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Aporías del ecumenismo interreligioso |
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"Sabemos, pues, que hay un sol distinto del sol aparente Vivimos hoy una época en la cual las religiones, si bien están más extendidas y vivas de lo que las ideologías seculares desean, ya no identifican a la cultura en sí misma tal como lo hacían antaño cuando cada una de ellas representaba una civilización o un pueblo, entendido este último como un mundo en sí mismo. Hoy, al menos en la mayor parte del planeta, las religiones ya no representan a la cultura como tal sino sólo a ciertos colectivos humanos dentro de la misma. Colectivos que están obligados a convivir unos con otros en el seno de una sociedad pluralista que no sólo no reconoce una religión única sino que además tiene cierta aversión hacia la idea misma de absoluto. Por todo ello, porque las religiones ya no tienen primacía cultural unas sobre otras y porque la sociedad que las aloja está organizada sobre bases institucionales e intelectuales no religiosas -e incluso en algunos aspectos opuestas a las de la religión- hoy el ecumenismo interreligioso está a la orden del día. Ese ecumenismo está hoy, podría decirse, "impuesto" por las condiciones generales de la sociedad. Ya que constituye una necesidad asociada al doble proceso de secularización de la cultura y globalización de las interacciones humanas. Y como no podía ser de otra manera, todas las religiones a través de sus representantes apoyan y trabajan en favor de dicho ecumenismo pues de no hacerlo se alejarían irremediablemente de la gente y del mundo en el cual les toca vivir. En este sentido el ecumenismo es un fenómeno político. Pues el ecumenismo es algo muy distinto tanto a lo religioso en sí como a la simple convivencia entre religiones. Y es sin duda algo muy distinto a la búsqueda de la verdad una que atraviesa y funda las diversas religiones. Decir que se trata de un fenómeno político no implica hacer una calificación negativa, pero sí implica situarlo en el terreno que le corresponde. Pues al ecumenismo sólo le interesa el reparto de la representatividad de las religiones en esta sociedad pluralista. Ya que hoy por hoy para cada religión el reconocimiento de la representatividad de las otras religiones está asociado a la conservación de la representatividad de la propia. Pero, porque ese ecumenismo es a la vez una necesidad y una obligación digamos 'histórica', cabe preguntarse si los representantes de las religiones lo han realizado interior y verdaderamente o sólo lo buscan y tratan de alcanzarlo de modo voluntarista y como mejor pueden sólo porque así lo exigen los tiempos. Dicho de otro modo ¿la voluntad ecuménica -y asumimos aquí que ésta existe y es sincera- va acompañada de una verdadera unidad espiritual entre las religiones? Si pensamos que cabe hacerse esa pregunta no es por puro gusto de cuestionar, sino porque así como se observa día a día que las religiones expresan su vocación ecuménica y trabajan con ahínco para que ese ecumenismo se extienda y se perfeccione, también se observa que todas siguen manteniendo su exclusivismo con respecto a la verdad de sus doctrinas. Los propios ecumenistas se han planteado y se plantean la cuestión de sus diferencias en el campo de la verdad. Y en general de sus explicaciones y debates surge, lo adviertan sus autores o no, que casi todos ellos realizan una asimilación entre el exclusivismo de la verdad doctrinal y la identidad de la religión. Hay ahí un nudo bastante problemático... pues si la identidad de la religión es asimilada al exclusivismo de su verdad doctrinal, entonces puede haber convergencia interreligiosa en el plano de la convivencia exterior y en el mejor de los casos de la fraternización afectiva, pero nunca la habrá en el plano de la verdad. Ya que a partir de dicha asimilación la búsqueda de convergencia en el plano de la verdad será vivida siempre como una amenaza a la identidad y singularidad propia de cada religión. Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿Es legítimo asimilar identidad religiosa y exclusivismo doctrinal? Y también nos preguntamos si la actitud de buscar la unidad en la convivencia y el servicio pero no en la verdad... ¿no tiene, acaso, consecuencias que atentan contra la plena realización del ecumenismo? Responder clara y exhaustivamente a esas preguntas supera nuestras posibilidades personales, pero aquí nos basta con dejarlas planteadas y con avanzar algo, por poco que sea, en el debate de los problemas implicados en ella. En los hechos, y a pesar del tan noble como notable esfuerzo de las religiones por alcanzar un ecumenismo interreligioso legítimo y auténtico, se constata que mientras las religiones se declaran en contra de la separación e intolerancia religiosa y están prontas a reconocer la dignidad 'espiritual' de las demás, al mismo tiempo todas se mantienen aferradas a las causas esenciales y profundas de la discrepancia y de la desautorización recíproca entre ellas. Por ejemplo, el Cristianismo y el Islam hacen emotivas declaraciones acerca de las raíces históricas, culturales y espirituales que los unen entre sí, a la par que en sus contenidos doctrinales se arrogan cada uno un lugar único y "definitivo" con respecto a la revelación de la verdad, con lo cual niegan tácitamente -y muchas veces de modo explícito- ese mismo lugar a la respectiva religión "hermana". Pero lo mismo podría decirse de los grandes caminos espirituales orientales como, por ejemplo, el budismo en sus diversas ramas. Si bien éstas han sido siempre menos belicosas que sus pares occidentales, también reclaman cada una para sí -y le niega a sus semejantes- el significado pleno de la enseñanza, considerando cada escuela o rama a las demás como interpretaciones "provisionales" y parciales del Dharma budista. Y eso en el mejor de los casos, es decir cuando no se acusan recíprocamente de herejía. De modo que se reconoce claramente en la exclusividad doctrinal con respecto a la verdad un gusano de conflicto y división que horada y debilita los mejores esfuerzos ecuménicos realizados en el orden de la convivencia y la fraternidad. Pues ¿qué alcance puede tener una vocación de convivencia que al mismo tiempo niega la plenitud de la verdad a la religión del otro, es decir le niega a este otro aquello que en tanto hombre religioso es precisamente su bien más preciado y el fundamento mismo de su vida? Por otra parte, la negación de la verdad de una religión que no es la propia es ejercida por los representantes de las religiones muchas veces de modo indirecto y sin ninguna intención polémica. Como cuando se acepta el valor "espiritual" de una religión ajena a la par que se niega el significado trascendente a los símbolos y doctrinas en los cuales se expresan verdades fundamentales de dicha religión, es decir de la ajena. Esta última modalidad de desconocimiento recíproco es muy común. Y no depende de la intención de los que incurren en ella, exceptuando los casos puntuales de perversión y fanatismo que también los hay, sino que más bien parece inherente a cierto tipo de comprensión -una comprensión literalizante diríamos- de las doctrinas religiosas, de las ajenas y de las propias. Veamos algunos ejemplos, sólo algunos entre muchos, de negación de la verdad de las otras religiones realizada por quienes por otra parte declaran sinceramente su vocación por el ecumenismo: {Nota ad hoc: los ejemplos que siguen no son hipotéticos sino totalmente reales y fueron protagonizados por representantes legítimos de las diferentes religiones. Pero hemos evitado identificarlos directamente porque nuestra intención no es de denuncia ni de descalificación personal ni institucional, sino sólo enfatizar que las dificultades reales del ecumenismo están ligadas a la problemática de la verdad religiosa, más allá de las buenas intenciones de todos los involucrados.}
En todos estos casos se está negando, no por mala intención sino por una tendencia a la literalización y el exclusivismo propia de todas las ortodoxias religiosas, la verdad expresada en los símbolos y enseñanzas de la religión ajena. Veamos:
Y los ejemplos podrían multiplicarse... Pero, en fin, este tipo de cosas son sobradamente conocidas por cualquiera que haya penetrado un poco en el mundo de las doctrinas y culturas religiosas, de modo que no tiene sentido insistir sobre ellas. La cuestión que todo este desentendimiento recíproco entre las religiones nos plantea es la siguiente: ¿Puede haber un ecumenismo sólido entre religiones que asignan cada una a sus propias doctrinas y símbolos un significado pleno e indubitable de verdad pero no están dispuestas a reconocerlo a las doctrinas y símbolos de las demás? De nuestra parte, y sin pretender haber llegado siquiera a una discriminación suficientemente clara del asunto, nos inclinamos a pensar que mientras no haya reconocimiento de la plenitud de la verdad expresada en todas las religiones, el ecumenismo no pasará de ser, en los mejores casos, una suerte de diplomacia pacifista entre religiones pero nunca un verdadero y total encuentro espiritual. Por supuesto no estamos queriendo negar el valor de dicha diplomacia pacifista ni mucho menos estamos intentando atacar en ningún sentido a las tradiciones religiosas y sus representantes. Sólo queremos plantear la paradoja de un ecumenismo que quiere unir a las religiones en la convivencia pero no en la verdad, porque nos da la ocasión de hacernos preguntas, por molestas que sean, que nos obligan a profundizar en el significado y la posibilidad de un ecumenismo más pleno. La primera cuestión que habría que plantearse para avanzar, al menos un poco, en este tema sin caer en los facilismos del pluralismo liberal (un pluralismo que puede ser tolerante con casi todo porque a nada, menos al dinero, lo toma demasiado en serio) es ésta: ¿Qué es el exclusivismo religioso? o mejor dicho ¿cuál es su razón de ser? El exclusivismo religioso tiene, hasta donde podemos ver, dos caras:
Respecto de este último punto, nos parece oportuno citar a Héctor Murena quien describió de modo breve y claro la operación fundante del exclusivismo doctrinal:
"{...} lo absoluto que se hace patente a través del símbolo lleva a la comunidad a acordar un carácter absoluto al símbolo a través del cual ha hecho su epifanía" Es claro que en el primer caso el exclusivismo es legítimo puesto que es expresión de la entrega y compromiso del creyente con la religión a la que ha sido llamado. Mientras que los efectos destructivos del segundo son perfectamente conocidos.. Efectos que no tienen porqué asumir aspectos dramáticos visibles, aunque generalmente haya sido así, para ser igualmente violentos y separadores en esencia. A nuestro juicio, el estorbo más grande al logro de un ecumenismo auténtico es precisamente el exclusivismo del segundo tipo. Exclusivismo que está tan profundamente enraizado en la pedagogía y modos de transmisión de las tradiciones religiosas, que requiere de un enorme esfuerzo consciente para ser cuestionado sin que ese cuestionamiento sea vivido como una amenaza para la fe y la verdad que aquellas religiones expresan, sostienen y defienden. Nos parece necesaria una toma de conciencia bien clara de que puede concebirse la existencia de una verdad y diferentes formas de expresión de la misma sin que esto implique caer en el relativismo. Y si puede haber una verdad y diferentes formas es porque las formas simbólicas religiosas y las enseñanzas doctrinales no son enunciados descriptivos a la manera de "el gato está sobre el felpudo" o "afuera llueve". Las doctrinas no constituyen conjuntos de enunciados proposicionales acerca de hechos exteriores al que escucha o lee. Pero eso no significa tampoco que sean subjetivos en el sentido habitual de esta palabra. No son descripciones de hechos exteriores pero tampoco son impresiones personales relativas al estilo de "me parece que fulano está tramando algo" o "me obsesiona la pobreza porque en mi casa paterna a veces no había comida". No son subjetivos porque remiten a realidades trascendentes al individuo, pero tampoco son objetivos porque no describen una realidad exterior al sujeto cognoscente. Los enunciados doctrinales y los símbolos religiosos escapan a las aporías de lo subjetivo y lo objetivo a las que nos tiene acostumbrados el agnosticismo metafísico, porque su verdad sólo emerge dentro del pacto y de la relación religiosa que les da sentido. En el seno de ese pacto y de esa relación -lo cual supone la fe como respuesta interior sin la cual el pacto ritual y la adhesión formal no tendrían vida- esa verdad no es objetiva ni subjetiva sino trascendente. Entendido así, no podría haber antagonismo entre doctrinas de religiones distintas sino a lo sumo sólo inconmensurabilidad. Sin embargo, tampoco creemos que esa sea la última respuesta al asunto. De todos modos es claro que la idea de inconmensurabilidad representa un avance en el plano del ecumenismo puesto que si bien no genera un encuentro en la verdad al menos impide la negación recíproca de la misma entre las diversas religiones. La cuestión de la naturaleza de los enunciados y símbolos religiosos es compleja y excede nuestra comprensión. Pero nos parece necesario al menos declarar abiertamente el mal que se deriva de su objetivación. Pues la tendencia a considerar antagónicos los enunciados doctrinales de distintas religiones proviene de la objetivación de los mismos. Es esa objetivación la que los arranca del ámbito interior de pacto y la relación con lo sagrado y considerándolos en su exterioridad abstracta los contrapone a otros enunciados propios de otra relación y otro pacto. Creando así la ilusión de un antagonismo entre doctrinas allí donde una lectura no literalizante ni objetivante de esas mismas doctrinas podría disolver la contradicción. Por ejemplo, cuando el cristianismo dice que 'Dios es tres y uno' (dogma de la Trinidad) y el Islam dice que Dios es 'uno y único' (doctrina de la Tawhid o unidad y unicidad de Allah), no se contradicen. Pues ninguna de las dos enseñanzas doctrinales constituye una descripción de hechos exteriores a la relación religiosa dentro de la cual se las expresa ni a los corazones de los pueblos a los que iban dirigidas. Pensar de otro modo es pensar que Dios es susceptible de ser conocido y afirmado objetivamente en sus atributos y propiedades como si se tratara de un objeto de los sentidos o de un objeto de razón como los objetos matemáticos. En ese caso, el del aparente conflicto entre la doctrina cristiana de la Trinidad y la islámica de la Tawhid, una lectura no literalizante permitiría reconocer que ahí, al no tratarse de enunciados proposicionales o de descripciones de hechos objetivables, no puede haber contradicción. Pues cuando el cristianismo habla del Dios "uno y trino" habla del misterio del amor divino y no de entidades numerables que puedan oponerse a la unidad. En palabras de San Agustín quien era un gran hermeneuta y podía leer e interpretar más allá de la exterioridad de los enunciados: 'En los seres corpóreos, una cosa no es lo mismo que tres juntas, y dos suman más que una. En la Trinidad excelsa, en cambio, una persona es igual a las otras dos, y dos no son mayores que una sola de ellas, y en sí son infinitas. Y cada una de ellas está en cada una de las otras, y todas en una, y una en todas, y todas en todas, y todas son unidad' Es evidente que ahí no se trata de una realidad numerable y múltiple, y también que no se describe ninguna realidad objetiva que sea correlativa a un sujeto capaz de conocerla como un hecho exterior a sí mismo. Por lo tanto no hay ninguna oposición con respecto a la unidad y unicidad absoluta de Dios del Tawhid islámico. Sin embargo, ha existido una impugnación y subestimación recíproca de ambas religiones respecto a esta cuestión como respecto a muchas otras. Es importante destacar que al rechazar la objetivación y absolutización de los enunciados y símbolos religiosos, y así abrir la vía para el ecumenismo en el plano de la verdad, no se cae de ninguna manera en el relativismo. Pues no se niega la significación absoluta implicada en las verdades religiosas sino sólo su exclusivismo en el orden de la expresión. Es decir no se niega lo absoluto de la verdad sino la absolutización de sus formas de expresión y de las mediaciones por las cuales los humanos nos relacionamos con lo absoluto. Dicho de otro modo, las formas de expresión de una religión son para el creyente absolutas de cara a la verdad que corporifican y/o simbolizan, pero no lo son frente a las formas de otra religión. Pues todas las formas expresan, de un modo que está adaptado a cada comunidad e individuo destinatarios de la misma, la verdad una y única.
Así, mientras que el exclusivismo en el plano del pacto y de la relación religiosa en el seno de cada religión es legítimo porque es la expresión de una vocación y una entrega personales, no lo es en el plano de las doctrinas con respecto a otras doctrinas. Pues la unidad y el carácter absoluto de la verdad no requieren la transposición de ese absoluto a las formas expresivas (doctrinas y símbolos) mismas en tanto formas. Decir esto, lo repetimos, no significa caer en ningún relativismo porque no se está negando lo absoluto sino sólo rechazando el exclusivismo doctrinal porque no le es inherente. Por lo tanto, el exclusivismo de la relación religiosa no sólo no es cuestionable en sí mismo sino que en la práctica es necesario. Pues ese exclusivismo es la vía normal por la cual un hombre concreto puede desarrollar una relación sagrada -una religación- en el seno de la cual se abre para él la dimensión trascendente de la vida, del conocimiento y de la verdad. Pero esto no autoriza ni requiere que el horizonte de conocimiento y verdad así abierto se limite con exclusividad al marco formal dentro del cual originalmente se desarrolló. Dicho de una manera más simple y cotidiana: alguien que ha desarrollado una fe y una apertura a lo trascendente en el seno de una religión a la vez que ha aprendido y asumido como propios ciertos principios y contenidos de fe, puede legítimamente reconocer esos principios y contenidos en otra religión que la propia. Sin que por eso pueda ser acusado de relativismo ni mucho menos de traición (dicho sea de paso la palabra "traición" suele estar con frecuencia en boca de los fanáticos y manipuladores y rara vez en boca de los verdaderos sabios). En definitiva, lo que planteamos es que el exclusivismo de la entrega y el compromiso con una religión es legítimo y necesario, pero el exclusivismo doctrinal no es necesario y además se opone de hecho al ecumenismo. E incluso, diríamos, se opone a la esencia de la religión. Pues si se adhiere y practican varias religiones no se fiel a ninguna, pero si se adhiere y se practica una de ellas negando activa o pasivamente la verdad de las otras entonces no se es fiel a la verdad misma, puesto que ésta las incluye a todas. De modo que no parece haber otra salida al dilema planteado por el ecumenismo que la de alcanzar una apertura espiritual tal que se pueda amar, creer y profundizar una religión a la vez que se tiene total y pleno reconocimiento de la legitimidad y la verdad total de las otras. En principio, sin hacernos demasiadas ilusiones a futuro, tenemos el hecho concreto de que las diferencias formales y de contenido entre las religiones existen y nos obligan a pensar en ellas... Y de eso puede derivarse un rico aprendizaje que tal vez nos termine revelando algún tesoro oculto tras la diversidad de religiones y común a todas ellas. Pero para eso, para aprender de la diversidad religiosa y no caer en los estudios comparativos de tipo secular que en el fondo no son sino la negación de la religión, es necesaria una ardua tarea hermenéutica (obviamente nos referimos a una hermenéutica cuyo horizonte no es la finitud, como en las filosofías nihilistas, sino la trascendencia). Esa hermenéutica existe y se viene realizando de modo ininterrumpido desde siempre, pero actualmente parece más necesaria que nunca. Tal hermenéutica apunta y conduce, según los ejemplos iluminadores que pueden extraerse de un Henry Corbin y de otros, a reconocer profundas correspondencias de sentido entre diversas formas simbólicas de distintas tradiciones. Correspondencias que no anulan el valor intrínseco de cada forma, puesto que cada forma remite a su sentido y verdad por sí misma y sin necesidad de compararse con otras. Pero tampoco autoriza a declararlas exclusivas (a las formas en relación a la verdad que expresan) pues la correspondencia, en cada caso en que es detectada, indica que ese sentido y verdad también es expresado en otras formas y en el seno de otras tradiciones. Por correspondencia entendemos, por ejemplo, las que se manifiestan en analogías formales y de significación entre los relatos simbólicos de diversas tradiciones. Como la que existe entre el Hermes griego y los Arcángeles de las religiones del libro; entre la Torre de los Tesoros del sutra budista Sadharmapundarika (Sutra del Loto) y la Jerusalén Celeste del Apocalipsis de Juan; entre lo femenino benéfico de la Kwan Yiin del taoísmo y budismo chinos y la Virgen María cristiana; entre lo femenino maléfico de la Eva bíblica y la Pandora griega; Etc. A su vez, esto no significa pensar que cada religión puede ser recubierta íntegramente por las otras y que son todas mutuamente equivalentes. Significa sólo -y nada menos- que hay grandes realidades metafísicas y espirituales que se encuentran expresadas en todas ellas. El reconocimiento de las correspondencias facilitaría, pensamos, más que ninguna otra cosa el camino del ecumenismo. Y aunque esas correspondencias están a menudo veladas por ciertas diferencias formales exteriores entre los símbolos y enunciados de las distintas religiones, no por eso dejan de ser reconocibles en lo que podría llamarse su núcleo. Así el trabajo de hermenéutica tiene, entre otras, la tarea de discriminar lo que es cultural e histórico en una forma o enseñanza religiosa y lo que es en ella intemporal y transcultural, es decir su núcleo. En fin, y para ir terminando este artículo, si se reconocen esas correspondencias la exclusividad religiosa seguirá siendo legítima pero sólo en función del amor y de la vocación del creyente con respecto a su camino, pero no ya como exclusividad doctrinal. Esa es, a nuestro juicio, una vía teóricamente posible del ecumenismo en la verdad y no sólo como convivencia de buena voluntad. La hermenéutica de las correspondencias señala -creemos y pensamos tratando de seguir a quienes han profundizado esta vía- el camino de un ecumenismo en la tierra que se corresponda, como se corresponde el símbolo con la verdad que expresa, con el ecumenismo celestial. Es decir con el ecumenismo del más allá, donde la convivencia de los santos, los iluminados y las almas purificadas de todas las religiones no puede no ser el reflejo de la unidad en la luz de la verdad. Por supuesto el reconocimiento de tales correspondencias es un trabajo muy arduo. Pero no parece haber, hoy menos que nunca, otra opción que la de complementar el espíritu de fraternidad con un esfuerzo de conocimiento sostenido, si se quiere alcanzar un ecumenismo fiel a la inspiración divina de su misión. Máximo Lameiro |
| Referencias: Sobre ecumenismo hay muchísimo material disponible en Internet por lo cual nos limitaremos a brindar unas pocas referencias sobre materiales que, por una u otra razón, nos han llamado la atención de modo particular; y de aquellos otros -pocos también- que de modo más directo se asocian a la perspectiva en la cual nosotros mismos nos situamos (3 y 4).
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