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Antagonismo vs. fraternidad cristiana |
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Tan débil y miserable era nuestra condición que Dios temió que no sobreviviéramos, por eso Prometeo regaló el fuego a los hombres. Este “fuego” es el símbolo del saber técnico sin el cual la vida propiamente humana sería imposible. No extraña que el fuego esté presente en todos los sagrarios del mundo: nos salva del frío, de las enfermedades, de la noche, de los enemigos… ¡Y nos permite forjar armas y quemar los bosques del planeta con suma eficacia!
Para bien o para mal, el fuego nos alejó de la naturaleza, tan sobrevalorada y mitificada en la retórica publicitaria y propagandística…
El fuego no fue suficiente, porque los seres humanos comparten una innegable tendencia a destruirse y las armas mejoraron la faena de la destrucción y la guerra. Fue necesaria también la vergüenza, que Zeus regalará a todos los humanos como un freno para los comportamientos inhumanos, tan propios de nuestra contradictoria condición, pero esa es otra historia que, por vergüenza, callo… El gran filósofo ilustrado Manuel Kant habló de la “insociable sociabilidad” de la naturaleza humana. En efecto, tenemos una innegable inclinación a formar sociedades. Al “animal político” le gusta la compañía de los demás, pero esa necesidad va unida a una resistencia constante que amenaza perpetuamente con disolver familias, sociedades y estados. Sabemos que sólo en sociedad podemos desarrollar nuestras posibilidades, pero también tropezamos con la oposición de los demás, pues todos deseamos disponer las cosas según nos place, y no a todo el mundo le place disponerlas del mismo modo. Es difícil ceder libertad para obtener a cambio seguridad y orden justo, sobre todo cuando sobran energías y nos creemos en condiciones de poder imponer nuestras condiciones. La paz es un negocio complicado porque todos queremos más y más y más, aunque arda Troya. Como era muy inteligente, Kant se dio cuenta de que esta aparente contradicción, la “solidaria insolidaridad” de los humanos –por decirlo con términos de moda- no es sólo un inconveniente para la paz social, sino la principal fuente del esfuerzo personal y del progreso, la que despierta todas las energías creadoras del hombre (varón o mujer), la que nos lleva a superar nuestra común inclinación a la pereza, pues, movidos por el ansia de honores, poder y/o bienes, tratamos de forjarnos lo que se llama una buena “posición” entre nuestros congéneres, a quienes no podemos soportar, pero de los que tampoco podemos prescindir. El pensamiento social posterior ha desarrollado esta idea, sobre todo a partir de Simmel, quien, en lugar de atender a los efectos destructivos de los conflictos, percibió con claridad sus efectos constructivos. De hecho, el conflicto con un enemigo externo es una de las fuerzas más potentes con que un grupo puede contar: aumenta la solidaridad interna, ayuda al mantenimiento de la disciplina, y bajo su presión se aplican decisiones drásticas que no hubieran podido ni tomarse en condiciones normales. Ciertas formas de antagonismo personal, social o grupal, son condición previa de la creación artística, científica e intelectual. ¡Vamos, que sin los soviéticos pisándoles los talones, los usamericanos no nos hubiesen llevado a la Luna! ¡Qué duda cabe!, el exceso de población, las duras condiciones de vida y la escasez de territorio, presionan hacia el conflicto, pero la vinculación del ser humano con la guerra es más profunda. “Nace bárbaro el hombre; redímese de bestia cultivándose, hace personas la cultura”, sentenció Gracián. La afirmación del gran sociólogo Salvador Giner de que sólo la especie humana se destruye a sí misma ha quedado anticuada después de los estudios de Edward O. Wilson sobre las hormigas. El famoso mirmecólogo llega a decir que “superan con mucho a los seres humanos en maldad organizada”, y que “nuestra especie es, en comparación, dócil y apacible”. El objetivo de la política exterior de los hormigueros puede resumirse en: “agresión incesante, conquista territorial y aniquilación genocida de las colonias vecinas siempre que sea posible. Si las hormigas tuvieran armas nucleares, probablemente acabarían con el mundo en una semana”… {http://signamemento.blogia.com/2009/010601-viaje-a-las-hormigas.php} Las hormigas están por lo menos a gusto dentro de su hormiguero, nosotros ni eso, no hay comunidad de vecinos del todo pacificada. Si el llamamiento a la paz mundial no puede fundamentarse en una supuesta naturaleza bondadosa y compasiva del ser humano, pues también somos capaces de alimentar –incluso culturalmente- la exclusión, la crueldad, la desconfianza o el odio sin tasa, no queda más remedio que apelar a una conversión trascendental de nuestra naturaleza. Es aquí donde el llamamiento al amor, ejemplificado por Jesús con su sacrificio, ha tenido –al menos en nuestro mundo- un efecto histórico indudable. No se trata de un principio intelectual, sino de una llamada emotiva: al corazón y a las entrañas. “De nada sirve que el entendimiento se adelante si el corazón se queda” (Gracián). Sólo el amor puede cambiar la sustancia de las cosas. La revelación de Jesús fue de carácter práctico: que la verdad es una acción, a saber: caridad. Este amor que nos recomendó no es un sentimiento, sino una acción. Una acción creadora de lo bueno, por eso “el amor odia a los que no se mueven”, y por eso la diligencia (de diligere, considerar, apreciar, amar) es lo contrario de la pereza. La fe sin obras es una fe muerta, una mala fe. El que no ama no puede conocer a Dios. El dios sin forma ni determinación adquiere con nuestro hermano mayor, Jesús, rostro concreto en cada prójimo: cada vez que damos un vaso de agua al sediento, cuidamos a un dependiente, alegramos al triste, enseñamos al que ignora… Porque no nacimos corderos, recibamos con palmas al Redentor, “cordero de Dios”, en esa Jerusalén de la paz, utópica y celestial, haciendo nuestra la oración de San Francisco:
“Señor, haz de mí un instrumento de tu paz J. Biedma López, 2009 |