Mandragora's Little Cave
"Aquel que no siente temor ante nada, no es valiente; es inconsciente...
El valor surge de vencer al miedo y conseguir sobreponerse."
mandragora@fibertel.com.ar
Escritos
Índigo
Aclaración al lector: la historia está escrita como la recuerdo,
aquí sólo intento narrar lo que ví y sentí...
A veces me pregunto por qué es el negro el color elegido para teñir las actuaciones de lo
macabro? Yo creo que el azul es más profundo... más oscuro y mucho más tentador. El azul
nos adormece de manera tan grata que luego no queremos despertar... y dormidos somos tan
indefensos!
El cielo por las mañanas. El índigo feroz que vive gracias al sol... Siempre he dicho que el
día es mucho más peligroso que la noche, en todo sentido. Durante la noche los temores, los
pensamientos conscientes, los conspiradores cansados... duermen. De día, todo despierta a
una voragine tragicómica de pasos apurados, caminatas silenciosas y gente que habla sola
sin mover los labios.
En qué momento la imaginación se transforma en locura y deja de ser un delirar pasajero? Eso
me pregunté varias veces durante el transcurso de esa mañana en particular. Desperté a las
8 am, un horario inusual para que yo despierte, pero debía asistir a una entrevista laboral
en microcentro. Las mañanas en Villa del Parque son tranquilas... mientras más cercano uno
viva a la Iglesia Santa Rita, más recodatorios tiene de que la vejez es algo que nos
alcanza a todos tarde o temprano.
Tardé dos horas en decidir qué vestimenta sería apropiada para la entrevista, como es usual
últimamente en mí. Demasiado preocupada por mostrar y no mostrar al mismo tiempo, seducir y
pasar desapercibida detrás de unos lentes high light pero por debajo de alguna minifalda o
blusa ceñida... Finalmente a las diez estuve lista para partir... contaba con dos horas
para llegar. Tiempo de sobra. Usualmente para viajar al centro elijo ciertas combinaciones,
que si bien hacen el trayecto más largo, también más placentero.
Desde meses atrás la línea 47 de colectivos está pasando por la esquina de mi casa,
reemplazando al viejo 162, que seguía el recorrido desde Liniers hacia Chacarita. Decidí
tomarlo, para luego combinar con el subte de la línea B que me dejaría justo en la estación
Florida, a pocas cuadras de un posible nuevo destino laboral.
Llegué a la esquina de Camarones y esperé poco menos de cinco minutos en la parada, junto a
un viejo gris y acartonado. Llevaba un ramo de plástico que parecía hecho de flores añejas
y poco simpáticas. Cuando el colectivo llegó y se detuvo, sentí escalofríos al subir la
escalerita hasta la expendedora de boletos... Nada. El día anterior había tomado sol, la
piel me ardía... escalofríos normales.
Boleto en mano, tomé uno de los asientos del medio del colectivo, de los dobles... del lado
del pasillo, junto a una señora mayor de aire despreocupado y cabellos dorados. Sin cuidado
ni disimulo comencé a ver que tres mujeres sentadas delante lucían horribles mechones
descoloridos con tonalidad zanahoria... de lo que es capaz la moda!
De repente mi mirada se sintío atraída a uno de los asientos simples, uno más adelante de mi
fila. Sentada erguida, mirando al frente y con las manos extendidas sobre el posamanos de
adelante, flotaba en el asiento mullido una ancianita hecha de plumas y plata. En cada
muñeca lucía hermosas joyas... no plateadas, sinó de plata. Reconozco la plata con
facilidad. Tiene ese aspecto mortecino, cierto fulgor de ultratumba que aunque no brille
ninguna luz directamente sobre ella, reluce...
Como decía, lucía pulseras, un brazalete fino, un reloj y muchos anillos, que acomodaba
meticulosamente una y otra vez con dedos ágiles y articuladamente gruesos.
Me encandiló su cabello. Blanco y brilloso, cortado sobre los hombros, perfectamente peinado
y liso. Tan prolijo... tan viejo. Tan lindo. Las manos huesudas y enormes... o que se veían
enormes a causa de la falta de carne, pareciendo que cada falange se escaparía de los
anillos para clavarse sobre la nuca del señor sentado delante, atravesando la piel de la
anciana, sin ella poderlas contener... De repente bajó las manos y se tocó las rodillas.
Vestía una blusa color índigo y unos pantalones blancos que mostraban parte del tobillo y
la mitad de la pantorrilla. Bajé la vista... llevaba unos zapatitos blancos con medio taco,
como esos que usábamos nosotras a los nueve cuando tomábamos la primera comunión... tan
prolijos.
En ese momento, conmocionada, me detuve a observar sus tobillos... más precisamente su
tobillo derecho, el que sobresalía levemente al pasillo del colectivo. Una vena oscura y
gruesa se veía sobresalir al rededor de un meñisco huesudo y blanco... pero se movía. No
podía quitarle los ojos de encima, necesitaba saber de qué se trataba... sospeché que fuera
un insecto, por tal razón, quería advertirle a la anciana... pero sabiendo que los
comedidos en nuestros días suelen causar más problemas que soluciones, decidí primero
asegurarme.
La mancha sanguínea se movía casi circundando el hueso, sin alejarse... así que tomé los
lentes de mi bolso, me los puse y observé estática y claramente esta vez. Repulsión y asco
se apoderaron de mí... era un gusano, negro, baboso y gordo, arrastrándose una y otra vez
sobre la piel pálida y escamada de la anciana...
El asco me obligó a dejar de mirar, como una defensa secundaria del cuerpo para evitar el
vómito. Me quité los lentes y miré al frente. Debía decirle: "señora, tiene un...", pero no
me atreví. Pensé en buscar concenso en la señora de al lado, pero estaba demasiado
distraída. A esa altura yo me preguntaba, cuántas otras personas se habían percatado de lo
mismo que yo, y nadie decía nada? En ese momento me sentí tan sola y tan tontamente igual a
los demás... solo por ese instante.
Así como el asco me alejó, la culpa me hizo volver... quizás la señora se había puesto unas
medias can-can sin darse cuenta de que el insecto quedaba atrapado entre la delgada capa
plástica y su piel... pude comprobar mi error volviendo a observar con más atención aún: la
señora no tenía medias puestas.
Pero el gusano estaba allí. El asco también. El colectivo cada vez más vacío.
De repente la realidad me invadió, la náusea... me dí cuenta que llegábamos al barrio del
cementerio, cuando ví una marmolería que anunciaba grotescamente precios de lápidas en una
esquina... y a lo lejos, puestos de flores. Recordé de repente por qué no usaba ese camino
para llegar al centro... no me gustaba.
Finalmente, fin del recorrido. A dos cuadras de la estación. Había que bajar. La señora
bajó, pero no ví cuando. No quería ver. Yo fui la última. Desfilaban los vivos rumbo a los
puestos florales... algunos, hacia el subte. La señora de plata e índigo se podía ver
delante de todos... ella flotaba aún, habiendo abandonado el mullido asiento del colectivo.
Miré hacia el suelo, buscando su tobillo y el gusano sanguinoliento y negro, decirle algo,
quería escaparme de esa sensación de impotencia, culpa y repugnancia... indecisión.
Mientras la realidad me ahogaba y la ansiedad por la entrevista me distraía, dejé descansar
la mente en unos tenderetes con ofertas de ropa en una tienda. Una mano casi choca la mía,
mientras buscaba algo en el aire, sin tocar nada. Un brazo blanco, con pulseras de plata...
Enseguida miré el suelo antes que el rostro, quería ver si el gusano seguía allí, pero el
pantalón...
La señora. Me observó con una sonrisa casi pintada y perfecta... inamovible. Ojos
celestísimos y claros. Me habló... se disculpó por interrumpir. Muy amable. Sonreí. No pude
hacer más. Quería escapar, quería correr... huír, pero hubiera sido demasiado descortés, o
quizás, simplemente no hubiera tenido fuerzas para hacerlo. Pienso que la descortesía es un
buen remedio a veces para las imposiciones... igualmente, era una locura, qué había de malo
en una viejita sonriente que me hacía querer correr? Nada.
Se adelantó unos pasos, me dijo "hasta luego", como yo hubiera hecho en mis momentos
amables... que de esos tengo muchos. Quise saludar, empatizar... como suelo hacer, pero no
pude. La veía, pero no estaba realmente allí. Dejé que se alejara con paso vivaz...
demasiado vivaz, tanto como su sonrisa.
El tránsito era leve, casi no había autos ese 26 de Diciembre del 2003, tan próximo y tan
pasado de la navidad.
Cruzó la esquina de Corrientes hacia las puertas del cementerio, con el semáforo en rojo,
sin mirar... ignorando a la gente y siendo ignorada. Desapareció de mi vista habiendo
cruzado al otro lado, llegando a las rejas verdes y enormes del portal lúgubre.
Y ella no llevaba flores para nadie...
Hoy es