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La intuición del infinito en San Bernardo de Claraval
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| Juan, 8-31
Bernardo de Fontaines (1085-1148) ingresó en el monasterio de Citaux a los veintitrés años de edad, y poco tiempo después fue enviado a fundar en Claraval al que llegaría a ser uno de los monasterios más famosos de la cristiandad y el punto de partida de una inusitada expansión de la Orden Cisterciense. Era un hombre de tendencias interiorizantes que buscó en el silencio y la pobreza el ambiente propicio para el desarrollo de su vocación. Sin embargo, la Providencia le deparó un destino sumamente activo y lo ubicó en el centro de muchos de los problemas religiosos, políticos y filosóficos de su tiempo.
Es conocida la intensa y hasta violenta oposición que Bernardo ejerció contra el pensamiento filosófico de su contemporáneo Abelardo, en el cual veía un peligro para la Fe por su excesiva confianza en la capacidad de la razón al abordar los misterios centrales del cristianismo. A raíz de aquella polémica se suele retratar a Bernardo como un místico que desconfiaba de las argucias de la razón y creía que el único camino auténtico hacia a la verdad era la humilde devoción sin aspiraciones intelectuales. Si bien esa imagen no es del todo falsa, ya que la llamada a la humildad y el mensaje místicos son centrales en la obra y la vida del santo, es sin embargo peligrosamente parcial ya que induce a pensar que el santo tenía una actitud contraria al conocimiento. Sin embargo, Bernardo no combatía las pretensiones de la razón porque rechazara la aspiración al conocimiento sino porque consideraba que la razón era insuficiente para acceder al conocimiento de las cosas divinas. Las cosas divinas no se alcanzan por la razón sino por la ciencia sagrada; y ésta lejos de ser una forma de oscurantismo o defensa de la ignorancia es, al contrario, una forma de conocimiento superior. De hecho Bernardo habló y escribió con completa certeza acerca de cuestiones trascendentes; pero la suya no era una certeza racional ni mucho menos sentimental sino una certeza intuitiva y supraracional. Tal como señalara René Guenón a propósito de Bernardo: "resolvía de un solo golpe las cuestiones más arduas, porque no procedía por una larga serie de operaciones discursivas; lo que los filósofos se esfuerzan por alcanzar por una vía desviada y como a tientas, él lo alcanzaba inmediatamente por la intuición intelectual, sin la cual ninguna metafísica real es posible.. " Esa diferencia entre la "larga serie de operaciones discursivas" y la "intuición intelectual" está claramente trazada por el propio Bernardo en su obra De Consideratione donde establece la diferencia entre la investigación racional, a la que llama consideración, y la contemplación entendida como conocimiento intuitivo: "[...] la contemplación puede definirse: Una intuición verdadera y cierta del alma sobre cualesquiera cosas, o aprehensión no dudosa de lo verdadero. La consideración, empero, es un esfuerzo del entendimiento o una aplicación del espíritu para investigar lo verdadero. Todo lo cual no impide se tomen el nombre una a otra y se confundan las dos con harta frecuencia. " (De Consideratione) La contemplación es, entonces, una intuición verdadera que alcanza la esencia misma de las cosas. Y es desde ese conocimiento y esa certeza desde donde Bernardo nos entregará su enseñanza sobre el infinito. San Bernardo expresó su concepción del infinito en el mismo texto que hemos citado parcialmente arriba a propósito de la contemplación (De Consideratione). Allí, en el capítulo titulado "Largura, altura y anchura de Dios" y tras comentar el cuaternario paulino -largura, altura, anchura, latitud- al que alude el título del capítulo Bernardo se pregunta acerca de la naturaleza de Dios. ¿Qué es dios? -Quid est Deus?- dice, y su contestación puede sintetizarse así: Dios es infinito y es infinito porque es libertad. Dios es la infinitud que escapa a toda dimensión y su infinitud es idéntica a su libertad. Ahí tenemos claramente expresada la intuición del infinito en Bernardo: el infinito es la libertad. Obviamente no se trata de una libertad relativa sino de una libertad absoluta. Libertad absoluta implica la ausencia total de condicionamiento y de límites; y lo propio del infinito es justamente eso, el ser por su propia esencia absolutamente libre sin límite, condición ni dependencia alguna. En otro lugar del mismo texto Bernardo hace algunas precisiones que ayudan a comprender mejor la distancia que separa esa intuición del infinito como libertad de cualquier consideración racionalista del mismo. Dice: "[Dios] excede las apreturas de lugar y de tiempo, mas por la libertad de naturaleza, no por enormidad de su sustancia" Esa aseveración expresa, con una notable simplicidad de lenguaje, una cuestión crucial: la diferencia entre una auténtica intuición de lo infinito por un lado y por otro la tendencia del pensamiento abstracto a concebir lo infinito como una suerte de magnificación de lo finito. Pues lo que Bernardo nos está diciendo ahí es que lo infinito -Dios- no es infinito porque sus dimensiones se extiendan indefinidamente más allá de todo límite concebible sino que es infinito por la libertad de su naturaleza. Su infinitud no es su "enormidad" sino su "libertad". Dicho en otros términos, el infinito no es para Bernardo lo máximo finito ni tampoco es la negación abstracta de los límites de lo finito sino que es lo absolutamente libre por naturaleza. Bernardo no piensa el infinito por oposición a lo finito ni tampoco lo piensa como una expansión superlativa del mismo, sino que su intuición se adentra en lo esencial de lo infinito, en su misma naturaleza y esa naturaleza es la libertad. A diferencia de la intuición bernardiana, el pensar discursivo, sin poder salir de los límites de lo conocido, tiende a concebir a lo infinito como la interminable progresión de lo finito. Así sucede, por ejemplo, cuando se piensa en la Eternidad como una duración ilimitada en el tiempo o cuando se piensa la infinitud como un espacio que por su enormidad no acabaría nunca de recorrerse. Pero pensar así -tal como señaló Hegel en su Lógica a pesar de ser él mismo un racionalista- equivale únicamente a extender indefinidamente el límite de lo finito sin poder superar su concepto. Bernardo, en cambio, desde las alturas de la contemplación nos enseñó que lo infinito no es la expansión sin límite de lo finito ni su negación sino aquello que es, por esencia, absolutamente libre. Su libertad es su infinitud. Parece desprenderse de la lección bernardiana que sólo abriendo el ojo de la intuición a lo infinito podríamos encontrar una libertad que merezca llamarse tal... Máximo Lameiro
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| Bibliografía y referencias: El tratado De consideratione está incluido en las Obras Selectas, de San Bernardo, Biblioteca de autores cristianos, Madrid. Invitamos al lector a saborear el capítulo de De Consideratione donde se encuentra la idea del infinito como libertad. Se trata del capítulo IV titulado "Largura, altura y anchura de Dios" (pinche para ir al texto). Hay un excelente trabajo de Héctor Jorge Padrón sobre el De Consideratione publicado en Cuadernos de espiritualidad y teología, Nro. 13, Santa Fe, Argentina, 1995. Ese trabajo y otros, dentro de la línea teológica contemplativa en que se inscriben sus autores, pueden hallarse en Internet en el sitio: Guía contemplativa La cita de René Guenón pertenece a su escrito San Bernardo del cual hemos encontrado una publicación parcial disponible en Internet: Ir al texto El símbolo espacial de la "Largura, altura, anchura y hondura" utilizado por Bernardo, se encuentra en las Epístolas de San Pablo, Efesios (III, 18) donde se refiere a las "medidas" de la caridad del Cristo. La distinción trazada por Hegel entre la "infinitud abstracta" -es decir la progresión indefinida- y la "infinitud verdadera" se encuentra en su Lógica (Primera parte, Doctrina del Ser, Existencia, apartados del XCII en adelante). Dicho sea de paso, a nuestro juicio, Hegel tampoco escapó del racionalismo abstracto que él mismo critica... aunque hay que reconocer que a su modo logró orientarse hacia una totalidad que trasciende a la mera razón formal. La misma cuestión (infinito vs. progresión indefinida) fue tratada por René Guenón -aunque con una orientación muy distinta a la de Hegel- quien distinguió entre infinito e indefinidad. Esa distinción la desarrolla, entre otros lugares, en Los estados múltiples del ser, Ediciones Obelisco, Barcelona. Para conocer el contexto intelectual en el que vivió Bernardo puede consultarse "La filosofía en la Edad Media" (Capítulo V, especialmente la sección III del mismo) de Etiene Gilson, Ed. Gredos, Madrid.
Dos años después de escrito el presente texto hemos desarrollado la cuestión del infinito, como irreductible a la indefinidad, en otro trabajo publicado en esta misma web: Notas sobre el punto y el infinito |