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El hombre y lo divino
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Así se titula uno de los libros más conocidos de la filósofa malagueña María Zambrano: El hombre y lo divino, 1955. Dicen que cuando murió Camus, encontraron este libro en el interior de su coche de suicida. ¿Como un pasaporte?
Comprometida con la causa republicana, María hizo de su exilio peregrinación y categoría filosófica. ¿Acaso no somos todos peregrinos del ser? Expulsados del paraíso terrenal, hemos perdido la gracia de las bestias, la hermosa inocencia de las criaturas sin dobles intenciones. A ese reino de la inconsciencia no nos está concedido volver: ni debemos embrutecernos ni podríamos hacerlo jamás del todo, ni aún queriéndolo. Arrojados de nuestra matriz originaria -pues de bestias procedemos- tampoco podemos ingresar en la gloria inmaterial que anhelan nuestros sueños. Nos está vedado el santuario de los Cielos y todas las torres de asalto a la gloria se convierten en Babel. Cabe, eso sí, para el humán razonablemente justo, una serena espera, una ilusión confiada. En el prólogo a la segunda edición de El hombre y lo divino (1973), María Zambrano insinuó que el título de esta obra convenía a todos sus escritos. Desde su primer trabajo, Hacia un saber sobre el alma (1934), la filósofa de Vélez-Málaga se había propuesto, aun siendo fiel al vitalismo de Ortega y Gasset, explorar aquellas regiones que su maestro había soslayado: el territorio entrañable de los sueños, el insondable reino de lo sagrado. He aquí la tragedia de lo humano: no poder vivir sin dioses. Ni aun queriendo. Ya Chesterton había dicho que cuando se suprime voluntariamente a Dios, cualquier cosa, incluso aquellas más ramplonas, se convierten ipso facto en dioses, en idolillos para ir tirando, en idolillos de quita y pon, de usar y tirar. Lo estamos viendo todos los días: idolillos mediáticos expuestos a la adoración popular y que las audiencias destrozan sin compasión, tras haber elevado a los altares. "Lo divino eliminado como tal, borrado bajo el nombre familiar y conocido de Dios, aparece, múltiple, irreductible, ávido, hecho "ídolo", en suma, en la historia. Pues la historia parece devorarnos con la misma insaciable e indiferente avidez de los ídolos más remotos. Avidez insaciable porque es indiferente. El hombre está siendo reducido, allanado en su condición a simple número, degradado bajo la categoría de la cantidad"
Ciertamente, la imagen de lo divino determina la que nos forjamos de nosotros mismos. Y es que, equivocada o sublime, el hombre ha padecido en todos los tiempos una oscura o luminosa pasión por lo divino, ha perseguido a Dios entre la niebla (como Machado), como un huérfano a su Madre ignota, ha buscado su origen y final en los cielos y en las alcantarillas, por todos los vericuetos de su biografía, hasta divinizar (con Hegel) su propia, humana, demasiado humana, historia. Es su propia impotencia de ser Dios lo que lleva a este mono armado, a este náufrago de la realidad, a configurar ídolos insaciables que devoran su vida y destruyen su existencia. "Aun en una religión como la cristiana, nacida de la revelación, ha sido indispensable esa actividad de dar forma, de definir por el pensamiento a su Dios, apasionada y frenéticamente. Y así tenemos dos sucesos ante nosotros. Uno, la pérdida de los dioses en todas las religiones de nuestro pasado ancestral... De otra parte una religión, la cristiana, que comporta en su centro mismo, como el misterio abismal, la muerte de Dios a manos de los hombres" Hubo dioses que morían a manos de iguales: Atis, Osiris, Adonis, pero no a manos de los hombres... ¿Qué tremendo misterio nos conserva esta increíble pesadilla? ¿Qué verdad se nos guarda y simboliza en ese proceso "sagrado", la Pasión por antonomasia, de destrucción de lo divino? "Sólo Cristo nos dio la imagen de un Dios muerto verdaderamente. Y no en luchas ni devorado por otros hombres: Él, la semilla de Dios caída en la tierra".
"Padre, Perdónales, porque no saben lo que hacen". He discutido con mi colega y amiga Encarnación el sentido socrático de estas palabras del Evangelio de San Lucas (23, 34). La fórmula me encanta porque hace tolerable la pesada carga de que especímenes de mi raza hayan torturado y asesinado a Dios encarnado. El apóstol Pedro, igual de generosamente, lo suponía: "Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por ignorancia" (Hechos, 3, 17). De otro modo, la culpa infinita nos anonadaría, sepultándonos como una losa. "El crimen contra Dios es el crimen contra el amor, contra lo que se adora, pues se llega a ver en él, concreción de la vida divina, la resistencia última a la divinización del hombre".
Se trata de una tentativa a la desesperada, para sumergirse en su seno. Podremos matarlo, mas sólo en nosotros. Y en seguida, nada más crucificarle, le echaremos de menos, le rogaremos perdón y ayuda. "Ningún ensueño ni delirio sobre el propio ser se explicaría si el hombre no fuera un pordiosero; un indigente que puede y sabe pedir" Somos mendigos cuando sentimos el no-ser dentro de nosotros mismos, también cuando nos percatamos de que esa avidez que somos no puede satisfacerse con nada que sea tener, ser ya. Es hambre de futuro. "De la mendicidad esencial surge el ímpetu ascensional que lleva a querer coronarse... el hombre necesita mandar, convertir su pobreza originaria en poder" Ser humano es por eso -como toda la sabiduría trágica ha sabido siempre- ser culpable, ser animal disidente, un animal que sufre pasión por lo divino. José Biedma |