas las cosas”; a lo que Platón replicó: “Nada imperfecto es medida de cosa alguna (República, VI, 504c) y Dios es la medida de todas las cosas” (Leyes, IV, 716c).
Tres filosofías distintas que inspiran tres modelos de acción diferentes. La primera –la de los anuncios de la tele- expresa una atribución sospechosa, el halago que regalaba la zorra al cuervo atribuyéndole una bella voz para que, graznando, soltase el queso. Lo que espera el publicista del consumidor es que queme la calderilla de sus euros o –peor- que funda el oro de su tiempo. El consumidor tendría que empezar por preguntarse si de verdad “su” deseo es suyo, si no es estrés y ansia fabricados por la misma industria que –más que satisfacernos- sólo nos anestesia por un rato. No tengo que objetar nada al relativismo humanista que fija el anthropon (el animal que mira al cielo) como metro de todo, siempre y cuando el sofista me ofrezca una definición suficiente de lo humano, o sea proyectada al infinito, es decir, siempre que comprenda la indefinición de lo que somos. ¿Cuál es nuestra medida? ¿Podemos asignarle un límite a la capacidad creadora e inventiva del humano? ¿Nos cansaremos de desear alguna vez? Lo diré de otro modo, el ser humano no es un dato ni una medida fija, sino un problema para sí mismo. En primer lugar, porque no sabe muy bien lo que quiere y, en segundo lugar, porque lo que dice que quiere: la salud, la eternidad, la paz, el amor, la felicidad, están mucho más allá de todas sus fuerzas y de todas sus posibilidades. Si el ser humano se hubiera sentido bien en la naturaleza y con su naturaleza, nunca habría comido del árbol de la ciencia del bien y del mal, ese árbol que según la “Búsqueda del santo Grial” era completamente blanco, como el ciprés blanco de los fragmentos órficos que tanto impresionaron a Platón. Para nosotros, el paraíso no es ni un santuario al que podríamos alguna vez volver, ni una exótica playa de vacaciones permanentes y exclusivas que el dinero pueda pagar. El paraíso sólo es para nosotros un proyecto histórico fabricado artificialmente con sudor, lágrimas, renuncias, sufrimiento y trabajo. Mientras se realiza, es bueno descansar de no ser más que hombre, sintiendo como medida propia ese más allá del propio ángel que se lleva dentro, y que nos permite sentir que siempre valemos más que lo que somos. Con el ángel pasa lo mismo con la libertad, no es un dato científico, sino un imperativo de creencia y de creancia, doctrina de almario, poética religiosa. ¿Existe el ángel?, ¿existe la libertad? Ni la libertad ni el ángel, ni la libertad del ángel o el ángel de la libertad expresan un dato, sino una obligación. Lo que debemos ser, señores de nosotros mismos, en lugar de esclavos de los caprichos y monigotes sacudidos por pasiones. Si hubiésemos tenido bastante con la existencia, con el monigote pecador que somos de hecho, nunca habríamos abandonado “el paraíso” de las bestias. Por supuesto, aquello nada tenía de paraíso, era más bien una merienda de fieras. Platón creía que los hombres y las mujeres sólo podrían ser felices en una ciudad perfectamente justa. Simone Weil en un escrito marsellés sobre “Dios en Platón” (1940-1942) define al “divino ateniense” como un verdadero místico, un místico de la justicia. La creencia fundamental de Platón fue ésta: que la justicia por sí misma vuelve bueno al que la posee, y esto tanto si es manifiesta como si está oculta a los dioses y a los hombres. Alguna de las grandes parábolas bíblicas también expresa esta trágica posibilidad: que el justo sea menospreciado por la sociedad y abandonado incluso por Dios (o por su creación, la naturaleza). Para Platón, no obstante, no hay forma más perfecta de culto a Dios, que la de llevar una vida justa, a contracorriente. Y sin embargo, es un hecho que los seres humanos aspiran a ser dioses, si es que no se creen ya inmortales en el fondo de su alma o de su inconsciente, incluso podríamos ver en esa extraña característica la diferencia específica de lo que somos frente al resto de las especies. El resto de las bestias se ajusta tan requetebién a su naturaleza, que ellas no necesitan ser justas ni virtuosas ni excelentes, sólo adaptarse a su entorno mientras éste cambia, entorno del que son, casi, un mero producto y elemento. Nosotros producimos nuestro entorno como el caracol segrega su concha. Y la forma de la concha no está predeterminada, debemos elegirla. Por eso somos el colmo de la ambición, un ser sin medida, o cuya medida y colmo están más bien en Dios, ese Soberano Bien que por fin nos completa y satisface del todo, y al que es imposible comprar, ni con dineros ni con halagos. Hay –desde luego- algo de inevitable soberbia (hybris) en toda creencia religiosa que postule o reclame la atención de Dios. Llamémosle dignidad. El colmo del desprendimiento o de la abnegación sería entonces una religión sin Dios, como ciertas especies de budismo o de taoísmo… Yo prefiero situar en mi centro el puro misterio de la existencia. A fin de cuentas, como cantaba Leibniz, ¿por qué hay ser en lugar de nada? Lo que impide al alma asimilarse a Dios por la justicia no es sólo el deseo desaforado de groseros placeres. Platón recuperó seguramente una vieja imagen pitagórica al comparar la parte sensible y carnal del alma, sede del deseo, con un tonel, que en algunos casos tiene fondo y en otros está agujereado. Aquellos con un tonel anímico agujereado están siempre pendientes de llenarlo, agobiados por verter en él todo lo que pueden, sin dejar de sentirse vacíos (Gorgias, 493ª-494ª). Pero un obstáculo aún mayor que los apetitos de la carne es la sociedad. Savater escribió una vez que los peores de nuestros pecados nos vienen de ser demasiado sociales (demasiado borreguiles y gregarios) más que de ser antisociales. Por eso los peores crímenes se cometen en nombre de la “religión” o en nombre del “pueblo”. Como todo el mundo tira piedras yo aprovecho para ser cruel, para disfrutar con ese placer de la crueldad, tan antiguo… Cuando nos confundimos con esa masa de fieles fanáticos, nos desembarazamos de nuestra responsabilidad moral, entonces podemos cometer los mayores crímenes, y si alguna vez la mirada del juez nos individualiza y devuelve la libertad y la responsabilidad siempre podré contestar: “yo era un mandado, uno de más”… “obedecía órdenes”… “todos callaban”… “el Iluminado, el Fürher, el Caudillo, me mandaron que lo hiciera”… “ me impusieron el silencio, ellos son los culpables de todo”… “yo estaba asustado, aterrorizado” … Siempre hallaremos a un cireneo que cargue con la culpa, otros habrán sido los que habrán disparado con algo balas de verdad, yo sólo con balas de fogueo. Todos los idealistas debemos ser críticos con la sociedad en que nos ha tocado vivir, aun en el caso de que sea la mejor de las posibles, dada la falible condición humana y su historia universal de errores, atropellos y asesinatos. Casi se podría decir que tenemos la política que nos merecemos, si no fuera porque parte de nuestra condición es la de querer ser perfectos como dioses y muchos de nuestros políticos se comportan peor que asnos, peor que zorros, peor que lobos. Los viejos les echan la culpa a los jóvenes; los jóvenes, a los viejos. Lo cierto es que la opinión de la multitud fija las enseñanzas básicas respecto a las costumbres, o sea, la moral dominante es la de la mayoría que sólo siente en la norma un obstáculo para su arbitrio (de ahí la arbitrariedad resultante). Y la multitud salta al son que le toca el publicista, canta sin cesar su proclama: “¡porque tú lo vales!”. ¿Qué ambición espiritual, qué aspiración de superación, que gusto por ser ángel y –por decirlo a la platónica- que ansia de divinización tendrá un sujeto cuya conciencia y cuyo inconsciente han sido moldeados industrialmente con medios “sofisticadísimos” (palabra que curiosamente procede de la misma raíz que “sofista”), para que considere que la perfección se halla sobre todo en la apariencia de un “cuerpo danone”, enlatado en un “deportivo tuneado”, colocado por entupefacientes en la insensibilidad, con un alma indolora y despiadada, y que la suprema dicha se halla en un orgasmo múltiple auxiliado por la viagra? Quien aparece en el fondo de esa caverna mediática no es Dios, sino su mascarada, o sea, el Diablo, gran ingeniero de comunicación de masas, organizador de verbenas, saraos, candilejas y sombras, cirujano plástico, abortista confeso. La epopeya del hombre instintivo, del hombre en quien predomina lo oscuro, telúrico y subconsciente, es Satán quien la canta. ¿Es incomprensible que nuestros hijos –como los vampiros- vivan de noche y duerman de día? Llaman bueno a lo que complace al animal, y malo a lo que al animal repugna. Y ni siquiera se dan cuenta de la gran diferencia que hay entre la pesada esencia de lo necesario, y la graciosa y espiritual esencia del bien. Dios habita en el alma humana, pero escondido. Somos cuerpo e instintos, somos almas y deseos, pero también somos ángeles. Nuestra personalidad es un diálogo entre la voz instintiva de lo subconsciente, la consciencia y el Ángel. Eugenio d’Ors –un grandísimo filósofo injustamente olvidado- se dio cuenta mientras discutía con el vitalismo, el pragmatismo y la biología de su época: la razón es mejor que la vida y una vida indigna no vale nada. “La ciencia, lo ideal, no es toda la realidad, pero sí es una parte, la mejor parte de la realidad, la que hay que cultivar y extender”, “la conciencia no es todo el alma, pero es lo mejor del alma”. El Espíritu, en suma, no debe pretender excluir la Naturaleza, sino “colonizarla”, “espiritualizarla”. He aquí la tarea infinita de la Cultura: la superación del hiato entre lo histórico y lo eterno, el viaje hacia la región sobreconsciente en que el Ángel vuela y manda.
José Biedma López
|