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La verdad de los sueños
--por José Biedma López-

Los ritos, los mitos y la “historia sagrada” tienen una importancia vital. Nuestra actitud genuina ante estos símbolos no es inventarlos, sino vivirlos, pues son manifestaciones del alma profunda de los pueblos, declaraciones involuntarias sobre hechos anímicos elementales para los que no tenemos explicación racional.
Los etnólogos han constatado que la vida anímica de una tribu de las antaño llamadas “primitivas” se desintegra y desaparece si pierde el patrimonio mítico de sus ancestros, si olvida el relato {1} de los orígenes y del destino, como un ser humano que se ha vuelto zombi, que ha perdido su alma, que se evadirá, como huida entonces, con narcóticos y venenos. En una de sus poéticas novelas, El nombre del mundo es bosque (1972) {2} , que he recordado tras disfrutar del magnífico espectáculo montado por James Cameron en Avatar, Ursula K. Leguin hace decir a uno de sus protagonistas: “un hombre con sentido de la realidad es aquel que conoce el mundo y que también conoce sus propios sueños. Ustedes no son sanos: no hay entre ustedes un solo hombre que sepa soñar”. Ese “ustedes” se refiere a los humanos que han esclavizado a los habitantes, humanoides de pelo verde, de un planeta (Athshe, Nueva Tahití) cuyas riquezas forestales explotan después de haber esquilmado las de la Tierra…
Tal vez no suceda que hoy no soñemos, sino que hemos olvidado inventar sueños propios, que no hacemos sino soñar el sueño del Amo, el sueño estandarizado e industrial del Gran Hermano, en connivencia y promiscuas relaciones con las Grandes Superficies y la Internacional Publicitaria.
La religión viva puede entenderse –antropológicamente, al menos- como una mitología, cuya pérdida es siempre y en todo lugar una catástrofe moral, también para el humano “civilizado”. Los ritos actúan o actuaban dentro de ella como un tónico de la voluntad, como un estimulante para la acción creadora, como un ponerse en situación de “querer”, de ahí su valor pedagógico. Pretender una educación meramente “científica”, racional o intelectual, pretender una educación sin cuentos, sin rituales de iniciación, introducción y fin (rites d’entrée et de sortie), es un absurdo y debilita lamentablemente el proceso de formación de la voluntad. Si los educadores no proveen de mitos edificantes las mentes de los infantes, otros con peores intenciones, les proveerán de mitos consumidores y de idolatrías destructivas.
Si alguien quiere más finas razones para aceptar esta necesidad (incluso política) de la religión, los mitos y los ritos, puedo remitirle a la obra de Mircea Eliade o de George Steiner, de Carl G. Jung o de Karl Kerényi {3} . Incluso la nueva “ideología de género” inventa sus mitos idiosincráticos para imponerse, en el juego democrático por el poder, sobre las consciencias y sobre los inconscientes, sobre el imaginario popular y los referentes mágicos de las gentes. Hipatia, el mito de Hipatia, es un ejemplo reciente; el mito de Oliva Sabuco, es otro que yo mismo he contribuido a difundir. No hay nada de malo en ello. También el ecologismo y la llamada multiculturalidad han ideado nuevas creencias estimulantes: la hipótesis de la Tierra-organismo (Gaia) de Thomas Lovejoy, o el sueño de un Al-Andalus caballeresco y tolerante, no son más que dos ejemplos próximos.
De la religión y los mitos puede decirse lo mismo que de la sexualidad humana: del hecho de que los humanos hagan el amor como hacen más o menos todo, o sea estúpida e inconscientemente, no se sigue que el misterio no pueda seguir conservando toda su dignidad.
En un artículo reciente, Fernando Savater afirmaba con razón que no son los minaretes ni los campanarios, ni las hoces y los martillos, las medias lunas o los crucifijos –añadiría yo- los que ponen en peligro nuestro modelo democrático de convivencia o amenazan las libertades públicas, sino aquellos fieles o dignatarios religiosos que ponen su pertenencia a una fe por encima de sus obligaciones cívicas, que no son otras, sino las que derivan de la Constitución y posibilitan que podamos convivir sin violencia estéril ni privilegios innecesarios.
Es muy difícil comprender que los fríos valores laicos (que no laicistas {4} ) deban sobreponerse y subordinar a las señas de identidad religiosas, étnicas o nacionales, dependientes del cálido seno materno, del olor a establo localista, del tan-tan de campanario, del momento y del lugar donde, por casualidad, a uno le han nacido. Uno siente, por ejemplo, que pertenece antes a una familia, a un pueblo, a un club deportivo, a una ONG, a una cofradía semanasantera… que a una comunidad política tan abstracta como el Estado o el superestado europeo, cuyas instituciones principales están tan lejos de las propias raíces como Sevilla, Madrid, o Bruselas.
Pero la clave de la modernidad democrática, de la civilización que ha hecho posible el progreso de la vida humana y la ampliación de sus posibilidades creadoras, está precisamente en el imperativo ético (más que moral, según J. A. Marina) de subordinar lo que somos –pretendemos ser o nos creemos que somos- a las normas que hacen posible el estar juntos, o sea, el convivir y cooperar en la tarea común de sobrevivir, conservar la salud y alcanzar un aceptable y digno estado de equilibrio y bienestar.
La grandeza de la democracia está en que no nos ordena ser de ningún modo concreto, sino que tolera que seamos y elijamos ser como queramos si, y sólo si, cumplimos con nuestra obligación principal, la de respetar las normas que el pueblo español, o argentino, se han dado y recoge la Constitución. Si queremos derechos (educativos, sanitarios, etc.), debemos aceptar esta obligación básica. Esa hermosa baraja de los derechos individuales y sociales se rompe si no jugamos todos a ella, sean cuales sean nuestras creencias y personalidades, sean cuales sean nuestros sueños e ilusiones.
Nuestras instituciones, las estructuras diversas del querer vivir juntos, se basan en el legado fundamental de la ética, en la idea abstracta de lo justo, la cual mira hacia la igualdad (nadie es más que nadie) pero también mira hacia la equidad (debemos reconocer y retribuir el bien, y castigar el mal). La impunidad sí que debilita a la democracia. La ficción del contrato social, como la ficción de la autonomía individual, son inventos útiles, en cierto sentido también ellos son mitos que nos permiten separar la solicitud de lo bueno de la exigencia de lo justo.
Pero no sólo de ideas abstractas vive el ser humano. Somos sujetos racionales, pero también sujetos sensibles, sentimentales y soñadores: “los sueños son parte integrante de la vida de la persona: la oscura raíz de su sustancia” {5} . Han existido y existen personas capaces de crear por amor a la ley, como Kant, por sentido del deber. Pero el amor no es universalmente exigible, y menos el amor a un objeto tan frío y desalmado como la ley, cuyos motivos se confunden sin solución de continuidad con el interés común y propio.
Por eso, más allá de la justicia y de la ley, el sueño del amor nos solicita hacia un bien posible aunque imaginario. “Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín. La palabra preside esa libertad de soñar, la palabra persuasiva y entrañable, no la que usamos como una amenaza, como una flecha o como una pistola. Muchas fuerzas se disputan en nosotros el escenario personal de los sueños. De todas ellas, la más poderosa es sin duda la orquestada por la Internacional Publicitaria, que nos orienta y aliena hacia el sueño de una satisfacción extática mediada por el consumo. Pero hay algo en la vida humana insobornable ante cualquier ensueño ajeno. María Zambrano llamaba entrañas a ese fondo último del vivir humano que es sede del padecer. Y creía que al padecer sólo pasajeramente puede engañársele. Y sólo pasajeramente puede suspenderse ese fondo último de la vida humana que es la esperanza.
No deja de sorprenderme el empeño de algunos ministros de la Iglesia por hablar de lo impertinente, olvidando lo principal, por hablar por ejemplo de sexualidad, en lugar de hablar del amor. Confianza, esperanza y amor resultan nombres actualizados para las gracias que el cristianismo nos regaló divinamente. Pero la piedad en que se entrañan dichas virtudes parece llevar lustros viviendo de incógnito, dentro y fuera de la Santa Madre Iglesia. No es auténtica si busca imponerse por la fuerza o conservar privilegios arcaicos. Lo que toda verdadera religión ha de conservar en sus entrañas -pues también la religión, como la mujer, ha de tenerlas para serlo- no es un conjunto de leyes y dogmas inatacables, sino un misterio que celebrar con humildad.
Cristo, Dios encarnado, murió por amor, para redimirnos de nuestros pecados. Pero no parece haber espacio hoy para un amor así de misterioso, que no puede ser confundido ni con la multitud de los sentimientos ni con las pulsiones de los instintos, que no acepta esa mazmorra obscura de la libido, donde el amor padece una enfermedad secreta y actúa como una loca peleando por liberarse. Ni siquiera todas las libertades le han servido de nada al amor, y la que menos la libertad de conciencia, pues a medida que aspiraba a ser conciencia y nada más, olvidaba alentar en las entrañas.
Simone Weil, esa santa de nuestra época que ni siquiera aspiró a ser beata, recitaba, siguiendo a Platón {6} , que el uso de la inteligencia tiene como condición el amor sobrenatural, pero que su condición es el desprendimiento total. Y esta noción está en el centro de la mística cristiana. Ese mismo amor es la mejor prueba de que –al menos para nosotros- este mundo (natural o artificial, terrenal, comercial o político) no lo es todo, de que hay algo mejor y es preciso buscarlo, aunque no sepamos muy bien qué es, ni tengamos derecho a imponerle a nadie nuestra imagen de lo que es, nuestra imagen de Dios. A fin de cuentas, una imagen, entre otras, de Su imagen.

José Biedma López
josebiedma2@vianwe.com

Referencias:

  1. Así se titula una preciosa novela de mi escritora favorita de ciencia ficción Ursula K. Leguin, hija de un importante antropólogo (Minotauro, Barcelona, 2002).

  2. La autora ha declarado que fue escrita como crítica de la guerra de Vietnam.

  3. Introducción a la esencia de la mitología, Siruela, Madrid, 2004.

  4. Entiendo por “laicismo” aquí una ideología política que lucha contra la religión por considerarla un peligro intrínseco para la democracia.

  5. María Zambrano. El sueño creador, III. “Los sueños de la persona”, Madrid, 1998.

  6. “Dios en Platón”, en La fuente griega, ed. Trotta, Madrid, 2005.